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Los especialistas analizan cuáles fueron los principales hitos en la gestión de la Inversión Social Privada en el país. Un recorrido que nació con la filantropía y se transformó en un modelo de gestión que apunta al desarrollo de las comunidades.

 

Textos María Sol Abichain.

 

A lo largo del último cuarto de siglo, las organizaciones sociales fueron migrando para dar respuestas más adecuadas a las demandas que planteaba la sociedad. En esa línea, también las empresas asumieron un rol más activo, en lo que respecta a su participación comunitaria. Y si bien en los inicios, la Responsabilidad Social Empresaria (RSE) estuvo más asociada al formato filantrópico, en los últimos años, el sector privado adaptó sus estrategias de Sustentabilidad para alinearlas a un plan global de mayor alcance, sintetizado en los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS).

 

RSE y filantropía

Al analizar la evolución que experimentó durante el último cuarto de siglo, en 1994 y hasta adentrado el Siglo XXI, las acciones en beneficio de las comunidades generadas por el sector privado estaban marcadas por la filantropía y el asistencialismo.

Esa tendencia, luego dio paso a una modalidad donde las compañías sintonizaron sus aportes con la gestión interna, involucrando a su personal e incluyendo los valores de la RS en su proceso productivo. Así, las acciones fueron acercándose más a la idea de desarrollo sustentable, que luego fue plasmada internacionalmente y detallada en sus diversos aspectos en los ODS.

Si bien estos procesos se registraron a nivel global, en la Argentina estos cambios, en muchos, casos se fueron produciendo en contextos de crisis económicas y sociales. A la hora del análisis, Mario Roitter, profesor del Centro de Innovación Social de la Universidad de San Andrés (CIS-UdeSA) e investigador externo de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes), ubica el surgimiento de la RSE a mediados de la década de 1990: “Durante esa época, buena parte de las principales empresas argentinas pasaron de ser públicas a privadas y eso generó un impacto de relacionamiento diferente con las comunidades. A partir de allí se comienza a hablar de RSE, que hasta ese momento se lo denominaba en términos de una actividad de donación, de apoyo o de sponsoreo”.

Así, como consecuencia de las privatizaciones y en tiempos del Plan macroeconómico de la convertibilidad, que derivó en una profunda crisis económica y social, el sector privado también replanteó su rol como actor social.

Consultada sobre el tema, María Rigou, Directora de Rigou Consultores y coordinadora del Curso de posgrado de Gestión Estratégica para el Desarrollo Sustentable de la Universidad Argentina de la Empresa, señala que en los primeros años, la RSE en la Argentina “estaba asociada a un concepto de filantropía, sobre todo a partir de la crisis del 2001, cuando las empresas empezaron a ver qué podían hacer para atender a las poblaciones más vulnerables en un contexto en el que más de la mitad de la población había quedado por debajo de la línea de pobreza”.

A su turno, también Mario Roitter recuerda que “muchas veces han sido los empleados quienes se organizaron internamente para responder a estas cuestiones. Por ejemplo, en el año 2001 se hicieron iniciativas de todo tipo, porque había un entorno y una situación social muy apremiantes” y traza un paralelo con la situación actual: “Hoy en día, si bien no tiene aquella gravedad, hay muchas situaciones de necesidad. Y también muchos empleados se comprometen con esa situación y hacen colectas, donaciones y generan alguna influencia en la compañía para que se comprometa en esta línea”.

 

Triple impacto

Después de la crisis y cuando el país comenzaba a reactivarse durante los primeros años del siglo, también se fue transformando la gestión de la Inversión Social puertas adentro de las empresas y hacia afuera, en la relación de éstas con las comunidades. Sobre esta mutación de la relación entre las empresas y sus entornos, Ana Muro, Coordinadora del Área de Sociedad y Empresa del Consejo Empresario Argentino para el Desarrollo Sostenible, explica: “En estos años, la temática evolucionó tanto desde lo conceptual como desde la gestión y desde lo herramental. El concepto se fue fortaleciendo y pasó de ser asistencialismo o filantropía a ser una área dentro de una empresa con profesionales variados que entienden de la relación entre los factores ambientales y sociales y cómo inciden unos con otros”. De lo que se trata es, como indica Roitter, de “alinear esas acciones con el negocio”. En tanto, para Rigou, el área comenzó a pensarse más como un modelo de gestión empresarial. “En sus orígenes estaba ubicada como el rincón de la virtud de la empresa, pero por fuera del negocio. La tendencia fue moviéndose hacia un modelo que incorporara criterios económicos sociales y ambientales con una mirada a largo plazo, hacia la sustentabilidad”, afirma la especialista.

