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Un proyecto que rescata el valor de las culturas locales a través de un recorrido por escuelas de 23 provincias llegó al barrio de La Boca, en una exhibición para toda la familia.

 

Valorar la cultura de la comunidad y acercar el mundo de las escuelas rurales argentinas a la ciudad de Buenos Aires. Esos dos lemas sostuvieron la muestra Guardianes de la Cultura y los talleres para chicas y chicos que durante las vacaciones de invierno porteñas se realizaron en la sede de la Fundación Andreani, en el barrio de La Boca.

La semilla de la actividad surgió cuando esa organización conoció el proyecto Pequeños Grandes Mundos (PGM), una iniciativa de los ilustradores Iván Kerner y Mey Clérici, quienes durante 2017 y 2018 recorrieron 23 escuelas argentinas (una por cada provincia), en las que les propusieron a los alumnos que crearan una historia protagonizada por un Guardián de la Cultura; esto es, un personaje que representara los valores de la zona, y que lo elaboraran con los materiales que tuvieran a mano. Además, el resultado final era un libro con esa narración. Así, en un establecimiento correntino representaron al Gauchito Gil; en uno salteño, a una mujer artesana; en Neuquén, a un pescador, y en Misiones a una adolescente muy querida por la comunidad.

“Como trabajamos llevando muchas donaciones al resto del país, conocimos el proyecto Pequeños Grandes Mundos, nos enamoramos de él y sentimos que cruzaba todos nuestros ejes de trabajo, que son cultura, educación y logística solidaria”, dice Karina Castiglioni, Directora Ejecutiva de la Fundación Andreani.

 

Guardianes interculturales

De las 23 esculturas creadas con esa iniciativa se exhibieron 10, en La Boca. “En los talleres, los chicos venían a la sala, recorrían la muestra, se les contaba el proyecto y, sobre cada Guardián de la Cultura, se los invitó a construir su propio guardián, y que no pensaran en alguien de la tele, y eso hicieron”, agrega. Así, dibujaron abuelos, maestras o amigos del colegio. Además se hicieron talleres para los hijos de los trabajadores de Andreani.

Por su parte, Iván Kerner cuenta: “Uno de los tantos casos que nos movilizó mucho fue el de una escuela formoseña del pueblo Pilagá, en la que los chicos eligieron contar la historia de un cazador que se pierde en el monte, y en la que cuando estuvo el resultado final vino el cacique”. Otra experiencia muy recordada por él fue la sucedida en Misiones, en una comunidad guaraní en plena selva. “Ahí eligieron representar como guardiana a una chica de 18 años, Maricel, que es muy querida en el lugar”.

Hugo Cañete, el maestro de ese establecimiento, explica: “Es una escuela intercultural, bilingüe, nacida en 2009. Los chicos representaron a Maricel a través de una escultura con maíz y cajas de manzanas. En el libro final, contaban un día en la vida de ella, cómo se despierta temprano, enciende el fuego, hace el mate, lava la ropa y demás”. Lejos de héroes y heroínas mediáticas, ya sea en Neuquén o en Misiones, los alumnos pudieron elegir otra forma de representar el mundo. Y esa mirada se posó durante dos semanas en uno de los barrios porteños con más leyendas.

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