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Cerca de La Bombonera y de Caminito, CasaSan abre sus puertas a unos 200 chicos, chicas y adolescentes en situación de vulnerabilidad. Murga, teatro y danza son algunas de las opciones que encuentran en este espacio.

Texto Andrea Vulcano.

 

En pleno corazón del barrio porteño de La Boca late una casona llena de vida, música, baile, colores y proyectos. Es que, como repite su fundadora, “en CasaSan se baila la vida”. Y así, bailando la vida, se tejen sueños, se construye presente y se le tiende un puente al dolor para poder mirar hacia adelante.

Mercedes llora, se ríe y, en medio de esas emociones encontradas, aparece siempre el nombre de Santiago, uno de sus dos hijos, el que habitaba ese lugar y decidió ponerle fin a su vida luego de haber batallado durante más de diez años contra su adicción por las drogas. “A mí CasaSan me salvó la vida”, resume Mercedes Frassia, además arquitecta y –claro está– enorme hacedora.

“Esto es una cadena de dar”, afirma, con una mezcla de orgullo y emoción. Todo comenzó en marzo de 2017, tres meses después de la muerte de su hijo menor. “Sólo puede sobrevivir el que ayuda”, sostiene, con conocimiento de causa, a sus sesenta y pico de años.

De lunes a sábado por las tardes, este potente rinconcito de La Boca, ubicado tan cerca de Caminito como de La Bombonera, abre sus puertas para ofrecer distintas actividades y propuestas, todas gratuitas, a más de 200 chicos, chicas y adolescentes en situación de vulnerabilidad social. Aunque los talleres están enfocados hacia ellos, también hay opciones para las “mamis San” y los “papis San”.

 

Arte y merienda

“Desde que abrí las puertas de CasaSan comenzaron a pasar cosas y la fundación no para de crecer”, subraya Mercedes, que arrancó con la iniciativa abrazada y sostenida por amigos de toda la vida –que incluso forman parte del staff– y luego sumó a Marcela Fatone, otro de los pilares de la organización. “Empecé a seguir lo que los chicos querían; toda nuestra cuadrícula sigue a los pibes y toda nuestra propuesta pedagógica pasa por hacer los talleres que ellos piden”, relata.

Murga, teatro, danza, rap, costura, yoga, break dance, kung-fu, karate, skate y danzas árabes son tan sólo algunos de los más diversos talleres que los “casaSan” pueden disfrutar. “Los pibes toman a este lugar como su casa y la usan para venir a pasar las tardes. Acá les damos una merienda y lo que nos pasa desde hace unos meses es que las mamás vienen también y se quedan”, cuenta Frassia.

A ella no le alcanzan las palabras cuando se trata de hablar de proyectos: la intervención que una treintena de grafiteros le hará a la casona, el baile que planean sacar a la calle ahora que viene el tiempo lindo, si llegarán o no a la final del Bailando por un sueño, de la mano de Cinthia Fernández y Gonzalo Gerber; la gran comilona de pizza para todo el barrio con la que fantasea estrenar un horno de barro que les donaron, obra de Gabriel Chaile, construido en memoria de una víctima del gatillo fácil.

“Yo le dedico miles de horas a CasaSan pero, por algún motivo, hago que todo el mundo le dedique miles de horas”, subraya Mercedes. Y el brillo, el color y los sonidos que resuenan dentro y fuera del número 815 de la calle Olavarría dan cuenta de eso y de mucho más. Porque el dolor, con su potencia, también puede usarse para transformar.

 

Cómo conectarse | www.casasan.org / info@casasan.org

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