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Como parte de una larga lucha por la conquista de los derechos femeninos, durante el último cuarto de siglo el movimiento de mujeres se convirtió en protagonista de varios logros, instaló debates y consiguió visibilizar problemáticas como la violencia de género. Convocadas por Tercer Sector en el marco de su 25° aniversario, analistas y referentes evalúan cómo la Revolución de las Hijas se nutre de la experiencia de las madres y abuelas.

 

Texto Marysol Antón.

 

Veinticinco años atrás las mujeres no jugaban al fútbol (por lo menos, no profesionalmente), las elecciones laborales seguían los patrones marcados por el patriarcado (sobre todo elegían trabajos como maestras, secretarias, recepcionistas o de atención al público) y cuando una era violentamente atacada se trataba de un crimen pasional, no se hablaba de violencia de género. Sin embargo, la Revolución de las Hijas, que trajo desde el pasado la incansable y constante militancia que muchas mujeres vienen dando, desde las sufragistas hasta estos días, ha logrado poner a los derechos femeninos en los portales de los medios, en las agendas políticas y en las mesas familiares. Con o sin lenguaje inclusivo, hoy nadie puede desconocer que ellas claman, reclaman y luchan por lo que les corresponde. Y, en este accionar, también incluyen a las múltiples identidades de género que conforman la sociedad.

En cualquier paseo por la Argentina –en su sentido más federal– es imposible no cruzarse con mujeres con pañuelos violetas, esos que desde el 3 de junio de 2015 claman por #NiUnaMenos, y también con los verdes, que en 2018 se convirtieron en una marea de reclamo por la ley de interrupción voluntaria del embarazo, presentado este año por octava vez consecutiva en el Congreso Nacional. ¿Por qué se vuelve tan revolucionario hablar de este tema? Porque en el país se realizan entre 370.000 y 520.000 abortos por año, según datos aportados por Adolfo Rubinstein, actual secretario de Salud de la Nación.

“Hay un avance ininterrumpido en políticas públicas. Pasamos del movimiento de mujeres a un proceso social en el que el feminismo se debate en toda la Argentina. Un movimiento de mujeres que surge en la transición democrática. Hoy, los jóvenes, ellas y ellos, se sienten feministas, esto es lo más parecido a una revolución”, asegura Virginia Franganillo, socióloga, dirigente política y directora del Observatorio de Género y Pobreza.

Ella puede dar cuenta de cómo el movimiento de mujeres, ya en la década del ’80, “avanzó sobre la ratificación de los derechos: conseguir la patria potestad compartida y el divorcio, que se había perdido, pues existió durante el peronismo. Más adelante se lograron los derechos económicos, como la jubilación para las amas de casa –que también se perdió ahora– y la Asignación Universal por Hijo”.

En este sentido, Franganillo agrega que, en un pasado no tan remoto, “se tenía una concepción binaria. El logro del matrimonio igualitario y la ley de identidad de género fue un salto cultural, transformó el imaginario y colabora en las aceleraciones”.

“También avanzamos en la incorporación de la fertilización asistida y en que sean atendidas las parejas que tienen dificultades reproductivas. Esta ley aún es bastante imperfecta, ya que hay aspectos que no quedaron aclarados y, además, no plantea el crecimiento de estos servicios en el sistema público. Otro avance es el Código Civil y Comercial aprobado en 2015, que significó un reconocimiento de la capacidad de los niños, de la evolución de sus derechos en forma progresiva con la edad. Ahora, desde los 13 años tienen la capacidad de recibir servicios de salud y adoptar decisiones sin autorización de los padres, excepto en cirugías estéticas”, afirma Mabel Bianco, médica y presidenta de la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer (Feim).

En estas transformaciones, las organizaciones sociales –sobre todo sus bases–, tuvieron y tienen un alto grado de compromiso. “En el barrio siempre fuimos más mujeres que varones en las movilizaciones, sobre todo porque en momentos de crisis lo que hay que resolver es la comida y las tareas vinculadas al cuidado, y somos nosotras las que nos ocupamos”, señala Silvia Saravia, coordinadora nacional del Movimiento Barrios de Pie.

Por supuesto, los medios de comunicación también se vieron impactados tanto en sus contenidos como en sus estructuras. Hace 25 años, cuando se publicaba la primera edición de Tercer Sector, casi no había mujeres al frente de las redacciones, con excepción de las revistas femeninas, que hoy también están en plena transformación y paulatinamente se han ido alejando de los estereotipos.

“De un tiempo a esta parte, las y los profesionales de la comunicación nos vimos en la obligación de contemplar –de un modo en que no lo hacíamos antes– la perspectiva de género, y de integrarla más que nunca en nuestra tarea cotidiana. Esto es el resultado de un proceso que no es puntualmente periodístico sino social: la proliferación de los feminismos, la deconstrucción, la introducción en agenda de problemáticas que antes permanecían invisibilizadas o que no tenían la envergadura que hoy efectivamente se les asigna”, explica Carola Birgin, editora e integrante de GenMa (Género en Medios Argentinos), un grupo heterogéneo e inusual, conformado por periodistas y profesionales –que participan a título personal o en representación de organizaciones vinculadas a los medios de comunicación– para pensar cómo contribuir en esta reconfiguración.

