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Crece el debate mundial sobre la necesidad de aliviar el impacto que esos desechos generan en el planeta. En Argentina, sólo se recicla el 25 por ciento de ese material. Las empresas debaten como reducir su consumo.

 

Texto Marysol Antón.

 

Las últimas semanas, el mundo se conmovió con la presencia de Greta Thunberg, la adolescente sueca que habló ante la Asamblea General de las Naciones Unidas para reclamar acciones concretas que logren frenar el cambio climático. Sus palabras no dejaban opciones: “Se robaron mi infancia y mis sueños; estamos en el comienzo de una extinción existencial”. Frente a esto cabe preguntarse qué están haciendo los Estados, las empresas y la sociedad para revertir una situación que cada día da peores síntomas.

Para empezar, uno de los temas en los que urge tomar acción son los plásticos. ¿Por qué? Basta con ver el ejemplo del país para tener una idea de la dimensión del problema: un argentino consume, en promedio, 42 kilos de plástico por año, pero sólo el 25 por ciento de esa cantidad se recicla (las plantas recicladoras se han quejado de tener capacidad de trabajo ociosa y la pseudo solución de la gestión de Mauricio Macri fue importar residuos). Ahora bien, gran parte del 75 por ciento restante tiene como destino el mar. Así, en 2017, el 82 por ciento de los residuos recolectados en la costa de Buenos Aires fueron botellas, bolsas, tapitas y sorbetes, todo del mismo material: plástico, según el Censo de Basura Costera. Tanto es así, que Argentina está en el puesto 28 en cuanto a contaminación marina, de un total de 192 países.

Pero hay datos todavía más alarmantes. ¿Qué sucede con los plásticos de un solo uso? Estos recipientes tienen un promedio de utilización de 20 minutos y tardan entre 150 y 500 años en desaparecer completamente, lo que explica las 79 mil toneladas de plástico que flotan hoy en el océano Pacífico, conformando un área de 1,6 millones de km².

Estas conductas tienen tristes consecuencias: más del 50 por ciento de las tortugas marinas ya comieron estos desechos en algún momento de su vida, y el 100 por ciento de los sábalos del Río de la Plata tienen microplásticos en su organismo. Por contar sólo dos ejemplos. Y los humanos no están a salvo: se estima que semanalmente se consumen 5 gramos de plástico, el equivalente a una tarjeta de crédito.

 

Manos a la obra

Este escenario es desolador, es cierto, pero indica un claro camino a seguir. Y esta tendencia se traslada a nuevos hábitos de los consumidores: cada vez son más los que privilegian con su decisión de compra a las firmas que asumen compromisos ambientales.

Por ejemplo, en Ledesma procuran minimizar y gestionar de manera eficiente los residuos generados con sus actividades. “Ningún residuo sólido se envía a puntos de disposición municipal. Realizamos una recolección diferenciada en origen y los disponemos en un predio hasta su destino final. Procesamos 2.800 toneladas de residuos reciclables y enviamos 360 toneladas a incineración en hornos cementeros, habilitados para esa función”, describe Héctor Páez, gerente de Innovación y Medio Ambiente de Ledesma.

“Por día generamos 7,5 toneladas de residuos reciclables. Los transformamos, embalamos y vendemos a clientes que los emplean como materia prima en la producción de nuevos bienes. Este ingreso monetario permite afrontar los gastos de recolección, acondicionamiento y disposición final, y deja un excedente para reinvertir en mejoras del sistema de gestión”, agrega Páez.

Por su parte, en Unilever asumieron en 2017 el compromiso de garantizar que todos sus envases plásticos sean totalmente reutilizables, reciclables o aptos para compostaje para el 2025. “Además, para ayudar a crear un mercado final para este material y fomentar la confianza de los inversores, también nos comprometimos a aumentar el contenido de plástico reciclado en nuestro empaque al menos en un 25 por ciento para 2025”, explica Mariana Reñe, gerenta de Sustentabilidad y Comunicación Interna Unilever Cono Sur.

Así, por ejemplo, en el segmento de mejores plásticos realizan las botellas de Cif Active Gel con 100 por ciento de PET reciclado y 100 reciclable. “Con esta innovación, dejamos de introducir al mercado 800 toneladas de resina virgen. Otro caso es el de Dove Super acondicionador, una botella que está hecha de plástico verde proveniente de la caña de azúcar, 100% biodegradable, y ayuda reducir la emisión de gases de efecto invernadero. Lleva el sello de I AM Green que identifica el polietileno verde de braskem comunicando la importancia de la composición del producto”, suma Reñe. Y en la categoría de sin plásticos, la empresa utiliza materias primas totalmente renovables, biodegradables y compostables en sus puntos de venta, y así, la Argentina fue el primer país en usar EucaPlack, hecho con el descarte de ramas de eucaliptus, sin tala de árboles.

Por otra parte, también Natura avanza en la reducción del uso de plásticos. La firma, fue reconocida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con el 2019 UN Global Climate Action Award, por el programa de Carbono Neutro que viene implementando desde 2007. “El 20 por ciento del total de envases que producimos ya son ecoeficientes, lo que significa que en su composición tiene más del 50 por ciento de plástico proveniente de material vegetal renovable o más del 50 por ciento de reciclado post-consumo. Y la línea Ekos ya cuenta con 100 por ciento de plástico reciclado post-consumo en todos sus envases”, cuenta Sabina Zaffora, gerenta de Sustentabilidad de Natura para Latinoamérica. Además, la firma se propone incorporar hasta un 30 por ciento de vidrio reciclado post-consumo en sus envases de perfumería producidos en el país.

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