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Los proyectos que buscan generar impacto social y ambiental se multiplican y ganan escala. Aquí algunos casos de éxito que pueden ser replicables.

 

Texto Rocío Galván.

 

Las empresas de triple impacto se diversifican y posicionan como una alternativa de negocios con peso propio. Se trata de iniciativas en las que la actividad económica busca un desarrollo sostenible, en el que convivan la generación de valor, con el cuidado del medio ambiente y el compromiso con la comunidad. En Argentina, en los últimos años se multiplicaron las experiencias y algunos de esos proyectos ganan en escala, cuando además de posicionarse en el mercado local se convierten en proveedores de las grandes compañías.

Ya sean amigos o hermanos que decidieron comenzar un emprendimiento, o bien, profesionales que buscaron un nuevo desafío, en sintonía con los cambios económicos y sociales en el mundo, el abanico de empresas de triple impacto se caracteriza por la amplia variedad de propuestas: desde emprendimientos de viandas saludables, pasando por calzado sustentable, hasta una empresa especializada en compostaje y huerta urbana: los proyectos de triple impacto se consolidan en el país.

Uno de los casos es Viví Más Verde, que empezó como una idea de dos hermanas, Carolina y Verónica Gheorghiu, que además son amigas y socias. “Comenzamos por una necesidad propia de conectarnos con la naturaleza desde el balcón, desde la ciudad, y luego nos dimos cuenta de que era un deseo compartido por muchísimas personas”, contó Carolina, en diálogo con Tercer Sector. En 2014 iniciaron su actividad ofreciendo papel plantable, que contenía semillas embebidas de flores, huerta o aromáticas para que luego de ser utilizado pudiera ser sembrado. Lanzaron también, entre otros productos, una compostera doméstica, y el año próximo presentarán una versión de tamaño comunitario para comedores, oficinas y edificios.

El emprendimiento logró posicionarse en las áreas de marketing o responsabilidad social de las grandes empresas. “Los lápices y los papeles plantables suelen ser un souvenir diferente que ya por sí solo transporta un mensaje que son las semillas, y desde la empresa le puede agregar su marca y mensaje”, precisó Carolina.

Otro caso es el de Andrea Jatar, creadora de De La Olla, que impulsó una propuesta distinta de viandas para los almuerzos de oficina y eventos, que combina comida natural, casera, diversa, en base a ingredientes sin agroquímicos. “De La Olla nació como necesidad de nuevos desafíos profesionales que conjugaran todas mis pasiones”, relató Andrea, y subrayó que el objetivo ahora es “seguir desarrollando el área corporativa, porque es la manera de multiplicar el impacto más efectivamente”.

“Nuestro principal desafío es que cada vez más empresas tomen conciencia de que el cuidado del medio ambiente y la inclusión social son necesidades, y que esas necesidades requieren un esfuerzo mayor que no compite con las producciones en masa”, explicó Jatar.

 

Calzado y mucho más

Otra empresa que logró reconocimiento en distintos ámbitos es Xinca, formada por tres amigos de Mendoza que se animaron a empezar algo nuevo con un ropósito que fuera más allá que su propio interés económico. “Hace unos años, nos encontramos en la misma situación en nuestras vidas, con la idea de crear un negocio que enriqueciera nuestras vidas y las de los demás”, sostuvo Alejandro Malgor.

La firma se dedica a producir calzado con materiales reciclados como neumáticos fuera de uso y residuos de la moda, e involucra una pata social, a partir del trabajo de más de 80 internos de la prisión San Felipe, en Mendoza. Además sumaron la fabricación de indumentaria de trabajo, con la colaboración de productoras de zonas rurales. “Buscamos centrarnos en el empoderamiento de mujeres, en la igualdad de oportunidades y en la inclusión, que creemos que debe ser impulsado por el liderazgo empresarial”, amplió y consideró a las grandes empresas como “aliados clave para lograr una mayor inclusión y escalar nuestro impacto”.

Otra iniciativa vinculada al calzado sustentable es Leaf Social, que comenzó con la fabrición de zapatillas y luego incorporó carteras, mochilas, bolsos y accesorios hechos de banners publicitarios en desuso, velas náuticas, bolsas de malta, silobolsas y mucho materiales más. “En agosto del 2016 empezamos a poner a prueba una idea utópica de crear un ciclo de calidad completa en el cual cada eslabón del proceso se vea beneficiado, desde la capacitación y generación de oportunidades laborales, hasta la materia prima, trabajando con materiales reciclados, en su mayoría más nobles que los convencionales”, relató Cinthia Fehling, directora del emprendimiento.

Leaf Social logró vincularse con empresas grandes como Reebok e IpesaSilo (el productor argentino y mundial más grande de silobolsas) para desarrollar acciones solidarias. “Son importantes las alianzas con grandes empresas porque se multiplica el alcance e impacto de la acción cuando se trabaja en equipo. Una necesita de la otra, al igual que trabajar con el gobierno o diversas organizaciones sociales. Unidos generamos mayor empuje y trabajando en colaboración”, afirmó Fehling.

Los emprendimientos de triple impacto van más allá de una tendencia o un fenómeno pasajero: es un nuevo modelo de negocios que llegó para quedarse y crecer, que tiene como eje la convivencia del valor económico, la mirada social y el cuidado del medio ambiente. Se trata de un cambio transversal y cultural.

“Amamos los desafíos y la posibilidad de sumarle un valor único a nuestros productos, cuidando el medio ambiente, así que no bajamos los brazos. Es eliminar varios preconceptos y construir nuevos cimientos para el mercado del futuro”, concluyó Fehling.

En tanto, Malgor reflexionó: “Creo que el problema radica en que estamos desconectados de cómo se hacen los productos que usamos. La buena noticia es que aún tenemos el control. Al comprar algo es casi como votar. Con nuestras compras, debemos apoyar a la empresas que buscan hacer las cosas mejor”.

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