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El aislamiento preventivo implementado como respuesta a la pandemia impactó especialmente en niñas, niños y adolescentes. De la tristeza, la soledad y el aburrimiento a la resignificación de los vínculos, se amplía el abanico de necesidades que experimentan los más chicos. Cuál es la respuesta de las ONG y qué desafíos enfrentan de cara a la nueva normalidad.

 

Texto Alejandro Cánepa.

 

Lautaro, de cinco años, volvió a orinarse por las noches. Elena, de cuatro, no quiere salir a la calle “por esos bichitos malos que matan gente”. Lucas, de 16, no tiene ganas de encontrarse con nadie. “¿Para qué?”, se pregunta. Las medidas de aislamiento y distanciamiento social, necesarias para retrasar la rapidez de la circulación del Covid-19, al mismo tiempo cortaron, sobre todo para el período que va de marzo a octubre, relaciones, salidas, juegos y muchas otras actividades vitales para chicas, chicos y adolescentes. Tercer Sector dialogó con distintos referentes en salud mental y trabajo social para entender cómo las OSC dedicadas al tema modificaron sus acciones y qué experiencias pueden extraerse para el futuro.

“Yo tengo 19 años y un hijo de tres, mi familia es numerosa y vivimos todos juntos y, la verdad, el estar encerrados me afectó, al principio; fue un cambio muy grande, creí que había entrado en depresión, no podía salir a despejarme y no tenía tampoco con quién hablar”. Así resume su estado en los comienzos de la cuarentena Camila, que vive en San Javier, Traslasierra, un pueblo cordobés que no llega a los dos mil habitantes. “Lo que más extrañaba era salir con mi hijo a distraernos un poco. Lo que más extrañaba él era el jardín de infantes, las dos semanas que fue le gustó bastante”, agrega.

Camila asiste a los talleres del programa Jakairá, que sostienen, en conjunto, las fundaciones Kaleidos y Children Action, de Suiza. Por la interrupción de los encuentros presenciales, el formato pasó a ser virtual. María Böhmer, coordinadora de Jakairá Traslasierra (hay otra experiencia en la Ciudad de Buenos Aires), cuenta: “Para nosotros, que hacemos talleres de sensibilización con adolescentes que son madres y padres y con sus familias, fue tremenda la pérdida de vínculos presenciales; con los chicos que ya conocíamos de antes, al menos no costó tanto mantener el vínculo; pero sí, con los nuevos adolescentes. La remamos, hicimos lo que pudimos”.

Por fortuna, desde septiembre pudieron volver a reunirse con los adolescentes, ya no en escuelas, pero sí al visitar sus casas. De los talleres de Jakairá Traslasierra participan 30 chicas y chicos. “El gran cambio es el aislamiento. Ya de por sí, acá hay aislamiento geográfico y hay mucha vulnerabilidad a eso. Y la escuela contrarresta el aislamiento. Ahí hay chicos que socializan, no hay muchas otras actividades para jóvenes en estos lugares. Además, desde el 20 de marzo no hubo colectivos interurbanos por paro, así que no había manera de trasladarse si no tenías moto o auto”, dice María, que es psiquiatra. Otro factor que agudizó el malestar por el encierro fueron los problemas de conectividad.

¿Qué expresaban los adolescentes en los talleres forzados a darse por Zoom? “No te diría depresión, pero sí estados de más tristeza y desgano, desesperanza, aburrimiento. Mucha soledad”, recalca ella. En el programa aportan sus saberes, aparte de María, un psicólogo, dos trabajadoras sociales y un comunicador social.

 

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