Estas discusiones trajeron algunos movimientos al interior de las empresas periodísticas. Se cuestionó, en la organización de los sistemas de trabajo, la cantidad de mujeres y disidencias en cargos jerárquicos y las brechas salariales, entre otros aspectos. Algunos medios buscaron dar respuesta y crearon recursos a través de la construcción de roles inéditos, como el de Defensora de Género (que desempeña la filósofa Diana Maffía en el periódico Perfil) o el de Editora de Género (que ejercen las periodistas Mariana Iglesias en Clarín, o Ana Requena, en eldiario.es, de España). En la mayoría de las organizaciones se han generado mesas de diálogo sobre la perspectiva de género y se abrieron debates para reactualizar categorías, además de brindar capacitaciones.

 

Las cuentas pendientes

Pese a que se ha ganado mucho terreno en la esfera laboral, todavía queda mucho por hacer, fundamentalmente porque las mujeres son las más afectadas en economías recesivas como la que actualmente tiene Argentina. “Hay una oferta creciente de la población que se vuelca al mercado de trabajo y que no encuentra puestos disponibles”, advierte Roxana Maurizio, especialista en Economía Laboral de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y subdirectora de la carrera de Economía, al referirse a la tasa de empleo femenino, estancada desde 2007 en valores cercanos al 42 por ciento, pero que durante 2018 exhibió una dinámica decreciente.

A esto hay que agregar que “el grupo poblacional más afectado son las jóvenes respecto de los adultos y de los hombres: el 21 por ciento de las mujeres activas con menos de 29 años están de-sempleadas (contra 15 por ciento entre los hombres de igual tramo etario) y el 37 por ciento de las asalariadas son informales (contra el 32 por ciento entre los hombres), según las cifras del cuarto trimestre de 2018”, indica Maurizio.

“El Informe Global de Brecha de Género 2018 del Foro Económico Mundial de Davos muestra un indicador tremendo: con el ritmo actual, llevará 202 años lograr la paridad en el ámbito de la participación y las oportunidades económicas entre hombres y mujeres. A este ritmo, los nietos de mi hija, hoy adolescente, no llegarán a ver un mundo de hombres y mujeres en pie de igualdad”, describe Andrea Ávila, directora ejecutiva para Argentina y Uruguay de la empresa de recursos humanos Randstad.

En términos de representación política, mientras en 1991 la Ley de cupo femenino establecía un piso del 30 por ciento de mujeres en el Congreso Nacional, recientemente el Poder Ejecutivo reglamentó una norma aprobada en 2017: la de paridad de género. De este modo, en las próximas elecciones habrá listas integradas por candidatas y candidatos de manera intercalada.

A la legión de camioneras y taxistas que circulan por todo el país también se han ido sumando las colectiveras, quienes, al igual que el resto de las mujeres al volante, debieron vencer una fuerte resistencia por parte de las empresas y hoy representan el 30 por ciento de la fuerza de trabajo en esa área del transporte público.

Algo similar sucede en el mundo de las ciencias. “En mi disciplina, la física, la fracción de mujeres que sigue la carrera se mantiene estable: un tercio sigue más allá de recibirse, aunque esta proporción es menor en el interior. Lo que sigue pasando, y creo que va a empezar a cambiar, es que la fracción baja a medida que se avanza en la carrera académica. En investigadores superiores, hasta hace poco, había una sola mujer”, describe Silvina Ponce Dawson, investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y profesora titular en la UBA. Como en casi todas las carreras, en el ámbito científico el problema es que cuando las mujeres son madres salen de los planos públicos y “es una profesión en la que importa mucho cuán hábil sos para mostrar lo que estás haciendo”, suma la docente.

Mientras continúa el debate sobre la legalización del aborto, entre las asignaturas pendientes también figura la aplicación de la Ley Brisa, que el Congreso aprobó por unanimidad el año pasado y establece el otorgamiento de una reparación económica a las hijas e hijos de víctimas de femicidios.

Sin dudas hay mucho por seguir trabajando, pero ver todo lo que se concretó en estos 25 años abriga la esperanza en lo que vendrá.

 

| OPINIÓN |

Los tiempos cambian, la ley también // Por Marisa Herrera  *

El derecho argentino no tiene nada que envidiarle a una gran cantidad de países del globo que se han animado a regular distintas formas de organización familiar, diversas identidades y múltiples maneras de materializar el afecto. ¿Acaso se tiene cotidianidad y relaciones profundas sólo con los familiares o parientes? Por algo la Ley 26.061 de Protección Integral de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes sancionada en 2005 se refiere en su decreto reglamentario a la noción de familia ampliada y, junto a ella, a la de “referentes afectivos”, saliéndose de la idea rígida de que la familia es lo más importante para los niñxs y adolescentes. Para muchos lo es, para otros tantos, no.

