Compartir

La escuela de Educación General Básica Olga Cossettini, en Córdoba, fue creada a partir de una Cooperativa de Trabajo de Educación por docentes y administrativos. El nombre es en honor a la docente Olga Cossettini, que en la primera mitad del siglo XX y desde una pequeña escuela a orillas del río Paraná, en Entre Ríos, apuntó a la educación integral de los niños, más allá del enciclopedismo clásico, potenciando la libertad, la creatividad y la responsabilidad.

La escuela, ubicada en Capilla del Monte, se constituyó en 1998 en el garage de una casa. Hoy tiene 170 alumnos de 3 a 12 años, repartidos en el turno mañana y el turno tarde. “Se creó por iniciativa de un grupo de familias que creían que la educación tradicional estaba en crisis”, cuenta a Tercer Sector Susana Mazzitelli, integrante del Consejo de Administración de la Cooperativa.

En la institución no hay directores, sino coordinadores, se realizan reuniones diarias de cierre de jornada y un encuentro semanal para abordar la transversalidad de los temas, explica Susana, a cargo de la secretaría.

Otra particularidad es que no tienen personal de mantenimiento y limpieza del edificio, sino que estas tareas se distribuyen entre docentes, administrativos y padres. “Las familias participan activamente de la vida de la escuela, y muchas veces pagan la cuota con trabajo, arreglando un desperfecto eléctrico, pintando, haciendo trabajos de carpintería o limpiando”, dice Mazzitelli, quien explica que, para facilitar ese intercambio y en el marco de la crisis de 2001, crearon su propia moneda: el “cosetón”.

La cuota mensual del colegio es de 300 cosetones y puede pagarse con algún trabajo o tarea. Pero esa unidad también es moneda de intercambio entre las familias. Para ello hay un listado compartido de servicios y productos, que incluyen peluquería, carpintería, pintura, yoga, baile y clases de inglés.

 

Las gratiferias

El lema es “Traé lo que quieras, o nada, y llevate lo quieras, o nada”. No es trueque, no es intercambio, no es comprar ni vender. Se trata de ferias anticonsumo y absolutamente gratuitas, un fenómeno creciente en el país.

“Es un movimiento que se inició en Europa y en cada país va teniendo distintas modalidades”, explica a Tercer Sector Gustavo Franco, uno de los impulsores de la iniciativa en Don Torcuato y otras localidades de la zona norte del Gran Buenos Aires. “Se pueden llevar o dejar cosas sin necesidad de que haya retribución. Se trata de compartir lo que uno sienta que tiene en abundancia”, reflexiona Franco y enumera todo lo que se puede llegar a encontrar en una “gratiferia”: ropa, comida, libros, películas, herramientas o adornos. También hay ferias de objetos más específicos, como libros o plantas, a las que se suman talleres y capacitaciones gratuitas; y hasta ferias de intercambio de semillas que se combinan con talleres de huerta para aprender a consumir de manera consciente.

“Es un fenómeno que se expande y contagia, muy revolucionario. La primera vez que uno toma contacto con las gratiferias no comprende bien de qué se trata. Suele haber reacciones de incredulidad. Pero, ante tal libertad, la gente se autorregula”, indica Franco.

 

Poder millennial

La firma Arbusta es un emblema de innovación. Es que plantea un modelo de negocio que rompe el molde de la típica empresa de tecnología, a partir de una respuesta creativa que genera un círculo virtuoso de oportunidades para jóvenes de sectores desfavorecidos, aun en un contexto de crisis como el actual. Para eso, se asienta en la capacidad de los millennials y, en particular, de aquellos que provienen de los sectores populares.

También desafía los parámetros habituales en cuanto al género: mientras en el mundo de las empresas tecnológicas las mujeres representan apenas un 20 por ciento del personal, en esta firma hay un 56 por ciento de presencia femenina.

Tres centros de operaciones –uno en Buenos Aires, otro en Rosario y un tercero en Medellín, Colombia–, 25 clientes globales, 330 personas trabajando, otras 440 entrenadas y una oficina que crece a todo vapor en el corazón del barrio porteño del Abasto son los hitos que tiene en su haber esta empresa, nacida bajo el ala de la incubadora Njambre y con veloz vuelo propio.

“Nuestro foco fue develar talento joven que no estaba siendo mirado por la sociedad, a través de generar oportunidades concretas de trabajo”, explica Paula Cardenau, cofundadora de Arbusta. Federico Seineldín, otro de los creadores, señala que “desde el día cero, fue concebida como un modelo orientado al concepto de empresa social o de impacto” y, hoy por hoy, es “una proveedora competitiva que se desafía todos los días por sofisticar sus servicios y escuchar a sus clientes”.

Con sus servicios de software, datos e interacciones digitales, conquistó una cartera de clientes que incluye a firmas de la talla de Mercado Libre, Disney Latam, Natura, Fox Networks, L’Oréal, Valtech, ZonaProp, ZonaJobs y Rapipago, entre otras.

 

Volver a la NOTA PRINCIPAL

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here