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Las consecuencias del exceso en el uso de dispositivos tecnológicos y la exposición a las pantallas ya son temas de debate en ámbitos médicos. El fenómeno afecta tanto a niños como a sus padres. Cuándo es momento de pedir ayuda y dónde hacerlo.

 

Texto Gabriel Tuñez.

 

Alteración en el humor y el sueño, falta de atención, ansiedad, disminución visual, irritabilidad, problemas vinculares y aislamiento son las consecuencias más comunes de cualquier adicción y también las que se extienden a quienes tienen una alta exposición a los dispositivos tecnológicos. A esos efectos nocivos se le suman el sedentarismo y el sobrepeso.

Sin embargo, evitar el uso de la tecnología resulta casi imposible. Por medio de ella y sus dispositivos se realizan trámites, compras, reclamos y reuniones a distancia. En algunos casos, casi la totalidad del horario laboral se centra frente a una pantalla. A esto se le agregan las nuevas formas de consumir los medios audiovisuales: en el transporte público, en un hospital, en la escuela. Y, por sobre todo, el uso recurrente de las redes sociales.

A fines de la década del ’90, cuando existían pocos de los elementos tecnológicos actuales, el catalán Alfons Cornella resumió en el término “infoxicación” el exceso de información que podemos procesar por la profusión de contenidos en internet.

“La inclusión de Internet y de las nuevas tecnologías cambió nuestra vida. Es una situación que alcanza, con diferentes particularidades, a los niños, adolescentes, jóvenes y adultos. Es un fenómeno cultural”, afirma Andrés Roussos, doctor en Psicología por la Universidad de Belgrano y director del Laboratorio Para Investigación en Ciencias Sociales (Lisptic).

En la misma línea, Magdalena Tiesi, psicóloga y profesora de la Universidad Austral, coincide en que la tecnología está inmersa en la vida cotidiana y “no se puede renegar de ella ni verla como una amenaza. Por el contrario, el desafío es analizar los aspectos positivos y su contracara, y utilizarla de un modo favorable”.

 

Vínculos en riesgo

Para el caso de las niñas y niños de entre 2 y 5 años, la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) recomienda que no estén expuestos más de una hora diaria a pantallas porque pueden sufrir problemas en el desarrollo cognitivo, emocional o social. Además, deben estar acompañados por un adulto y ver contenidos apropiados para su edad. La SAP afirma que los menores de 2 años directamente no deben exponerse a esta tecnología y aconseja a los padres replantearse el propio uso de los dispositivos para pasar tiempo de calidad con sus hijos.

Las pantallas impactan negativamente, tanto por el contenido de lo que se ve mientras se utilizan los dispositivos, como por todo lo que se deja de hacer: el desarrollo de los vínculos afectivos, juegos creativos, lectura, estudio y actividad física.

En los adolescentes, la alta exposición a las pantallas les provoca cambios en el volumen de la sustancia gris cerebral. “Las áreas afectadas incluyen la regulación de las funciones ejecutivas: la planificación, la organización y el control de los impulsos. Y en la capacidad para desarrollar la empatía y la compasión por los demás y en las señales físicas de la emoción”, advierte Juan Manuel Ferrer, neurólogo infantil del Instituto de Neurociencias Buenos Aires (Ineba).

Frente a eso, Ferrer, Roussos y Tiesi invitan a los adultos a pensar estrategias que generen un hábito sano en los chicos: definir horarios para el uso de la tecnología, establecer contenidos educativos, acompañarlos durante ese tiempo frente a las pantallas y, además, estimular la práctica de deportes y generar un modelo de interacción con sus pares.

Sin embargo, Roussos advierte lo que ocurre en su consultorio: “Veo padres y madres que se quejan del uso de la tecnología de sus hijos y ellos están más alienados que los chicos. Es bueno que los adultos nos preguntemos cómo usamos la tecnología, si somos capaces de dejar el teléfono cuando manejamos o cuando cenamos. En muchos casos brindamos un modelo dependiente de la tecnología a los más chicos”, expresa.

¿Cómo reconocer un mal uso de la tecnología? Uno de los síntomas es la frecuencia con la que se mira el teléfono para revisar notificaciones, los likes en las redes sociales, responder o enviar mensajes de trabajo en cualquier momento –inclusive el fin de semana–, buscar información o sólo para no perderse de qué están hablando sus contactos; la necesidad de estar siempre informado de lo que pasa, saltando de una pantalla a otra. “Hay un mito que dice que nuestro cerebro puede ser multitasking, hacer varias cosas a la vez, pero no es así”, asegura Laura Jurkowski, psicóloga y directora del centro ReConectarse, especializado en el tratamiento de las tecnoadicciones.

Situaciones como esas, afirma Jurkowski, provocan un desplazamiento del tiempo que se dedica al vínculo directo con la familia, amigos y el entorno general. “En algún punto, el teléfono celular fue creado para comunicarnos, pero el uso que le damos nos desconecta de lo que pasa alrededor”, señala.

¿Cuándo pedir ayuda? Frente a síntomas de alteraciones en el sueño y el humor, falta de atención, ansiedad y un menor rendimiento laboral, entre otras. “Nos encontramos con personas que son adictas o tienen un comportamiento compulsivo con la tecnología. Cuando esto nos genera problemas en diferentes áreas de la vida, es el momento de pedir ayuda”, dice Jurkowski.

 

Cómo conectarse

Instituto de Neurociencias de Buenos Aires (Ineba): Guardia Vieja 4435 (Caba) // (11) 4867-7782 // www.ineba.net

ReConectarse – Centro de Tratamiento de Adicciones a la tecnología: (11) 15 4409-0324 // www.reconectarse.com.ar

Centro Privado de Psicoterapias: Avenida del Libertador 6049 1ºA (Caba) // (11) 4788-9600 // info@cpp.com.ar // www.cpp.com.ar

Asociación Chicos.net: Thames 1872, 1º J (Caba) // (11) 3437-2558 // info@chicos.net // www.chicos.net

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