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Cómo mutaron la arquitectura y el urbanismo en los últimos 25 años. El impacto del cambio climático, la gentrificación y la nueva demografía marcan el pulso de las formas innovadoras de construir.

 

Texto Gabriela Ensinck.

 

Al ritmo de una urbanización creciente, en las últimas dos décadas y media no sólo evolucionó el concepto de vivienda, sino también el de ciudad. Y se pasó de un modelo de barrios privados y ciudades satélites en las afueras a una revalorización de los cascos urbanos.

A mediados de los años ’90 predominaba el modelo de urbanizaciones cerradas y alejadas del centro de la ciudad, separando las zonas de vivienda con las de trabajo y acceso a servicios. La masificación de internet, las comunicaciones móviles y los cambios de hábitos de trabajo y consumo generaron una tendencia opuesta: la revalorización de las ciudades y sus áreas céntricas, con usos mixtos de vivienda, esparcimiento y trabajo en el mismo barrio o zona.

“Veinticinco años después, esos modelos de urbanidades alejadas se demostraron ineficientes y con un elevado costo en tiempos de traslado, gasto energético y aislamiento social”, sostiene Roberto Converti, decano de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Uade y director de Oficina Urbana. “Hubo un cambio de época. Temas como la movilidad sustentable, el cuidado del ambiente y el tratamiento de los residuos no estaban entonces en las agendas y hoy sí lo están”.

Así ganaron fuerza conceptos como el de ciudades inteligentes, sustentables, inclusivas y resilientes; una nueva ocupación del espacio público con prioridad para el peatón, el transporte colectivo y la bicicleta; edificios inteligentes, integrados, ecoeficientes y nuevos materiales de construcción. Con los cambios sociales y en la configuración de las familias, también las viviendas y los espacios de trabajo se transformaron.

 

Volver al centro

En lugar de construir ciudades satélites y urbanizaciones a kilómetros de distancia, hoy la premisa es mejorar las condiciones de la ciudad como lugar para habitar, trabajar, acceder a comercios, servicios, educación, esparcimiento y vínculos sociales.

“Así surgen ciudades con más espacio para el peatón y la movilidad sostenible, como el metrobus para el transporte público y las bicisendas para bicicletas, rollers y monopatines, en detrimento de los autos particulares”, puntualiza Converti. Buenos Aires y otras ciudades de la región como Curitiba (Brasil) o Medellín y Bogotá (Colombia) son buenos ejemplos de esto.

El paradigma de una ciudad planificada y sectorizada como Brasilia, la capital de Brasil (construida íntegramente entre 1955 y 1960), dio lugar a repensar y reordenar las urbes que crecen caóticamente, con una mixtura de usos que permite la integración del espacio público y el privado.

En esta renovada organización, el microcentro no sólo es lugar de trabajo, sino de vivienda y ocio. Y los suburbios no son sólo para dormitorio. “Así surgen nuevos conceptos, como los edificios con amenities y espacios compartidos y los espacios de co-working que permiten compartir conectividades y servicios, construyendo nuevas comunidades”, detalla Converti. Y la tendencia al uso compartido va desde lo edilicio hasta el uso de herramientas y el transporte.

 

La gentrificación

Uno de los desafíos de los cambios en el ordenamiento de las ciudades es la llamada gentrificación (del inglés gentrification). Este fenómeno ocurre cuando la aparición de nuevos proyectos y usos del espacio en las ciudades termina elevando precios inmobiliarios, lo que expulsa a los ocupantes tradicionales de esas zonas.

En ciudades turísticas como Nueva York, París o Barcelona esto ocurre frecuentemente y también está comenzando a suceder en Latinoamérica. “Es una tendencia que no se puede frenar, pero sí se pueden mitigar sus efectos con políticas de Estado, para que las mejoras y el progreso de los barrios no terminen expulsando a sus moradores”, señala Converti.  “Hay un cambio de conciencia en el sentido de volver a valorizar la ciudad y hacerla sustentable. Y a partir de allí, hay cambios en los sistemas constructivos y en los materiales, buscando que sean eco-eficientes y sustentables. Pero no se trata de hacer un edificio o una vivienda ecológica en forma aislada, sino de pensarlo como un todo”, destaca el arquitecto y urbanista.

La realidad, al menos en Argentina, es que se sigue construyendo bajo el sistema tradicional de los ladrillos, porque es lo que exige el mercado. Si bien existen materiales y sistemas de construcción más eficientes, y que bajarían mucho los costos y tiempos porque son más livianos y generan menos residuos de obra, lo cierto es que falta información y regulaciones que impulsen su uso.

 

Crisis climática y demografía

El cambio climático y la necesidad de adaptar la infraestructura de las ciudades a fenómenos extremos como inundaciones, olas de calor o de frío, es otro de los aspectos a tener en cuenta a la hora de planificar la urbanización. Las ciudades bien diseñadas, compactas, transitables y con un buen sistema de transporte público, no sólo reducen la huella de carbono per cápita, sino que ayudan a mitigar los efectos de la crisis mdioambiental.

De acuerdo con cálculos de ONU Hábitat, las ciudades son responsables de un 70 por ciento de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero derivados de la energía. Por lo que existe una gran oportunidad de reducir esos valores impulsando construcciones ecoeficientes, con materiales que sean aislantes acústicos y de temperatura, y promoviendo la reutilización del agua, la iluminación y ventilación naturales.

También los cambios demográficos están impactando en la arquitectura y el urbanismo. Y así como surgen nuevos tipos de familias –unipersonales, monoparentales y ensambladas–, los tamaños y distribución de las viviendas, con espacios para el uso individual y compartido, van cambiando.

“Hoy hay unidades mínimas, de 20 o 30 metros cuadrados, que se habilitan para vivienda. Pero no están pensadas para parejas o familias, sino para personas solas, como los jóvenes que acceden a la casa propia por primera vez. Y también surgen edificios con espacios comunes de servicios y complejos de viviendas adaptados a las personas mayores. La población mundial está envejeciendo y hay cada vez más adultos mayores que viven solos, pero con autonomía y contención a la vez, mediante espacios comunes donde pueden socializar, accediendo a servicios y atención médica, sin ser geriátricos, ya que cada uno tiene su vivienda individual”, comenta Converti.

En el futuro próximo, es de esperar que estas tendencias se afiancen: ciudades mejor conectadas, con más espacios verdes y de usos múltiples, fuentes de energía renovables y distribuidas, sistemas integrales de gestión de los residuos, que integren a sus habitantes y se adapten al cambio climático global.

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