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Joaquín Fernández Sancha, secretario de la Confederación Nacional de Cooperativas de Trabajo (Cnct), recuerda los inicios de este movimiento, en 2001, como una forma de “dar respuesta ante la emergencia”, tanto en el plano laboral como social y territorial. No obstante, diferencia ese contexto con el actual: “Mientras que en 2003, el Gobierno tenía un rol importante de cogestión, el actual no la considera una herramienta de producción y trabajo, y la figura de la cooperativa está en retroceso”, advierte. De hecho, precisa, “han cerrado alrededor de 7.500 cooperativas y quieren cerrar 10.000”.

En su opinión, esta modalidad de organización colectiva de trabajo “choca” con la noción de “emprendedorismo”, hoy más en boga, en la que predomina lo individual por sobre lo colectivo.

“Se puede vivir dignamente y perdurar en el tiempo con una cooperativa”, subraya el referente de la Cnct, y señala que muchas de las cooperativas de trabajo actuales surgieron a partir de alguna política social implementada en la gestión anterior y que, luego, “se dieron cuenta de que había que seguir adelante más allá del programa y hoy, incluso, trabajan en el sector privado”.

Pero en el presente, la situación es adversa: “Llegó a haber 25.000 matrículas de cooperativas y, en la actualidad, se habla apenas de la mitad”, indica. Fernández Sancha marca diferencias entre las cooperativas tradicionales, con poca democracia interna y lógicas empresariales; las fábricas recuperadas, que nacieron al calor de la resistencia y a las que les cuesta sobrevivir porque han heredado máquinas y herramientas pero poca experiencia de gestión; las creadas por el Estado a través de programas de inclusión, y las más jóvenes, generadas por profesionales.

Para Ariel Guarco, presidente de la Confederación Cooperativa de la República Argentina (Cooperar) y de la Alianza Cooperativa Internacional, las cooperativas siguen siendo “espacios de integración social capaces de dar respuesta a las distintas necesidades de la población, aún en momentos complicados”.

Cooperar nuclea a 78 federaciones, cámaras, asociaciones y cooperativas que, a su vez, representan a unas 5.000 empresas de la economía solidaria. “Siempre hay sectores de la sociedad dispuestos a crear mecanismos para resolver las necesidades cuando el sistema económico formal los excluye y las políticas públicas no dan respuestas”, resalta en diálogo con Tercer Sector.

En este sentido, destaca que “cada vez más hay más cooperativas y mutuales que favorecen el intercambio directo entre productores y consumidores”, lo que representa un ejemplo de “cómo las cooperativas pueden ser un instrumento de la sociedad civil para hacer frente a las crisis”.

 

Saludable y solidario

En el corazón de la Quebrada de Humahuaca, Cauqueva (Cooperativa Agropecuaria y Artesanal Unión Quebrada y Valles) continúa el legado de los pueblos originarios, revalorizando sus cultivos tradicionales. Desde hace 22 años y actualmente con 85 productores y 17 elaboradores de Maimará y de todos los valles de la Quebrada, se dedica a la fabricación de alimentos farináceos, vegetales para régimen (productos libres de gluten) y productos de fideería, así como también facturas y galletas. Con su trabajo, además, buscan transformar las papas andinas y los coloridos maíces de la Puna en productos más elaborados, como puré y fideos aptos para celíacos.

“Todavía la crisis no nos pega del todo. Si bien la pérdida del poder adquisitivo y la caída del consumo nos afecta, viene creciendo fuertemente el consumo saludable y solidario, dos vetas de comportamiento que nos permiten crecer”, cuenta Javier Rodríguez, presidente de Cauqueva. De hecho, durante este año la cooperativa incorporó más trabajadores, duplicó la cantidad de fideos a la venta, logró la certificación de todos sus productos libres de gluten y cambió la imagen de sus empaques.

“Los tiempos de crisis son tiempos de oportunidades. Hay una serie de valores que nos permiten sobrevivir o mantenernos en un nivel económico más bajo pero continuar, mientras que otros se retiran”, indica Rodríguez. Entre las fortalezas que lo posibilitan, subraya que no buscan “la competencia sino el nicho”.

 

Expertos en crisis

En el corazón del barrio porteño de Floresta y luego de atravesar una quiebra en 2001, nació la Cooperativa de Trabajo La Ciudad, que produce quesos y lácteos. En 2003, sus trabajadores consiguieron la expropiación definitiva de las maquinarias, la marca y la patente; y un año después, lograron la misma medida para el inmueble.

“A pesar de lo complicada que está toda la actividad económica, por nuestra concepción de no buscar lucro ni ganancias extraordinarias por el momento estamos todavía de pie, a diferencia de otras cooperativas que se encuentran muy al límite, al borde de la quiebra”, asegura a Tercer Sector Federico Cha, uno de los 25 socios con que cuenta la cooperativa, que recientemente abrió su cuarto local de venta minorista.

No obstante, explica que “al caer el consumo interno, se complican las ventas, y si aumenta el dólar, aumentan las materias primas por más que no usemos insumos importados. Además aumenta la luz y los servicios”. A pesar de todo, la cooperativa busca que toda la ganancia que se genera “alcance para pagar a los socios, los sueldos y lo que sobre invertirlo en maquinaria y mercadería”, según explica.

Nacida inicialmente como una fábrica de muzzarella, La Ciudad rápidamente extendió la venta mayorista a todo el país y hace dos años también comenzó a abrir locales para venta minorista. “En nuestros puntos de venta buscamos darles lugar a productos de la economía social que no se encuentran disponibles en los supermercados, de pymes, empresas recuperadas y agricultores pequeños. La relación precio-calidad es muy buena y tenemos gran aceptación por parte de los vecinos”, cuenta Cha. “Adoptamos una política expansiva porque pensamos que la manera de enfrentar la crisis no era ajustando sino agrandando, generando una onda contracíclica que genere más volumen y enfrentando los costos más altos”, añade.

 

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