¿Cuál es el rol de las leyes? ¿Pueden visibilizar ciertos vínculos de afectos y dejar afuera y, por lo tanto, silenciar otros tantos?

En tiempos donde se debate con más pasión y compromiso social el proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo, fácil se puede advertir el peso, la fuerza y valor de las normas. Es que ellas dan, reconocen, amplían derechos o, por el contrario, restringen, esconden o invisibilizan identidades, afectos y conflictos que están en la sociedad. ¿Qué hacer ante una realidad social absolutamente dinámica, que nos interpela de manera constante y sonante?

Matrimonio igualitario, identidad de género, violencia de género, reproducción asistida, el derecho de los adolescentes al cuidado del propio cuerpo, familia ensamblada, las parejas que no se casan y conforman uniones convivenciales, adolescentes y jóvenes sin cuidados parentales que deben ser acompañados por el Estado hacia su plena autonomía, la capacitación obligatoria en género como un claro compromiso ciudadano, la figura del abogado del niño como derivación del reconocimiento de los niñxs y adolescentes como sujetos de derecho. Estas y tantísimas otras realidades hoy son ley. Y no lo son por casualidad. Atrás de todas estas leyes hay dos fuerzas muy poderosas: 1) los Derechos Humanos, como columna vertebral y entender las leyes como herramientas centrales para visibilizar y empoderar a los más vulnerables, y 2) los movimientos sociales que empujan con fuerza y convicción cada una de las luchas que están detrás de este “estar en la ley”.

Sí, Argentina es un orgullo legislativo. Hay que decirlo, así como también mostrar y demostrar que estas conquistas son producto de una época, de grandes y profundos debates y tensiones. Ya lo dijo hace tiempo José Martí: “Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan”. Así hicimos, y seguiremos construyendo de manera colectiva y apasionada.

* Doctora en Derecho (UBA),especialista en Derecho de Familia e Investigadora del Conicet.

 

 

Una sociología amable para tiempos violentos // Por Mercedes Jones *

La sociología amable, según la entiendo, busca producir pensamiento a partir de lo cotidiano, cuestionar aquello que no analizamos porque nos resulta próximo y, al mismo tiempo, generar propuestas. La socióloga Lucía Cavalo sugiere una perspectiva útil para el análisis de la situación de las mujeres. En los últimos 25 años, dice Cavalo, asistimos a una “revolución de las hijas” que cataliza las experiencias de las madres y las abuelas en la lucha por sus derechos. Por eso, convendría reconocer los antecedentes históricos de este momento, como el Encuentro Nacional de Mujeres, que se realizó por primera vez en 1986, dando lugar a los feminismos populares, en 2001. Esta coproducción de saberes entre sociedad, sociología y acciones críticas, enfatiza el rol de organizaciones y movimientos sociales en el abordaje de la violencia contra las mujeres. El movimiento Ni una menos es un ejemplo significativo de estos logros.

Los activismos comparten acuerdos básicos: no a la violencia en contra de las mujeres y, en paralelo, confrontan. En materia de derechos sexuales y reproductivos, por ejemplo, se muestra una dinámica con iniciativas opuestas entre sí. Los pañuelos verdes y los celestes ilustran esta lucha. La agenda de la salud de la mujer está en el centro del debate. Marisa Aizenberg señala que en el sistema de salud argentino son los hombres los que toman las decisiones, ya que ocupan los cargos de dirección. Entre 2003 y 2016, creció la proporción de mujeres en funciones directivas del 3,9 al 6,2 por ciento. Es un tímido progreso. Por otra parte, aunque ellas consultan más que los hombres, la mala consideración (está nerviosa, no tolera el dolor) resulta en un alto porcentaje de subdiagnóstico.

Existe segregación social, económica, política, laboral y científica que es vertical, señala Diana Maffía: las mujeres están en la base. Pero hay también una segregación horizontal: las mujeres están en los bordes, no toman decisiones. Además, es frecuente encontrar en la prensa, y en la calle, ideas que lejos de problematizar esta doble exclusión, le agregan una tercera: la edad. Desde la sociología, Marlene Oña propone desnaturalizar esta situación junto con visibilizar conductas como el acoso callejero, a través de campañas publicitarias, e incorporar el lenguaje inclusivo. Parecen nimiedades frente a la trascendencia del femicidio y la violencia sexual. Pero son cuestiones dirigidas a lograr una mayor equidad social.

En tiempos profundamente violentos, por una injusticia generalizada, se requieren conocimientos y firmeza para acabar con la inequidad y la exclusión. La sociología, en diálogo con las organizaciones ymovimientos sociales, genera dispositivos para impulsar los avances y disminuir la precariedad de los derechos de las mujeres y los grupos Lgbt en nuestro país.

* Vicepresidenta del Consejo de Profesionales en Sociología.

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