Esta manera de gestionar los negocios implica, según la mirada de Roitter, dimensiones diferentes hacia adentro o hacia afuera de la empresa. A nivel interno supone determinadas relaciones laborales, posibilidades de articulación o compatibilización entre la vida laboral y personal, acceso a derechos, trato equitativo e igualitario, es decir, un conjunto de cuestiones que hacen al buen vivir como trabajador de la empresa. Mientras que a nivel externo se refiere al vínculo que la firma establece en sus actividades comerciales, el tipo de producto y mensaje con el cual lo comercializa, los clientes a los cuales se dirige y otros factores relacionados con distintos tipos de impactos, como el ambiental o el que tienen en las comunidades circundantes.

 

Rendir cuentas

A la par de estas transformaciones en la manera de entender la RSE se fue dando un proceso de profesionalización. En este sentido, Muro destaca la evolución en la forma de confeccionar los reportes de las acciones realizadas. Al comienzo “se hacían según lo que cada uno entendía por RSE o filantropía, contaba y relataba la gestión corporativa. Hoy es un tema de transparencia, donde existen herramientas como el GRI, que es muy utilizada en todos los continentes”.

Roitter coincide con que “los reportes de sustentabilidad son un gran cambio a una dirección correcta y son muchas las empresas que hacen estos aportes”, y agrega que “permiten una reflexión interna, para que cada una de las áreas se piense a sí misma en materia de triple impacto y también logra una comunicación con públicos que a la compañía le interesa mantener informados”.

 

Nuevos desafíos

Los cambios registrados en las últimas dos décadas en materia de Sustentabilidad marcan una tendencia, pero también anticipan que aún hay aspectos para seguir mejorando a futuro. Entre ellos, Muro menciona “la importancia del trabajo con la cadena de valor”, que si bien está progresando, habría que profundizar. Además, señala que deben fortalecerse las redes entre grandes empresas “que puedan seguir trabajando conjuntamente respecto de distintos desafíos, como el tema de qué hacer con los plásticos, los desechos, la economía circular, la inclusión social, cambio cultural, etc., lo que se llama, el business to business”.

Por su parte, Roitter hace hincapié en el aspecto coyuntural de las altas y bajas en la inversión social de las empresas. “Los fondos de la Inversión Social Privada suelen ser procíclicos y no anticíclicos, esto quiere decir que cuando sube el ciclo económico suben los fondos, pero cuando va para atrás y, consecuentemente, hay más problemas sociales, los fondos son menores. Ahí hay un problema que es una característica propia y todavía no ha cambiado en ninguna parte, ni siquiera en los países desarrollados”.

Trazar un recorrido de la RSE evidencia la evolución y logros de un sector estratégico para el desarrollo sustentable del país y el mundo. Como afirma Muro, con la llegada de los ODS se logró ordenar lo que ya se estaba trabajando y tomar aquellos temas que todavía estaban pendientes. La profesionalización, el desarrollo de un marco teórico y el crecimiento transversal del área dentro de las empresas son un camino con historia, pero que también prometen muchos cambios a futuro.

 

Opinión

Transformación y consolidación // Por Héctor Larocca y Julián D’Angelo  *

El transcurso de estos 25 años ha sido trascendental para la transformación y consolidación de las ideas de responsabilidad social y sostenibilidad en la gestión de cualquier tipo de organización. Esto nos muestra el carácter pionero que tuvo la revista Tercer Sector para toda Iberoamérica.

Fue precisamente en 1994, cuando John Elkington dio forma a la idea de triple balance: económico, social y ambiental. Recién con el tercer aniversario de la revista aparecieron los Indicadores GRI, los primeros que nos permitirían reportar en materia ambiental y luego social. Hoy en día, ya existen más de 400 tipos de indicadores en el mundo y más del 80 por ciento de las grandes empresas presentan anualmente reportes de sustentabilidad. Ese mismo año se aprobó el Protocolo de Kyoto, que no por su incumplimiento dejó de ser un importante antecedente en materia de compromisos socioambientales, tan necesarios como el Acuerdo del Clima de París, o la Agenda 2030 de Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, aprobados 18 años después.

En 1999 surgió la, hasta el momento, principal iniciativa mundial de responsabilidad social y sostenibilidad: el Pacto Global de Naciones Unidas. Y 10 años después, otro hito ineludible fue la aprobación de la Norma ISO 26.000, fruto del consenso de 99 países.

Finalmente, la multiplicación de diversas iniciativas, englobadas en las denominadas nuevas economías, han consolidado la idea de la gestión socialmente responsable y sostenible en las empresas, que llegó para quedarse.

* Directivos del Cenarsecs (UBA).

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