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Un grupo de niñas que hasta hace poco bailaba en un baldío del Barrio 31, ya puede tomar sus clases en los salones de la Fundación Julio Bocca. Un premio a la constancia de la docente y sus alumnas.

 

Texto Marysol Antón.

 

En un video, un grupo de niñas aprende las posiciones de danza al aire libre, pisando sobre el cemento. La imagen también capta la perseverancia de una profesora que da clases en el sector Comunicaciones del porteño Barrio 31, una zona de Retiro tan humilde como populosa, donde la ayuda no llega y el público son los vecinos, espías involuntarios de las lecciones, mientras van y vienen en sus rutinas. Estos tres elementos unidos le dieron dimensión a las necesidades de estas alumnas de baile clásico y contemporáneo, y arribaron a las manos indicadas: las de Elena Presas, vicepresidenta de la Fundación Julio Bocca. Ahora, cada domingo, estas pequeñas llegan con sus rodetes y tutús a bailar a un espacio preparado para desarrollar esta disciplina: los salones de la fundación.

“Apenas Elena vio el video se puso en campaña para contactar a la maestra. Sabíamos que era la zona de Comunicaciones, lo más interno dentro del Barrio 31, donde no llega la acción social. Así conocimos a Mabel Achuma, la docente, y le ofrecimos un espacio controlado para dar clases: cada domingo, a las 14, tendrían un salón dentro de la fundación. A cambio le pedimos que se actualizara y tomara clases para adaptarse a nuestro entorno educativo”, relata Carlos Repetto, director general de la entidad, que también provee a las alumnas de un seguro.

“Les dimos el espacio sin saber qué iba a pasar y lo que pasó fue sorprendente. Ellas son extremadamente respetuosas, agradecidas, permeables a las correcciones de los maestros. Hasta acá no les habían dado los apoyos. Cada domingo, alguno de nosotros viene a acompañarlas, a estar. Les damos palabras de aliento, sabemos que están cambiando su nutrición. Las vemos entrar prolijas, con sus rodetes, en actitud para tomar la clase. Ahora ya entran con sus medias, sus tutús, sus zapatillas de media punta”, describe Repetto, emocionado y consciente de que a través de esta iniciativa, las niñas ingresan a un mundo al que hasta hace poco no tenían acceso. Incluso, desde la fundación están estudiando becar a algunas de las estudiantes, pues tienen potencial.

Desde la organización creada por Julio Bocca también se están ocupando de adaptar algunos vestuarios para las muestras que pronto tendrán las chicas. La misma Presas toma aguja e hilo y da puntadas para que todo quede perfecto. La ropa de danza es requisito, aunque esté usada.

 

Del y para el barrio

Hasta aquí, una parte del relato, pero falta la mirada de la otra parte: la de Mabel Achuma. A partir de marzo último, a esta docente de danza le cambió la perspectiva; llegó aquello por lo que había estado luchando tanto tiempo junto con sus alumnas y un grupo de vecinos de la denominada Villa 31. Ella enseña en Comunicaciones desde hace cinco años y desde el primer día venía pidiendo una ayuda que no aparecía.

“Dábamos clases en un baldío, poniendo tablones en el piso para evitar el frío. No teníamos barra y todo eso nos limitaba. Recuerdo esa primera clase con espejo, fue tan genial; terminamos todos emocionados. Sacábamos fotos para no perder ningún detalle”, evoca Mabel.

La docente no está sola: desde un primer momento se sumó a su sueño Damián Sorrandella, que da las clases de clásico, mientras que Mabel encara las de contemporáneo. Ambos son conscientes de lo que sus alumnas están avanzando: “Desarrollaron más lo técnico, algo que no podían hacer por no tener el piso adecuado. Sostienen la concentración, están atentas y escuchando las indicaciones. Tienen mayor disciplina en el cumplimiento de las normas, del horario, en su vestuario. Los padres cuentan que piden hacerse solas el rodete, algo bien distintivo de una bailarina”, dice Achuma.

“Me emociona verlas capturar la enseñanza, me sigue sorprendiendo”, cuenta Mabel, que durante la semana sigue dando clases en el barrio, pero ahora dentro de la Asociación Civil Vecinos Históricos. En este sentido, las mejoras no fueron sólo para las niñas, sino también para esta docente que fue reconocida como tallerista y ahora recibe un salario por sus prestaciones.

En la vida de Mabel, el esfuerzo es un condimento continuo. Ella ya tenía condiciones de pequeña, pero recién a los 12 años pudo tomar sus primeras clases de danza, por eso reconoce la importancia del espacio que está desarrollando. “Quiero que crezca, poder tener una escuela en el barrio, que sea para los chicos, pero que también genere trabajo. Acá hay mucho talento, pero sola no doy abasto. Tengo 40 nenas en el barrio y 32 asisten a la fundación”, resume esta emprendedora que ama tanto la danza como a sus alumnas.

 

Cómo conectarse

Fundación Julio Bocca: www.fundacionjuliobocca.org.ar

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