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En tiempos de enseñanza a distancia, la comunidad genera respuestas a las dificultades que impuso el aislamiento preventivo. La falta de conectividad y de dispositivos en los hogares más pobres expuso las inequidades que dejó al descubierto la pandemia. Cómo garantizar que todos los alumnos y alumnas tengan las mismas oportunidades de aprender.

 

Texto Alejandro Cánepa.

 

Si las aulas con estudiantes y docentes son uno de los símbolos clásicos de la educación, las medidas de aislamiento vaciaron aquellas y provocaron cortocircuitos en la enseñanza y en la relación entre las chicas y chicos que van a las escuelas. A seis meses de la suspensión de clases presenciales en todos los niveles, también se evidencia que la brecha digital está más vigente que nunca. Distintas Organizaciones de la Sociedad Civil relatan sus experiencias en tiempos de confinamiento y cómo se las rebuscan para sostener la relación educativa con las poblaciones con las que trabajan.

Zavaleteros es una entidad que focaliza sus acciones en el Barrio Zavaleta, enclavado en el sur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, más precisamente entre Barracas y Pompeya.  Agustina Gómez, integrante de la organización, cuenta que son “un grupo de educadoras y educadores populares, que trabajamos articulando en red con gente de los distritos 4, 5 y 6, con las escuelas y hacemos propuestas pedagógicas propias, que elaboran maestras comunitarias. Además, acompañamos a las familias”.

El prolongamiento de la suspensión de clases presenciales por el Covid-19 agravó las desigualdades existentes entre los sectores de mayor poder adquisitivo respecto de los más desposeídos. Esa diferencia se nota en muchos aspectos: falta de equipos, problemas o nula conexión a internet, hacinamiento y consecuente imposibilidad de tener un ámbito para cumplir con las actividades. “Claramente, la dimensión escolar quedó profundamente obturada por falta de dispositivos e internet, más los problemas de falta de luz y agua. El desafío fue cómo acompañar en este contexto y sortear dificultades para favorecer esos aprendizajes”, agrega Gómez.

Ante ese panorama, Zavaleteros trazó distintas líneas de acción. “Acercamos cuadernillos de la colección ‘Seguimos Educando’, del Ministerio de Educación de la Nación; aprendimos sobre aplicaciones que demandan pocos datos, conseguimos dispositivos usados para algunas familias que los necesitaban, alcanzamos útiles y libros al territorio”, enumera Agustina.

Claro que los problemas de falta de conexión, de equipamiento informático y de condiciones de vivienda que permitan estudiar desde casa, no se limitan a lo que sucede en la Ciudad de Buenos Aires. Desde Resistencia, Ariel Ortiz, militante de La Poderosa, cuenta: “En el barrio donde vivimos hay poco contacto con los docentes, porque hay casos en donde ni siquiera hay teléfono fijo o faltan celulares. Estamos en el Barrio San José Obrero, donde viven 63 familias, y es muy vulnerable, la conexión a internet es de una precariedad absoluta”.

Ese tipo de situaciones se replican en distintos puntos del país. La Poderosa, como respuesta, lanzó la campaña Contagiá Conectividad, mediante la cual se solicita a la comunidad ayuda económica para costear la compra de módems, notebooks, kits educativos tangibles e impresoras, entre otros elementos. “Acá, en Resistencia, se logró conseguir un módem que colocamos en el merendero de nuestra organización, al que asisten unos 200 chicos. Ahora los que lo necesitan pueden hacer la tarea desde ahí”, explica Ortiz.

 

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