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OPINIÓN

La educación es un tema central ya que es concebida como la piedra fundamental del crecimiento y de la movilidad social. Múltiples estudios muestran que cuánto más educada (en términos formales) es una sociedad, mayor es su PBI per cápita. También esto se da a nivel individual, incluso en sociedades de bajo PBI, las personas con más educación formal tienen más riqueza que las otras. La educación entonces es un predictor de desarrollo.

Considero que hay que entender la educación como un desafío social, como algo que se logra entre muchos actores, y que, si bien puede haber personas con mucha educación formal en una sociedad, también se puede hablar de una sociedad educada como tal por el nivel de educación formal alcanzado por la mayoría.

Si entendemos, entonces a la educación como un desafío social, la podemos enmarcar dentro de lo que se denominan “wicked problems” o problemas perversos. Se los denomina de esa manera porque tienen múltiples causas y responsables, porque los distintos actores suelen tener distintas miradas y su resolución depende de que otros problemas también se resuelvan a la vez. Por ejemplo, para poder lograr que los niños vayan al colegio, suponemos que duermen y se alimentan bien, lo que supone que tienen una vivienda digna, una vacunación al día que les permiten estar sanos. La vivienda y la nutrición son condiciones indispensables para el aprendizaje. Entonces, niños sanos pueden aprender, y si eso ocurre tienen mayor empleabilidad y más capacidad de proyección y vida autónomas. Podríamos seguir, porque la vida autónoma supone ahorro, y el ahorro también genera más riqueza y mayores niveles de estudio formal. Podríamos decir que los cinco primeros ODS están interconectados entre sí; lograr alguno de ellos supone empezar a lograr los otros.

Entender la educación de forma aislada e individual es entenderla como un voluntarismo individual o de una familia, cuando en realidad es un desafío social complejo. Muchas veces nos obnubilamos con algún caso en particular de alguien que se crió en un lugar muy carenciado y llegó a tener una educación formal de alto nivel por su esfuerzo y el de su familia, pero en términos sociales, éstas son excepciones, las personas que nacen en contextos de exclusión tienen muchas menos posibilidades de alcanzar estudios formales, suponiendo el mismo esfuerzo y sacrificio. Tener una aproximación sistémica es menos sexy para comunicar historias, pero mucho más efectivo.

Creo que entender esta problemática de forma sistémica es un primer paso para pensar qué rol pueden tener las empresas. Muchas de ellas apoyan con becas, o distintos tipos de financiamiento a personas que no tienen acceso a una educación formal, pero no acompañar a esa persona en todo su contexto hace que muchas veces esas intervenciones sean muy de corto plazo. En este sentido, la acción coordinada con otros actores es fundamental; creo que las empresas pueden ayudar mucho a pensar la educación con otros actores, orientada a las necesidades del mundo del trabajo del futuro, a una educación que se coordine con otros programas. Tener una mirada sistémica desde la empresa significa también romper las fronteras de la propia organización para trabajar coordinadamente con otros actores. Quizás sea luego más difícil mostrar logros individuales, pero en términos de resultados sociales, es mucho más efectivo.

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