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El aislamiento ocasionado por la pandemia alteró la cotidianeidad para todos. Y sembró dudas: ¿Se puede seguir produciendo a cualquier costo e impactando en el entorno? ¿Cuál es la responsabilidad de la humanidad en esta crisis? El valor de generar riqueza contemplando los aspectos social y ambiental invita a pensar que hay otros modelos posibles. La economía popular, la agroecología, el cooperativismo y el emprendedurismo ganan protagonismo.

 

Texto Andrea Vulcano.

 

Cuando el virus desconocido y arrollador comenzó a atravesar fronteras hasta convertirse en una pandemia, a principios de 2020, la cuestión sanitaria quedó colocada en el centro de la escena y puso en jaque un sinnúmero de rutinas y variables que, hasta ese momento y de manera global, discurrían con la fuerza de lo que se da por sentado e inamovible. De pronto, como si ese extraño mal estuviera forzando un ineludible reseteo del mundo, no fue posible ir a la escuela, ni al trabajo, ni al mercado, por nombrar tan solo algunos ámbitos, y dejó a miles de millones de personas sin sus dinámicas, sus costumbres y, en muchos casos, su sustento cotidiano.

En ese marco, uno de los grandes temas que emergieron con fuerza fue el del consumo. Es que, de algún modo, el coronavirus ponía a la humanidad entera frente a un espejo en el que había preferido por largo tiempo no verse, acaso por haber sido ella misma arquitecta silenciosa de una obra en la que los ecosistemas habían sido negados, ninguneados y, con negligencia o desidia, llevados a su propio límite.

Desde lo micro a lo macro, desde puertas adentro a puertas afuera, todo quedó inesperadamente bajo la lupa y la mirada, guiada incluso por la pulsión de vida, comenzó de a poco a virar hacia iniciativas preexistentes que emergían ahora como modelos posibles para una imperiosa transformación.

“A nivel global, la pandemia generó la aceleración de conciencia sobre los efectos de un modelo económico muy consumista, de crecimiento infinito, sin pensar qué significa ese crecimiento, y sin pensar que ese crecimiento implica consumir más recursos que la capacidad de la tierra de regenerarlos”, plantea Pedro Tarak, cofundador del Sistema B, un movimiento global que promueve a las empresas de triple impacto, concebidas con la idea de que la rentabilidad económica puede y debe coexistir con la solución de problemas sociales y un abordaje que contempla la cuestión medioambiental.

Así, esta corriente que lleva ya décadas de recorrido, plantea la necesidad de repensar el sistema capitalista, al que interpreta expresado en distintos modelos, todos bajo un mismo patrón, un mismo diseño, que es la búsqueda exclusiva de la creación de poder financiero o económico.

Desde esta mirada, en diálogo con Tercer Sector, Tarak entiende que la pandemia colocó también en el centro de las conversaciones públicas, a nivel global y también en la Argentina, “cierta presunción de que el virus tuvo más éxito en su esparcimiento a partir del calentamiento global y la reducción de los sistemas de contención de la biodiversidad”. Por eso, afirma, “creció con mucha fuerza la conciencia de la interdependencia de grandes ecosistemas planetarios” y se está descubriendo de manera colectiva “que primero tiene que estar el mundo como realidad a proteger, antes que un país por encima del mundo”.

“Lo que uno ve es que esta manera de habernos organizado, propia de mediados del siglo pasado, ya no nos está sirviendo para abordar a escala global este tipo de problema tan fuerte, muy probablemente fruto de nuestro estilo de desarrollo”, completa el embajador global del movimiento Empresas B.

 

La trama local

El cooperativismo, la economía popular, la agroecología, el reciclaje y el espíritu emprendedor cobraron un renovado e inusitado protagonismo en los días más álgidos de la pandemia en la Argentina. Cuando por las restricciones de movilidad un sinnúmero de comercios y actividades se vieron de pronto paralizadas, las necesidades más básicas de consumo lograron ser respondidas desde la cercanía, desde lo territorial, por aquellas iniciativas que siempre habían sido catalogadas o relegadas a una categoría marginal frente a los grandes actores articuladores del mercado.

Fue desde este sector que un conjunto de productores y productoras comenzó a darle forma a un concepto innovador: consumo responsable popular. La idea es, en un entramado colectivo, darle protagonismo al consumidor como eslabón central del sistema de comercialización, y no como habitualmente último orejón del tarro. “Tod@s Comen es un programa del Instituto de Producción Popular (IPP) que hasta ahora funcionaba vendiendo productos alimenticios de la economía popular, lo que incluye a proyectos cooperativos, pequeños productores y pequeños emprendedores que están como en contraposición a las grandes marcas y los monopolios, lo que ya de por sí representa una manera distinta de consumir. En ese marco, intentamos que la distancia entre el productor y el consumidor sea la mínima necesaria, para lo cual conformamos lo que llamamos una intermediación solidaria”, explica a Tercer Sector Silvia Berra, una de sus referentes.

Producto de la pandemia y las restricciones, Tod@s Comen se transformó en Tod@s Comen va a tu casa. “Es un portal web en el que se ofrecen productos de la economía popular a precios accesibles, donde el costo incluye el envío al domicilio del comprador. La idea es llegar a todos los hogares. Por el momento estamos solo en el Amba, porque es lo que nos permite actualmente la logística. La canasta incluye yerba de varias marcas, aceites, mermelada de productores de la zona de Misiones, fideos, arroz, harinas, y también una línea de productos navideños, todos de cooperativas”, completa Berra.

En el caso de Tod@s Comen, la situación sanitaria los empujó a saltar al mundo de la virtualidad y, así, al universo de la venta online. Es que antes trabajaban a través de nodos o almacenes populares, que siguen existiendo, pero muchos de los espacios donde se hacía la entrega de los productos tuvieron que cerrar porque funcionaban en organizaciones sociales, centros culturales o unidades básicas y se vieron afectados por el parate.

“Creo que la pandemia generó cierto replanteo de los patrones de consumo, que en ciertos casos provocó un crecimiento inmediato y grande, aunque ya previmos que en algunos eso seguramente no se sostendría en el tiempo, mientras que en otros sí. De hecho, cuando empezó el proceso de reapertura, hubo gente que volvió a los lugares a los que solía ir, pero también otra que ya adoptó esta manera de consumir, que exige que la pienses, la planifiques y que estés dispuesto a retirar o a recibir en cierto horario, lo que requiere una organización distinta porque no es lo inmediato de ir a la esquina o al súper”, cuenta Silvia Berra.

 

 

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