Compartir
blank

La cuarentena impactó de lleno en niños y niñas con autismo. Asociaciones especializadas trabajan, junto con las familias, para mejorar su calidad de vida y mitigar los efectos del aislamiento por la pandemia.

 

Texto Mariano Barragán

 

El avance de la pandemia de Covid-19 y la implementación del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio generó cambios drásticos en la vida cotidiana. Esta problemática se agudizó en niños y niñas con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Sus tratamientos se discontinuaron y las estructuras de contención se vieron afectadas.

Las familias se encontraron en la obligación de explicarles a sus hijos e hijas que el encierro no era un castigo, sino una situación necesaria y una estrategia de prevención. “Tuvimos que cambiar completamente la rutina y cuidar mucho el uso de las palabras para que no le agarre miedo. Esta situación nos afectó muchísimo”, comenta Karina, mamá de Camilo.

El autismo se define como un trastorno relacionado al desarrollo del cerebro, que afecta la manera de percibir y socializar. No es una enfermedad, no tiene causa específica y se considera una condición de por vida. Según un estudio publicado en 2018 por el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), 1 de cada 59 niños en edad escolar presenta una condición del espectro autista. Si bien en Argentina no hay estadísticas oficiales, extrapolando esa cifra se puede inferir que casi 800 mil personas sobrellevan este trastorno en el país.

 

Barajar y dar de nuevo

Quienes presentan TEA perciben el mundo en forma diferente, ven detalles que otros no notan y tienen dificultades para procesar los diferentes estímulos. Por eso, los lugares, las personas o las nuevas rutinas a raíz de la cuarentena representaron un enorme desafío. “La idea del encierro fue desesperante. Mi nena es hiperactiva, tiene una necesidad imperiosa de salir, de treparse a los juegos de plaza. La primera etapa del aislamiento fue muy perjudicial para ella”, asegura Melina, mamá de Catalina.

Las familias debieron, además, ocupar el espacio vacío dejado por la merma de los tratamientos, que disminuyeron a la mitad. “Nos convertirnos en terapeutas, maestras, psicólogas, kinesiólogas, etc. Debimos tomar un protagonismo aún más fuerte en la vida de nuestros hijos”, afirma Soledad Zangroniz, socia fundadora y vicepresidenta de la Fundación Brincar.

La continuidad de las terapias pasó a la virtualidad, hecho que generó otro gran reto. “Mi hijo tiene un bajo nivel de atención, hablarle todo el tiempo a una computadora fue una tarea muy difícil”, detalla Karina. “Intento que participe en los Zooms del colegio para que pueda ver a sus compañeros, pero no logro que aguante más de cinco minutos frente a la pantalla”, agrega a su vez Melina.

 

________________________________________

SI TE INTERESA ESTA NOTA Y QUERES LEER MAS, SUSCRIBITE CLICK AQUÍ!

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here