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Mientras el deterioro medioambiental se acentúa, en el último cuarto de siglo esta problemática se instaló en el escenario internacional. Se impone el consenso sobre la necesidad de cambios de conductas individuales y colectivas. Mientras, los jóvenes y las ONG asumen un rol clave.

Texto Alejandro Cánepa.

 

¿Autos eléctricos para consumir menos petróleo? ¿Reciclar envases de vidrio, plástico y aluminio? ¿Reforestar bosques para que la producción de celulosa no los extermine? ¿Desarrollar huertas orgánicas para evitar los efectos de los agroquímicos? ¿Incorporar los temas ambientales en los programas de escuelas primarias y secundarias? Todas esas cosas eran incipientes hace un cuarto de siglo y ahora son parte de la vida cotidiana. Claro que la degradación del planeta, palpable y demostrable en el aumento de la temperatura y en la contaminación del aire, cursos de agua y suelos, acorta los tiempos para restaurarlo. Tercer Sector repasa los principales pasos internacionales para lograr un mayor compromiso con un entorno vivible, todavía más fuertes en los papeles que en la práctica.

Allá lejos y hace tiempo (o no tanto), en 1972 se establecía la Declaración de Estocolmo, resultado de la primera conferencia sobre medio ambiente de las Naciones Unidas. Ya entrados los ’80, la ONU difundió el informe Nuestro Futuro Común, que por primera vez sistematizaba la noción de “desarrollo sostenible”, al que definía como “la satisfacción de las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. En 1992, la Declaración de Río ratificaba la de Estocolmo y alertaba sobre la degradación medioambiental. De ahí en más, esa problemática se instalaría con fuerza en el escenario internacional, al menos a nivel de foros, paneles y convenciones.

Dentro de este último cuarto de siglo se enmarca el conocido Protocolo de Kyoto, que buscaba fijar pautas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y era el primer acuerdo internacional en establecer obligaciones jurídicamente vinculantes para los países desarrollados. Su firma se produjo en 1997, por parte de 184 países. Sin embargo, Estados Unidos –uno de los estados más contaminantes– lo abandonó en 2001 y muchas otras naciones no cumplieron los topes máximos de emisión de gases que fijaba el texto.

Ya en 2012, Naciones Unidas organizó la tercera Conferencia sobre el Desarrollo Sostenible, conocida como Río + 20, que reunió a 192 Estados miembro, empresas y OSC. El resultado fue un documento no vinculante llamado El futuro que queremos. En sus 49 páginas, los Estados renuevan su compromiso con el desarrollo sostenible y la promoción de un futuro sustentable.

 

Mitigar impactos

Quizás uno de los resultados relevantes derivados de Río+20 fue el establecimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para generar medidas concretas que mitiguen el impacto ambiental de las actividades humanas. En 2015, también el Acuerdo de París relanzó la temática y el 1° de enero de 2016 entró en vigor la nueva Agenda de Desarrollo Sostenible para los próximos 15 años. Esta incluye ODS directamente relacionados con el cuidado medioambiental, como “garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos; garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles; adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos; gestionar sosteniblemente los bosques, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras, y detener la pérdida de biodiversidad y conservar y utilizar en forma sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible”.

Toda esta maraña de declaraciones, pactos y protocolos tiene su punto débil: la lentitud de caracol en la instrumentación de las políticas concretas para llevar a cabo las acciones necesarias para preservar el medio ambiente, más la escasez o ausencia de sanciones para los Estados que no cumplan los compromisos asumidos. Por otro lado, Estados Unidos se retiró del Acuerdo (como había hecho con el Protocolo de Kyoto), otra medida dañina para todo el planeta ya que es la segunda nación más generadora de gases de efecto invernadero, después de China. La Unión Europea, India y Rusia son los otros países más contaminantes y, por ende, los que más esfuerzos deberían hacer en reducir sus emisiones.

De todas formas, y aunque los cambios tarden tanto en florecer, no dejan de ser incipientes signos de una mayor conciencia mundial. A las históricas y poderosas OSC internacionales como Greenpeace o World Wildlife Fund (ambas con sedes centrales en países europeos) se le sumaron centenares de entidades en todo el mundo, como Amigos de la Tierra y Wetlands International.

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