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En el barrio de Saavedra, sede del grupo La Chilinga, funciona un comedor comunitario “de domingo a domingo”. Allí, quienes se acercan pueden ducharse, mientras niños y niñas reciben apoyo escolar y va forjándose una huerta comunitaria y educativa.

 

Texto Andrea Vulcano.

 

Santi, Fabi, el Pela, Moni, el cordobés, el tío. En este comedor se escuchan nombres propios y, allí, junto con platos, vasos y ollas humeantes, el compromiso y los codo a codo se multiplican. Cuando los tambores y redoblantes se apagan, en una de las cinco sedes de la emblemática escuela popular de percusión La Chilinga, otra corriente –también intensa– se enciende y amplifica.

Todo empezó en 2017, con un pequeño gesto de consecuencias imprevistas. Santi –como todos conocen a Santiago Figueroa, chilingo de la primera hora– le ofreció baño y comida a una familia que se había instalado en el espacio verde lindero a La Chilinga, en el barrio porteño de Saavedra, a pocas cuadras del Acceso Norte.

“Era pleno invierno, hacía mucho frío y lloviznaba, así que esperé que terminara de ensayar la escuela y los metí adentro. Así empezó el quilombo”, recuerda entre risas. Lo que él llama “quilombo” fue, en verdad, una potente alquimia que, empujada por su afán de transformar y amalgamada junto con otras almas inquietas, le fue dando vida a esto que hoy es un comedor que funciona “de domingo a domingo”, con duchas para aseo personal, un espacio semanal de apoyo escolar, una biblioteca, que desde el 24 de marzo pasado rinde homenaje a los padres desaparecidos de otra protagonista más reciente de esta historia, Tania Díaz Frontini, y una incipiente huerta y compostera.

“El comedor de Santi –como todos lo llaman– surge porque me cansé de ver gente comiendo en un ‘tupper’. Tratamos de dar lo más sano y digno posible, y que cada persona pueda sentarse con un plato a la mesa”, subraya Figueroa, en diálogo con Tercer Sector, mientras Tania asiente y acota que no reciben “ningún tipo de ayuda del Estado ni de ninguna organización”.

Claro está que, para que esto sea posible, se encuentra detrás el alma máter de La Chilinga, Daniel Buira, ex Los Piojos, quien brinda el espacio para que, más allá de la percusión, el galpón abrace –de la mano de Santi y tantos otros– a quienes se acercan y encuentran ahí, en la calle Ruiz Huidobro, comida, nombres propios e identidad.

 

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