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El fundador de Equidad para la Infancia y profesor de la New School, en Nueva York, analiza la realidad de chicos y chicas en un marco de pobreza que se agudizó con la pandemia y propone que sean escuchados a la hora de diseñar las políticas públicas que los afectan.

 

Texto Eduardo Santachita.

 

Alberto Minujín desempeñó varios cargos en Unicef y se convirtió en un referente sobre derechos de la infancia y políticas sociales ante gobiernos y organismos internacionales. Hoy dirige la organización que él mismo fundó, Equidad para la Infancia. Desde Nueva York, donde es profesor en la New School University, sonríe amablemente, acomoda la cámara de su computadora para aprovechar la luz que entrega el sol de Manhattan y se dispone a conversar, videollamada mediante, con Tercer Sector.

 

–Tiene una Licenciatura en Matemática y un posgrado en Estadística. Uno podría pensar que una persona que se ocupa de los derechos de la infancia proviene de las Ciencias Humanas. ¿Cómo llegó a dedicarse a políticas sociales?

–Por mi formación empecé a trabajar con encuestas de hogares. Fui director nacional de estadísticas sociales en Indec, donde trabajaba con censos de población, y eso me fue llevando. Cada vez me dediqué más a las políticas y menos a las estadísticas.

 

–¿A convertir esos números en acción, se podría decir?

–Claro, porque ése es el tema. La información tiene que convertirse en acciones, que sirva para alguna cosa específica. En la actualidad, por un lado creé una organización que se llama Equidad Para La Infancia, que es parte de la New School. Ahí trabajamos temas de desigualdad, pobreza, desigualdad urbana y a través de investigaciones buscamos ser un puente entre la academia, las grandes instituciones y las pequeñas organizaciones, como las ONG y asociaciones ciudadanas.

 

–A grandes rasgos, ¿qué está pasando con la pobreza infantil en la región?

–América latina tiene un primer tema: no se puede separar pobreza de inequidad. La gente no es pobre, así como alguien es alto o bajito, son personas que viven en situación de pobreza y eso se puede evitar, cambiar, mejorar. Nuestra región tiene mucha pobreza infantil, pero además, una altísima inequidad, y la pandemia ha tocado fuertemente a los sectores en peor situación. Con respecto a la infancia, es la máxima migración que se ha dado. Durante la pandemia se calcula que 1.800 millones de chicos y chicas migraron del colegio a sus casas para estudiar. No cambiaron de país, pero su vida cambió totalmente.

 

–¿Qué efectos tiene esa migración?

–Un problema es que no tienen Internet para las computadoras, sino para el teléfono, y a veces comparten el celular entre tres o cuatro chicos. Y hay distintos problemas: uno, con los más chiquitos que no lograron entrar al colegio, provocando un desfasaje en el aprendizaje; otro, con los y las adolescentes que se cayeron del sistema. Hay que ser muy creativo e imaginativo. Una cosa que me parece fundamental es darles voz y representación a estudiantes y a sus familias. Se habló mucho de cómo volver a la escuela, pero yo no vi que se les preguntara a los chicos y a las chicas qué pensaban ellos.

 

–A propósito, usted ha escrito sobre la autonomía de niñas, niños y adolescentes, ¿podría explicar cuál es la relevancia de ese concepto?

–Ellos tienen que tener autonomía de opinión, dentro de las familias y en los ámbitos donde se mueven. Los chicos y chicas saben muchas cosas que los adultos ni siquiera las vemos ni las imaginamos. No hay que hablarles desde arriba, tenemos que ponernos a su altura, mirarlos a los ojos y prestar atención, y nos vamos a encontrar con muchas sorpresas. No son pasivos recipientes de políticas sociales, son activos participantes de programas. No son objeto, son sujeto. Hay que pensar los programas con ellos.

 

–¿Qué características debería tener una política pública que se ocupe de la inequidad que usted describía antes?

–Nosotros hicimos una experiencia denominada En primera persona. Ahí les pedimos a las familias en situación de pobreza que contaran cómo están y qué hicieron para sobrevivir a esta situación, y descubrimos que la gente creó una red extendida. No son la familia de sangre, son amigos, gente de la comunidad. El papel de las ONG locales y las iglesias fue y es muy importante. Por eso ahora estamos trabajando para la pospandemia, porque en algún momento tenemos que salir de la emergencia y encarar planes que busquen mayor equidad. Y para eso es fundamental potenciar estas experiencias que hubo en todas las villas y barrios populares, donde las ONG se organizaron.

 

–No alcanza con volver a la normalidad, ¿no?

–En uno de los webinar que hicimos con activistas, una de ellas dijo justamente eso: “Yo no quiero volver a la normalidad. Es pésima mi normalidad. Yo quiero que vayamos a otra cosa”. Yo suelo decir que es como una carrera de obstáculos, pero no una con una valla cada dos o tres metros, sino que, en este caso, se van apilando. Porque un chico que nace en una familia pobre, en un barrio que no tiene agua potable ni centro de salud, ya empieza con un punto negativo. Si además es discapacitado, si sufre cuestiones de género y si encima es migrante… ese obstáculo se hace imposible de pasar. Entonces la pobreza es mucho más que un problema de ingresos, especialmente la pobreza infantil.

 

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