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Esta es la historia y el presente del Instituto Comunicaciones, que estuvo al borde del cierre y fue recuperado por sus docentes en el año 2002. De aquellos pocos grados de primaria y ocho estudiantes de primer año de la secundaria, pasó a contar, en la actualidad, con 500 inscriptos en los tres niveles.

 

Texto Natalia Concina.

 

Un mural sobre la pared izquierda de la puerta de acceso principal al edificio del Instituto Comunicaciones –una escuela cooperativa– da la bienvenida. En la obra hay manos, corazones, flores, árboles y otros dibujos, además de la frase “Yo soy por lo que Somos Todos”.

La historia de la cooperativa se remonta al 2002, año en el que –como ocurrió con muchas fábricas y empresas recuperadas– los entonces dueños del Instituto –el Club Comunicaciones– entraron en convocatoria de acreedores.

“Cuando comienza a ser intervenido, el órgano de fideicomiso determina que la escuela era deficitaria y que al año siguiente, 2003, iba a cerrar sus puertas. Estábamos en medio de una crisis grande en el país y esto impactaba porque eran fuentes de trabajo que se perdían y que no se recuperaban. La mamá de un alumno nos contactó con un abogado que trabajaba con empresas recuperadas y nos vinieron a contar la experiencia de otras. Nosotros nos propusimos hacerlo, recuperarla, aunque no teníamos ni idea de en qué nos estábamos metiendo”, recuerda a Tercer Sector Romina Orlando, profesora de Historia y hoy tesorera de la cooperativa ubicada en el barrio porteño de Agronomía.

Y continúa: “El 30 de septiembre de 2002 nos constituimos formalmente como cooperativa. Todo ese verano nos la pasamos en la escuela porque había que ponerla en condiciones, ya que estaba sumamente descuidada. El 17 de marzo de 2003 iniciamos las clases, entrábamos todos en un patio chico y sobraba lugar”.

 

Compromiso docente

Cuesta imaginar esa escuela desierta cuando hoy se observa el movimiento que hay en el edificio: una persona arregla la puerta de ingreso, otras caminan por las escaleras con niños y María Eugenia Echeverría, profesora de Matemática y secretaria del Consejo de la cooperativa, trabaja con papeles en una sala.

“Teníamos una diferencia grande con el resto de las recuperadas y es que una escuela para funcionar tiene que tener a todos los docentes y maestros, no puede trabajar con menos o ‘con los que están’. Nosotras convocábamos docentes y de repente lo que podían retirar no les alcanzaba ni para el viático, y quienes se acercaban no tenían el mismo sentimiento de quienes veníamos con el proyecto, entonces teníamos mucha rotación del personal docente; revertir eso llevó muchos años”, describe María Eugenia.

La conformación de la cooperativa no sólo cambió la vida de sus integrantes en términos de hacerse cargo de toda la gestión que implica una escuela, sino que también profundizó un camino en cuanto a la concepción de la educación, del alumno y del docente.

“Antes de convertirse en cooperativa, en la escuela ya había una impronta diferente. En el nivel medio, quien era y es hoy la rectora tenía una mirada distinta de la educación, que hoy definiríamos como inclusiva; esa mirada del pibe, de cómo querés que esté en la escuela, implicaba una incomodidad para el docente que estaba acostumbrado a un formato más jerárquico. Aquí los chicos estaban habilitados para plantear sus problemas o molestias, para participar; tenían llegada directa con la rectora y esa idea de educación era innovadora para entonces”, explica Romina Orlando.

Echeverría sonríe y asiente: “Es verdad, siempre fue una escuela distinta, porque la conducción proponía otra cosa. Este año abrimos la tercera división de primer año y cuando nos preguntamos por qué estamos creciendo tanto, nuestra respuesta es que son varios factores: por un lado, la posibilidad de acceder al club es interesante para los chicos que gustan de los deportes; pero además creemos que tiene que ver con la propuesta inclusiva, con que las familias saben que acá trabajamos de otra forma”.

 

Hay equipo

Desde este repensar colectivamente cada día el aula, los contenidos y la educación en general, las docentes del Instituto Comunicaciones no hablan de “alumnos integrados” sino de un trabajo con la “heterogeneidad”. “Todos somos distintos y cada chico viene buscando una escuela. Esta es una idea que no-sotros reafirmamos: la escuela tiene que ser para el chico y no el chico para la escuela. Nadie puede garantizar que va a tener un camino sin escollos; seguro que aparecerán problemas, pero al conflicto hay que laburarlo”, asegura la profe de Historia.

Echeverría cuenta que desde las matemáticas “siempre es más difícil encontrarle la vuelta porque es la materia que más odian los estudiantes y los contenidos son bastante rígidos. Sin embargo, –cuenta– trabajar aquí me da la posibilidad de pensar junto a otros docentes de la materia estrategias para volcar en las aulas”.

Los estudiantes del Instituto Comunicaciones cuentan con espacios colectivos extracurriculares: existen asambleas estudiantiles y, desde hace cinco años, un centro de estudiantes se reúne semanalmente con la dirección para plantear inquietudes y propuestas.

También es diferente el vínculo de la escuela con los padres: “Ellos vienen todo el tiempo a hablar y nosotros tratamos de no cerrarnos, sabemos que nos podemos equivocar y cuando sucede lo asumimos y lo trabajamos”, explica Orlando.

Y concluye: “Creo que el gran plus que tiene la escuela es que ninguno viene en automático y hay mucho equipo, el docente no labura sólo. Se construye entre todos, se mira de otra manera, no dejás nada para que haga otro porque cada uno ocupa un rol y, sobre todo, estamos en todo momento repensándonos, lo cual es agotador pero da mucha felicidad”.

 

Cómo conectarse: Instituto Comunicaciones: Tinogasta 2685 // 11 4502-8044 // institutocomunicaciones@rcc.com.ar

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