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Desde 1979, cada año un grupo de estudiantes, padres y docentes del barrio porteño de Flores participa de un viaje de intercambio a pequeños pueblos de la Puna jujeña. Una historia de amistad e intercambio que se transmite de una generación a la otra.

Textos: Fátima Cheade.

Hace 39 años que, cada septiembre, en pequeños pueblos de la Puna, en la frontera con Bolivia, se produce una fiesta. El motivo es la llegada de unos 50 alumnos de cuarto año de un colegio del barrio porteño de Flores, que recorren 1.800 kilómetros en micro para que se produzca el tan esperado encuentro.

Los chicos del Instituto San José de Flores llegan siempre seguidos por camiones que trasladan todo tipo de alimentos y otros elementos para once escuelas y sus comunidades, pero, en definitiva, quienes allí estuvieron dicen que “es mucho más lo que se trae que lo que se lleva”.

Cada año, desde 1979, los estudiantes, acompañados por docentes, padres y autoridades del colegio transportan más de mil litros de leche, centenares de kilogramos de arroz, yerba mate, harina y miles de latas de conserva, entre otros productos que colectan gracias a la donación de las familias y, también, de empresas que ya conocen del trabajo que hacen estos chicos en la Puna jujeña. Toda la comunidad se involucra: los alumnos, desde jardín de infantes hasta secundaria, pero también los padres, docentes, autoridades y hasta los egresados.

“Viajé en 1981, cuando la única construcción en la localidad de Casira era la escuela y algunas casas que había a su alrededor, todas construidas con adobe”, recuerda en diálogo con Tercer Sector Marcelo Adra, actual rector del colegio, quien vivió la experiencia como alumno, docente, padre y también como autoridad máxima de la institución.

Cuenta que en los años ochenta visitaban, además de la Escuela de Frontera Número 4 Capital Federal de Casira, que el colegio apadrina, otra en la localidad de Santa Catalina, la Escuela Número 18 General Rondeau, donde desde hace unos años pasan las noches en sus bolsas de dormir y saborean las comidas típicas que les cocinan docentes y madres de la comunidad colla, que son los moradores de esos pueblos.

El adobe dio paso a los ladrillos y, gracias a la colaboración del colegio, las escuelas dejaron de ser ranchos. Pero la fiesta con que reciben a los chicos de Flores es siempre la misma y en ella no faltan las ceremonias ancestrales, como el culto a la Pachamama, la música y el baile.

“Se desviven por hacernos sentir bien, nos dan lo mejor que tienen y eso emociona, no es fácil de olvidar. Todos quieren llegar a cuarto año para ir a la frontera. El viaje es más importante y más preparado que el de quinto año”, cuenta Micaela Beherens, una ex alumna del Instituto San José de Flores que hoy tiene 21 años y a quien le “quedó grabada” la imagen de los chicos de la Puna formados a la mañana en la escuelita rodeada de cerros, izando la bandera mientras entonaban Aurora, “con sus guardapolvos que de tan blancos parecían brillar”.

 

Mucho más que donaciones

Durante el año se organizan campañas en las que se juntan, además de alimentos, útiles escolares, plásticos de botellas cortados de una forma determinada para ser usados como tejas, ropa de vestir y de cama, colchones y computadoras, entre otros elementos. La premisa es “no llevar lo que acá no sirve, sino lo que ellos necesitan”. Por eso, en cada viaje se realiza un relevamiento para conocer las necesidades concretas y organizar lo que se lleva al año siguiente. En 2016 fueron 2.800 bultos.

Todos los que han vivido esta experiencia coinciden en que el verdadero sentido del viaje es el intercambio cultural, el contacto, la alegría del encuentro. Los chicos de cuarto año ayudan a pintar las escuelas, distribuyen los alimentos y demás productos, pero también llevan juegos, obras de teatro y de títeres, y leen cuentos a los más pequeños. Para recaudar fondos, durante el año realizan desfiles, bailes, trabajan como camareros en eventos del colegio, venden tortas, rifas o cuadernos diseñados y elaborados por ellos. Pero, además, se capacitan y preparan para hacer magia, teatro y juegos recreativos.

Pablo Chiesa, que viajó como alumno en 1987 y en 2012 volvió a hacerlo junto a su hijo, relata que “el momento más esperado para los varones es el partido de fútbol” en una canchita improvisada sobre el polvo, a 3.700 metros de altura. Las risas no tardan en llegar: los chicos de la Puna corren detrás de la pelota, mientras los porteños la alcanzan con su último aliento. Ninguno de los visitantes escapa a los efectos de la altura, dice Pablo.

Las niñas esperan, mientras tanto, el momento del maquillaje, en el que sus rostros se adornan con coloridas y brillantes mariposas y flores, que las chicas del San José de Flores les dibujan.

“El viaje es intenso, por las vivencias, y nadie vuelve igual. El contacto cambia todo. Es mucho más lo que se traen nuestros chicos que lo que llevan”, dice Marcelo Roldán, un padre que viajó con su hijo en 2013.

A diferencia de los primeros años, cuando sólo visitaban las escuelas de Casira y Santa Catalina, actualmente la delegación también llega a pueblos pequeños como Cienaguillas, La Ciénaga, San Francisco, El Angosto, Cabrería, Pizcuno, Oratorio y Timón Cruz, cuyos pobladores se dedican en su mayoría a la cría de llamas, ovejas y cabras o a la alfarería, con técnicas ancestrales.

“Lo más importante que sucede en la Puna es que hay dos culturas que se encuentran y se entienden. Se los ayuda, pero no se los desnaturaliza”, destaca el rector Adra.

 

En primera persona. Por Gabriel Butazzoni *

El viaje a la frontera tiene muchas facetas, pero un único motor que lo viene impulsando desde 1979. Detrás de las donaciones, del viaje de 1.800 kilómetros, de los esfuerzos y el compromiso de toda una comunidad para concretar la misión, se esconde un simple secreto, una complicidad inalterable oculta en un diálogo de miradas, en un

encuentro pleno a pesar de las múltiples diferencias.

La dinámica es de lo más simple. Cada año, en cada escuela de la Puna, los chicos eligen a un “padrino porteño” para disfrutar cada minuto a pura sonrisa. Y en cada localidad visitada se vive una fiesta, un ritual de amistad coronado con una comida compartida. Los chicos de allá, con sus coplas, sus canciones, los de acá con sus talleres y obritas de teatro, todos entregados a disfrutar. Muchas cosas han cambiado en estos casi 40 años, pero las lágrimas son las mismas en cada despedida. Y así, lo que empezó siendo una apuesta incierta terminó por forjar lazos de confraternidad para siempre.

*Viajó como alumno en 1986 y como papá en 2014.

 

Homenaje al colegio Ecos

Cientos de colegios llevan adelante cada año campañas solidarias con otras escuelas rurales, a veces cercanas y otras separadas por miles de kilómetros. La ayuda es silenciosa, pero una tragedia, ocurrida el 9 de octubre de 2006, le dio visibilidad. Nueve alumnos y una docente del secundario del Colegio Ecos, del barrio porteño de Villa Crespo, murieron cuando el micro en el que regresaban de Chaco, donde habían concurrido a ayudar a una escuela rural, chocó contra un camión fuera de control en la ruta nacional 11. Ese mismo día, por la ruta 9 volvían de la Puna los chicos del San José de Flores. Imposible no recordarlo y no rendirles cada año un sentido homenaje.

 

Cómo conectarse

Colegio San José de Flores // sjflores273@gmail.com

 

FuenteNota Revista Edición 111
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