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En tiempos de aulas vacías, clases virtuales y entregas de materiales a domicilio, docentes, estudiantes, familias y especialistas analizan el impacto de una situación que, también, está atravesada por las desigualdades.

 

Texto Claudia Rosales.

 

 

La escuela, el lugar del encuentro y del aprendizaje, ha cerrado sus puertas en el contexto de la pandemia. ¿Cómo adaptarse y cómo saldar las diferencias? Los caminos son distintos porque las realidades son diferentes. Algunos docentes hacen propuestas a través de pantallas virtuales. Otros escriben sus actividades a mano y las entregan a domicilio. Entre unos y otros se abre el gran abanico de oportunidades. Mantener la llama viva y el deseo es fundamental. Pero, ¿cómo lograrlo?

Hablan los estudiantes: Mateo, de 10 años, dice: “No estoy muy motivado y tampoco tengo ganas, pero es una obligación para aprender”. Por su parte, Sofi, de segundo grado, comenta: “Mi maestra no hace Zoom ni nada. Me gustaría verla”. Eugenia tiene dos hijos en escuela primaria. Uno de ellos cuenta: “Yo me apuro a hacer la tarea, porque mi mamá me presta la tablet después”.

Y los docentes: ¿están preparados para esta odisea de enseñar de forma digital? ¿Todos tienen los recursos necesarios para hacerlo? Fiorina, maestra de escuela pública en El Bolsón (Río Negro), escribe propuestas en su computadora, las imprime y las lleva casa por casa. Junto con los textos, entrega viandas de comida para las familias. “Acá es todo muy difícil porque, cuando estás en el aula, vas chico por chico ayudando. Ahora les dejás el material y lo recogés a la semana. ¿Cómo sabés qué comprendieron, qué hicieron solos?”, reflexiona.

“Al principio parecían vacaciones para los niños y niñas. Pero ahora extrañan a compañeros, a las seños. Yo también extraño. Me dediqué a enviarles tarea. Les entregué una caja con juegos y regalitos, cada uno con una consigna”, cuenta Fiorina. “Con las familias tenemos una buena comunicación. Fueron expresando cómo se sentían, cómo explicarles algún ejercicio”, sostiene. Y agrega que también la llaman “para desahogarse, porque algunos no tienen trabajo ni dinero para alimentar a sus hijos”.

Mariela es docente de un colegio privado de nivel inicial y primario en Villa Carlos Paz (Córdoba). “En mi escuela hay comunicación diaria, cuadernillos y clases filmadas. También encuentros por Zoom para trabajar emociones, pero se extraña el contacto, la mirada, la retroalimentación”, reconoce. María Ribetti, vicedirectora de un secundario de 900 alumnos en la ciudad de Córdoba, relata que tuvieron que “buscar herramientas que todos pudiesen manejar. Se realizan trabajos interdisciplinarios por curso. El estudiante hace un solo trabajo que responde a cuatro asignaturas”, detalla, para luego sostener que “hubo muchos cambios positivos” en los nuevos modos de aprendizaje.

 

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