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En villas y barrios populares sobran las carencias, pese a la asistencia del Estado y los esfuerzos de las organizaciones sociales. A las consecuencias sanitarias del coronavirus se suma la pérdida de ingresos que acarrea el aislamiento. La imprescindible ayuda alimentaria,la histórica falta de servicios y las enormes dificultades de conectividad en tiempos de educación virtual.

Texto Alejandro Cánepa.

 

Como en esas malas novelas en las que se adivina el final en las primeras páginas, la avalancha de problemas que la llegada del Covid-19 y el aislamiento establecido para mitigarlo hicieron caer sobre villas y asentamientos en Argentina estaba escrita desde los inicios de la pandemia. En particular, aquellos barrios populares asentados en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores mostraron las fallas históricas que los aquejan. En ese contexto, distintas Organizaciones de la Sociedad Civil redoblan esfuerzos para sostener desde un plato de comida, hasta un kit sanitario, mientras reclaman a los poderes públicos soluciones definitivas.

La presencia de villas se registra no sólo en el conurbano bonaerense; quizá con menos prensa, pero con problemas parecidos, se encuentran Zona Cero, de Rosario; Bajada San José, en Córdoba Capital; Nahuel Hue, de San Carlos de Bariloche, o La Palangana, de Mar del Plata. Sin embargo, como era de esperar, la llegada del virus al Área Metropolitana de Buenos Aires (Amba) resaltó las carencias de siempre que, en este contexto, se volvieron más dramáticas.

La imposición de la cuarentena, imprescindible para evitar un repentino colapso del sistema sanitario en pocas semanas, al mismo tiempo decapitó los ingresos de la enorme mayoría de los habitantes de las villas. Al prohibirse la circulación, se derrumbó todo el circuito de actividades a través de las cuales los pobladores obtenían un ingreso diario. El paso inmediato fue el aumento de la gente necesitada de conseguir comida.

“Nosotros laburamos con el Comedor Evita, ellos están de lunes a viernes. Daban comida antes de la cuarentena para 150 personas, hoy dan para más de 550. El gobierno porteño es el principal proveedor y actualizó las raciones, pero siguen estando debajo de lo que se necesita”, revela Nicolás Bassani, presidente de la Asociación Civil Zavaleteros, que realiza su trabajo social en la Villa Zavaleta, del barrio de Barracas.

El panorama se replicó en distintos barrios populares. En la zona norte del Conurbano, en la Villa La Cárcova, cuenta Leonardo Orlando, referente de la parroquia San Juan Bosco, que conduce el sacerdote José Pepe Di Paola: “Acá, todo el dispositivo se activó al toque por parte de las capillas. Se empezó con un comedor en una de las nueve capillas, con 200 viandas al mediodía. Luego se pasó a 500, después se abrió otro comedor en otra capilla y ya estamos con cinco comedores: damos 3.000 viandas”. Otras organizaciones, como Construyendo Puentes, de Quilmes, se concentran en realizar donaciones, como ropa de abrigo y calzado a distintos comedores de ese partido bonaerense.

 

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