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Pocas personas conocen que en Buenos Aires existen variedad de franjas nativas donde se puede encontrar flora y fauna autóctonas. Distintas iniciativas apuntan a preservar la vida silvestre local.

Texto Meri Castro.

 

En plena jungla de cemento existen hombres y mujeres que, por profesión o afición, dedican tiempo y esfuerzo a recuperar y hacer crecer los espacios verdes. Gracias a ellos y a las reservas naturales que resisten la avanzada del mercado inmobiliario, la flora y la fauna encuentran un hogar que tanto los habitantes de Buenos Aires como quienes visitan la Ciudad pueden disfrutar.

“Cuando hablamos de biodiversidad urbana nos referimos a fauna y flora en relaciones ecosistémicas. Es importante aclarar que la diversidad biológica que requiere la Ciudad es la original de la región y, en el caso de Buenos Aires, es la biota rioplatense”, especifica Fabio Márquez, licenciado en Diseño del Paisaje.

El problema es que esa biodiversidad es “muy escasa, ya que la gran mayoría de la vegetación implantada es exótica y, como tal, no es el soporte para la fauna silvestre que debiera ser”, ilustra Márquez. En el mismo sentido, el ingeniero agrónomo Eduardo Haene, ex gerente operativo de la Reserva Ecológica porteña, agrega: “Hay una baja biodiversidad debido a la escasez de espacios verdes, al empleo de venenos y al uso de plantas exóticas”.

 

Desde el jardín, con amor

Haene está  trabajando en un proyecto de investigación de la Universidad de Belgrano llamado Biocorredores para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El desafío actual que enfrenta la capital, dice, “es aumentar la superficie de naturaleza y mejorar su calidad en términos de biodiversidad enriqueciéndola con vida silvestre”.

En su investigación reconoce el aporte que se hace (o debería hacerse) desde lo vecinal (jardines particulares), lo barrial (diseñar biocorredores locales) y de la región metropolitana (biocorredores regionales). Su relevamiento muestra que hay avances a escala vecinal, pero aún no se concretan espacios que requieren la participación de organismos oficiales y empresas.

Los vecinos son los primeros en dar el ejemplo y desde sus patios aportan mucho a la biodiversidad local. En el barrio porteño de Villa Devoto, Claudia Furman lleva adelante desde 1999 su Jardín Educativo de Plantas Nativas y Refugio de Biodiversidad Solnaturi.

Al tomar posesión de su casa chorizo, comenzó a plantar en el patio arbustos, herbáceas y trepadoras: todas especies originarias de nuestra ecorregión pampeana. Desde entonces pudo registrar la visita de “100 especies de mariposas, más que en algunas reservas ecológicas, y más de 40 especies de aves se han presentado espontáneamente”, detalla.

Por su parte, Ricardo Barbetti, vecino de La Lucila, en el partido bonaerense de Vicente López, es una eminencia y un precursor. Biólogo y conservacionista, comenzó a darle hogar a especies autóctonas cuando llegó a su casona, en 1974. En la actualidad, su jardín alberga un total de 200 especies vegetales y 50 tipos de aves.

 

Guardianes en los barrios

Haene se unió al Centro de Gestión Ambiental y al Club Observadores de Aves Caburé para recuperar a los talas, que supieron formar bosques extensos e integrar una de las tres ecorregiones de la ciudad, a la par del pastizal pampeano y el Delta e Islas del Paraná.

Ese bosque ocupaba la zona donde funcionan las facultades de Agronomía y Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires y hoy apenas queda una porción que ha sido rescatada. Haene y equipo trabajan para que se convierta en una reserva de talar.

En el barrio de Balvanera, el proyecto Parque de la Estación es otra muestra de que los vecinos pueden conseguir metas en pos de la biodiversidad. Este singular espacio público recién llegó a concretarse recientemente, tras 18 años de marchas y contramarchas. Pero es todo un logro: cuatro hectáreas de superficie fueron ganadas al hormigón.

El parque está donde hubo un enorme galpón ferroviario de fines del siglo XIX (cuya estructura se recicló para usos varios) y se exigió que la vegetación fuera de la flora nativa rioplatense, ya que se la piensa como soporte de fauna silvestre, especialmente aves y mariposas. El 21 de septiembre se inauguró su primer tramo.

 

En el Gran Buenos Aires

Eduardo Emmi es parte del Club de Observadores de Aves de Vicente López y de Ayudemos al Yrigoyen, grupo cuyo objetivo es consolidar el proyecto de corredor biológico municipal en la Reserva Natural Predio Yrigoyen. En ese municipio “ya casi no quedan zonas verdes ribereñas y tampoco grandes parques”, advierte.

“Se trata de un relleno hecho hace veinte años, cuando se taparon todas las playas de la ribera del partido con escombros para ganarle espacio al Río de la Plata –agrega–. La naturaleza cubrió los escombros con tierra, llegaron las primeras plantas colonizadoras y luego aparecieron animales autóctonos, en su mayoría desaparecidos de la zona. En cuatro años de relevamientos sobre este predio tenemos registradas 170 especies de aves, varios mamíferos (coipos, cuises, comadrejas overas) y montones de reptiles y anfibios”, enumera Emmi.

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