Compartir

Docente y titiritera, Elena Santa Cruz creó cientos de muñecos, cada uno con un nombre, una personalidad y una misión. Con ellos recorre el país y la región promoviendo una educación con conciencia social.

 

Texto Fátima Cheade.

 

Elena Santa Cruz no es una docente más. Ella no lleva cartera ni cuadernos. Va y viene con una valija grande donde caben todas las emociones que transmite a través de sus títeres. Melanco, Gotita de Agua, Espera, Silencio, Pochoclo, Bambú y Alegría son algunos de sus títeres, sus “muñecos intermediarios” o, mejor aún, sus “objetos dramáticos”. Con ellos transmite alegría, lleva esperanza o invita a pensar y reflexionar. Sus destinatarios son niños y adultos en situación de vulnerabilidad, para ellos hace “visible lo invisible”, asegura.

“Todos mis títeres tienen un rol comunicacional, no sólo recreativo sino de acompañamiento y de potenciar los pilares resilientes de cada persona”, relata  Elena a Tercer Sector, y agrega que los hay “de dedo, de cartera o gigantes” en todas sus variantes, “de peluche y goma espuma, de sombras o de láminas de madera”. Todos tienen un denominador común: fueron confeccionados por ella, tienen un nombre, una personalidad y una misión.

“Comencé a crear mis títeres cuando tenía 14 años. Los llevaba a hogares de niños y a la calle, y elaboraba historias especialmente creadas para que las cuenten ellos”, recuerda. En el conventillo en el que vivía su abuela, cuenta que comprendió la esencia de lo que sería su principal motor: que todas las personas puedan tener las mismas posibilidades de una vida mejor. Es que mientras ella pensaba en qué iba a estudiar en el colegio secundario, si bachiller o perito mercantil, las otras niñas que vivían en el inquilinato con sus familias hablaban de qué casas iban a limpiar al terminar séptimo grado. Esa de-          sigualdad que marcaba el futuro de unos y otros fue lo que la rebeló siendo adolescente y la llevó a emprender un camino que nunca abandonó.

Así, a medida que sumaba especialidades, licenciaturas y maestrías, crecía su compromiso con el otro y también la cantidad de títeres que ya no cabían en su valija. Gracias a su pasión, Elena logró llevar su mensaje más allá de las aulas: a hospitales, institutos de menores, refugios, hogares, barrios postergados, comedores, establecimientos penitenciarios y a la propia calle, lugares a los que desde hace 35 años llega en forma voluntaria, convencida de que “no tiene sentido la educación sin conciencia social”. Y de esto habla cuando la convocan a dar charlas en escuelas, universidades, institutos terciarios y posgrados de Argentina y otros países de la región. A esos sitios también llega con su valija y sus muñecos, y con un mensaje de reflexión, para repensar la educación en conjunto, con una mirada más inclusiva.

 

Resignificar la vida

Elena no lleva personajes predeterminados la primera vez que visita un lugar. Para eso tiene a sus “títeres líderes”, que son aquellos que más la representan. Una vez que conoce al niño/a, ella selecciona aquel muñeco que le parezca “más oportuno según la situación en la que se encuentre, o los personajes que le gustan, o a quién le encantaría conocer”. “El trabajo de títeres en contextos de alta vulnerabilidad es absolutamente artesanal, es como tejer con hilos de muchos colores, como un entramado que se va formando con lo que le gusta al otro”, reflexiona la titiritera. Para Santa Cruz, la devolución que recibe luego de cada una de sus visitas “no tiene techo”. “Cuando se dan cuenta de que son personas valiosas es cuando van a defender sus derechos y ayudar a otros a defender los suyos. Es una forma de convocarlos a resignificar la vida, en comunidad, con el otro”, dice, convencida de que “el mundo puede ser un lugar amable”.

Con cada títere, intenta transmitir un mensaje esperanzador. Alegría lo hace en los hospitales buscando la risa y las ganas de seguir adelante, y Gotita de Agua en los penales, donde les cuenta que son capaces de hacer cosas buenas. “Todos mis materiales son metáforas encarnadas para decir algo y que sea más accesible, amoroso, contenedor”, explica. En las cárceles, a Gotita de Agua “lo abrazan profundamente”, revela Elena antes de describir al muñeco como “un niño, casi un preadolescente, que se llama así porque de grande va a ser chorro”. Para quienes se encuentran detenidos, Gotita “es el niño que alguna vez fueron, representa parte de su historia” y a él le dicen que “no hay que llegar a chorro, sino armar un proyecto de vida pacífico”.

La lista sigue con más de un centenar de títeres, cada uno con una temática en particular, como Francisca Caso, a la que en su casa le dicen fra-caso y que habla del fracaso escolar; Haití, que nació para hablar de “los huracanes de la infancia”, o Espera y Silencio, que es una pareja de aborígenes que tiene tres hijos: “Memoria, Legado y Libertad”.

 

Cómo conectarse | Elena Santa Cruz: babataky@yahoo.com.ar

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here