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Las fortalezas y debilidades de los sistemas de microcréditos invitan a reflexionar sobre la viabilidad de ese modelo para erradicar la pobreza. Cuál es el rol que deben desempeñar el Estado y las ONG para asegurar que esos recursos contribuyan al desarrollo de los sectores sociales de menores recursos económicos.

Texto Alejandro Cánepa.

 

Si para alquilar un departamento de dos ambientes en la Ciudad de Buenos Aires cada vez hay que cumplir con más requisitos y pagos, es simple imaginar qué pasa cuando se necesita un crédito bancario. Y si la persona que lo requiere pertenece a los sectores populares, tiene ingresos escasos y no posee vivienda propia, las puertas de casi todo el sistema financiero están cerradas. Ante ese panorama existen los microcréditos, que consisten en pequeños montos que se prestan a quienes son ignorados por la mayoría de los bancos comerciales y necesitan herramientas para poder trabajar como jardineros, un horno nuevo para vender pan o tijeras, tinturas y cremas para brindar servicios de peluquería. ¿Pero qué impacto han tenido en la reducción de la pobreza? ¿Cuáles son sus fortalezas y cuáles sus límites? ¿Qué tan idealizados están en los relatos que se hace desde algunos medios de comunicación? A continuación, Tercer Sector hace un arqueo de esa temática, a través de especialistas y referentes del sector social, quienes analizan qué pretender y qué no de estas herramientas.

 

Del Grameen al Foncap

En los ’90, merced a la difusión del Grameen Bank –fundado en Bangladesh por el economista Muhammad Yunus–, los microcréditos cobraron mucha fama y se replicaron las historias que contaban casos de progreso económico por parte de quienes accedían a esos recursos financieros. Esa entidad se ramificó por distintas partes del mundo y en 1999 también llegó a la Argentina, en donde ya existían otras organizaciones locales similares, como Pro Mujer –afincada en Salta, Jujuy y Tucumán– o la Fundación Pro Vivienda Social, orientada desde 1992 a dar pequeños préstamos para mejoras en viviendas, a vecinos de las localidades de San Miguel y José C. Paz, entre otras. En el año 2000 fue creada la Asociación Civil Avanzar, focalizada en barrios populares porteños, y en 2001 el Banco Social de Moreno, un organismo mixto público-privado. En 2003, esa eclosión derivaría en la conformación de la Red Argentina de Instituciones de Microcrédito (Radim).

Podría decirse que la expansión de este sistema coincidió aproximadamente con los primeros años de esta revista. Su crecimiento también repercutió en el plano del Estado Nacional, con la creación del Fondo de Capital Social (Foncap) en 1997 (que incluye capitales privados) y de la Comisión Nacional de Microcrédito (Conami) en 2007. En el plano legislativo, en 2006 el Congreso Nacional había aprobado la Ley de Promoción del Microcrédito para el Desarrollo de la Economía Social.

 

Mitigar la pobreza

Más allá de organizaciones no gubernamentales y estatales, de la variedad de emprendimientos y de la distribución geográfica, ¿son efectivos los microcréditos para combatir la pobreza? ¿En qué grado? ¿Qué habría que mejorar para que esos préstamos tengan una efectividad mayor? “Es un elemento para mitigar la pobreza, para suavizar un poco las vulnerabilidades de las personas en esa situación. Es una herramienta más, dentro de un conjunto de programas. El microcrédito por sí solo no erradica la pobreza, lo que puede llegar a hacer es generar ingresos adicionales”, aclara el economista e investigador independiente del Conicet Martín Grandes, que realizó un exhaustivo estudio sobre el tema, a pedido de la Conami. Por su parte, Oscar Minteguía, secretario de Desarrollo Social de la Municipalidad de San Martín, organismo que tiene una línea de microcréditos, asegura: “Permiten aprovechar oportunidades de negocios, no las generan por sí mismas. Pueden ayudar a salir de la pobreza en tanto y en cuanto sean un insumo permanente y no un evento que se obtiene cada tanto, cuando se tiene suerte. Lo que sí hacen es organizar el ahorro al emprendedor”.

De acuerdo con un amplio mapeo elaborado por la Radim, junto con el Foncap y la Conami, hay 98 mil tomadores de microcréditos en el país, que son canalizados tanto por OSC como por bancos públicos. La provincia de Buenos Aires, con 66 instituciones dedicadas al tema, es el distrito con mayor cantidad de ellas. Luego le siguen la Ciudad de Buenos Aires, con 26 Santa Fe, con 21 y Salta, con 11.

Este recurso volvió a estar en agenda a partir del anuncio del flamante ministro de Desarrollo Social de la Nación, Daniel Arroyo, de abrir una línea de microcréditos a tasas muy bajas, que serán otorgadas por la Anses, para reactivar la economía popular. Para el coordinador del Programa de Fortalecimiento de la Economía Solidaria de la Fundación Banco Credicoop y ex titular de la Conami, Alberto Gandulfo, “hay que masificar a los microcréditos y orientarlos a cómo producir alimentos saludables. Eso hay que hacerlo con planificación local y participación de los municipios y de las organizaciones sociales”.

Por su parte, la directora ejecutiva de la Radim, María Silvia Ábalo, que nuclea a 24 organizaciones que trabajan con microfinanzas (un concepto más amplio que el de microcréditos, ya que contempla además herramientas como seguros), señala: “Necesitamos que el Estado nos acompañe, pero las organizaciones de la red tienen como diferencial el trato personalizado; además sabemos prestar, para que el capital social se conserve. Y es importante que las instituciones no desaparezcan de los barrios, porque en ese caso, la gente pierde a los referentes”.

Los especialistas en estas herramientas, lejos están de idealizarlas. “Es banal la idea de que el microcrédito por sí solo te saca de la pobreza”, advierte Grandes, y resalta la importancia de “políticas de nutrición, salud y vivienda”. Por su parte, Ábalo considera: “Los microcréditos ayudan, aunque hay pocas estadísticas. El que más crece no es el más pequeño de los emprendedores, pero que éste mejore, ya es un buen resultado”. Quizás considerar a estos micropréstamos como una herramienta más entre otras, sin promover espejismos, sea la mejor manera de que sean confiables.

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