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En el contexto de los conflictos armados, las violaciones y abusos sexuales contra mujeres se repitieron a lo largo de la Historia. En el mundo hay varias organizaciones que asisten a las víctimas y en 2018 recibieron el Premio Nobel de la Paz dos referentes internacionales en la lucha contra este tipo de crímenes.

Texto Alejandro Cánepa.

 

La violencia sexual contra mujeres en zonas de conflicto es una cruel constante en la historia de la humanidad. Así, todas las guerras han ido acompañadas de violaciones u otro tipo de abusos, como si una situación bélica potenciara una especie de “vale todo”. El año pasado, el Nobel de la Paz le fue otorgado a la yazidí Nadia Murad y al médico congoleño Denis Mukgewe, referentes internacionales en la lucha contra esta clase de crímenes. Tercer Sector mapeó dos experiencias que abordan la contención de las víctimas de aquellos.

La historia de Murad refleja en carne propia los crímenes sexuales. En 2014, la banda terrorista Estado Islámico (EI) invadió su pueblo en Irak, asesinó a todos los hombres y secuestró a cientos de mujeres, incluidas muchas niñas de entre 10 y 12 años. Nadia y las demás fueron violadas por integrantes del EI, aunque meses después ella pudo escapar de sus secuestradores y denunciar al mundo la masacre. Por su parte, el doctor Mukgewe creó un hospital en la ciudad de Bukavu, en la República Democrática del Congo, en donde se contiene y se cura a las mujeres violadas por alguno de los grupos armados que asolan al país. Mukgewe, ginecólogo especialista en cirugía reconstructiva, vive en su país con protección especial de las Naciones Unidas. Ambos recibieron el Nobel de la Paz en octubre pasado.

Sin embargo, existen otras experiencias internacionales de organizaciones que enfrentan este tema. Médicos sin Fronteras (MSF), por caso, montó en la República Centroafricana una serie de unidades sanitarias que específicamente atienden a personas víctimas de ataques sexuales en esa nación, que también está corroída por conflictos armados.

Luciano Canchelara, psicólogo argentino de MSF, cuenta la experiencia en ese país: “Soy el responsable de salud mental y del servicio social de MSF en la República Centroafricana, que tiene un dispositivo de tres unidades en ese país: una médica, en donde se realizan curaciones, vacunas, análisis de VIH y derivaciones, una unidad de salud mental y otra de servicio social”.

La República Centroafricana es un empobrecido país de ese continente, cuarteado por distintos grupos armados que saquean las riquezas del territorio, como el azúcar, el café, la miel y el oro. Básicamente se enfrentan facciones de inspiración cristiana contra otras musulmanas y ambas son acusadas de todo tipo de atrocidades, entre ellas, las sexuales.  “Teníamos víctimas de los dos credos. Para las sobrevivientes musulmanas, salir de su barrio era un riesgo; para las cristianas, también lo era”, dice Canchelara y agrega: “Hay un uso de la agresión sexual como arma de guerra, inclusive se habla de ‘terrorismo sexual’, algo que no es solo de África. Sí parece haber un crecimiento endémico de estos crímenes en la zona, como si a mayor tragedia y mayor violencia, se agudizara la violencia sexual”.

El 98 por ciento de las víctimas que asisten a las unidades de MSF son mujeres y niñas, y por año la organización atiende allí a 1.200 víctimas. “La tasa de personas con VIH es muy alta en el país. Las víctimas vienen atravesando crisis de muchos años y no sólo hay violencia sexual, hay  malnutrición, desplazamientos y epidemias de malaria”, puntualiza Canchelara.

 

Un problema global

En tanto, cruzando el Océano Atlántico, en Colombia, el histórico conflicto que enfrenta al Estado con diferentes grupos insurgentes, atenuado en parte por la transformación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) en partido político, también muestra este tipo de crímenes. Olga Amparo Sánchez, directora de la Casa de la Mujer, organización social nacida en 1982, cuenta: “El año pasado, la Defensoría del Pueblo registró 61 alertas tempranas de casos de violencia sexual en los municipios que conforman los Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial. Estos municipios, priorizados para la implementación del Acuerdo de Paz, además de haber mantenido índices altos de violencia sexual durante los diez últimos años, también se han caracterizado por su precaria presencia institucional y por altas tasas de impunidad y desatención”.

En ese sentido, la Casa de la Mujer “lleva a cabo con las mujeres procesos de formación-reflexión-acción para que ganen autonomía, desarrollen capacidades y habilidades para exigir sus derechos, acompaña procesos de fortalecimiento organizativo y asesoría legal y psicosocial, y documenta las situaciones de violencia contra las mujeres para exigir al Estado el cumplimiento de sus responsabilidades constitucionales”, detalla Sánchez. Las denuncias por abusos sexuales contra mujeres involucran tanto a las fuerzas de seguridad colombianas como a grupos paramilitares y organizaciones armadas. Naciones Unidas informó que en 2017 se produjeron “24.576 casos de violencia sexual relacionada con el conflicto, en los cuales sólo un tercio de las víctimas recibió una indemnización”.

Quizás el mayor grado de conciencia sobre los derechos de la mujer provoque que los ataques sexuales como parte de guerras se vuelvan un delito específico y mucho más visibilizado en la actualidad. Tantos millones de víctimas, congoleñas, colombianas o sirias en 2019, o rusas, chinas, polacas, francesas o alemanas hace 80 años, merecen ese cambio de sensibilidad.

 

 

Cómo conectarse: Médicos sin Fronteras: www.msf.org.ar // Casa de la Mujer: www.casmujer.com

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