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La pandemia agravó una crisis que ya afectaba al país, atraviesa a toda la sociedad y arrecia, con mayor crudeza, en las comunidades más vulnerables. Referentes de la sociedad civil convocados por Tercer Sector reflexionan sobre la situación actual y cuáles son los caminos posibles para construir una salida que asegure la equidad social. 

 

Texto Andrea Vulcano y Laura Eiranova.

 

Aumento de la pobreza, pérdida de empleo, exclusión de vastos sectores de la población, amplificación de brechas, hambre, recesión, deserción escolar. La enumeración –parcial e incompleta– refleja, apenas, algunos aspectos del saldo que la pandemia dejará en la Argentina, que afrontó la llegada del coronavirus, ya inmersa en una profunda crisis a la que, sin duda, el Covid-19 agravó.

En todas las áreas, las cifras son estremecedoras. Basada en datos oficiales del Indec y pronósticos del Producto Bruto Interno (PIB) provenientes del Fondo Monetario Internacional, Unicef Argentina estimó que, para diciembre de este año, la cantidad de chicas y chicos pobres podría trepar de 7 a 8,3 millones, es decir, a un 62,9 por ciento del total.

En materia de empleo, si bien las últimas cifras del Indec dan cuenta de un 10,4 por ciento de desocupación en el primer trimestre –lo que representa una caída del 0,8 por ciento en un año–, analistas privados estiman que el índice podría llegar al 15 por ciento para fin de 2020. Por otro lado, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) estima la pérdida de puestos de trabajo en 950.000 y un aumento en más de 5 millones de personas en situación de pobreza e indigencia.

Si bien el drama sanitario azota transversalmente la sociedad, lo cierto es que en contextos de crisis, y más en una de alcance global, las condiciones de vida de los sectores vulnerables y de los medios bajos se deterioran con una virulencia particular, al tiempo que se amplifican las desigualdades, en cuanto a posibilidades de afrontar la adversidad y echar mano, luego, a una nueva oportunidad.

El punto de partida lo dice todo: para fines de 2019, antes de la irrupción del coronavirus en la escena mundial, el nivel de pobreza en la Argentina ya se ubicaba en un 35 por ciento, según los datos oficiales, mientras que para el Observatorio de la Deuda Social llegaba al 40.

“El rasgo distintivo de esta crisis es que, a diferencia de otras, signadas por la pérdida de empleos formales y el crecimiento en proporción del informal, en la actual, el empleo formal creció en participación, pero a causa de malas noticias, dado que fue el empleo informal el que cayó notablemente”, advierte en diálogo con Tercer Sector, el economista Bernardo Kosacoff, profesor de la UBA, de la Universidad Nacional de Quilmes y del MBA de la Universidad Torcuato Di Tella.

Frente a ese escenario y en contraposición a los sectores que cuestionan la prolongación en el tiempo de restricciones impuestas ante la pandemia, un análisis del Centro de Estudios Metropolitano (CEM) –conformado por la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo, la Universidad Nacional Arturo Jauretche y la Universidad Nacional de Hurlingham– puso el acento en el impacto favorable de las medidas adoptadas por el Gobierno para intentar paliar su impacto, entre ellas, el Programa de Asistencia al Trabajo y la Producción (ATP), la prohibición de despidos y el acuerdo para el sostenimiento del empleo y la actividad productiva llevado adelante, junto con la Unión Industrial y la CGT. Esas disposiciones “han repercutido en un incremento, aunque limitado, de las contrataciones de personal, en relación con los meses previos, comenzando a mitigar los efectos de la crisis como consecuencia de la pandemia, a partir de marzo”, señala el CEM.

Pero claro, tras largos meses de recorrido, inevitable y necesariamente la mirada se va enfocando en la llamada pospandemia y en la tan mentada “nueva normalidad”, sobre todo, una vez logrado el objetivo del Gobierno de alcanzar un acuerdo con los bonistas extranjeros, que le da al país un respiro para comenzar a construir una salida a la profunda e inédita crisis actual y sentar las bases de un modelo sostenible y virtuoso, desde el punto de vista económico y social.

En ese marco, el economista Bernardo Kosacoff usa la metáfora de “dos que se necesitan para bailar” para trazar un escenario posible de desarrollo a mediano y largo plazos. “Sin una macroeconomía consistente nada es viable, pero, al mismo tiempo, lo micro es fundamental para la sustentabilidad de lo macro”, postula.

Por eso, destaca la necesidad del “diálogo”, la “institucionalidad” y la “confianza”, para poder afrontar un escenario de “frazada corta”, donde se entrelazan múltiples necesidades y demandas (“todas ellas justas”, aclara), pero con “una capacidad de juego muy baja”. “No va a haber un día que digamos ‘estamos en la pospandemia’, sino que esto va a ser un proceso y partimos de una situación estructural muy complicada”, advierte.

A continuación, y a través de las voces de referentes de la sociedad civil, que a lo largo de 26 años de recorrido vienen acompañando a Tercer Sector, se esbozan algunas claves que podrían aportar a esa construcción desde una perspectiva inclusiva, sostenible y de mayor equidad social.

 

 

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