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En pleno Chaco salteño, una zona sin ciudades ni industrias, una fundación se propuso alfabetizar, llevando computadoras y notebooks recicladas para los niños de las comunidades. Texto Fátima Cheade

 

La Fundación Redes Solidarias trabaja con los pueblos originarios más aislados del Chaco salteño, en el municipio de Santa Victoria Este, desde hace 21 años. Primero, con programas educativos que incluyen la alfabetización tradicional y, más recientemente, también en informática, además de aportar equipamiento que va desde útiles y libros hasta computadoras y sillas.

Redes Solidarias llevó las primeras computadoras a la comunidad que habita en La Estrella, muy cerca del Río Pilcomayo. Empezaron con la escuela primaria local y se fueron sumando instituciones de La Gracia, Km.2, La Bolsa, Pozo del Tigre, Pozo de la Yegua y Santa María.

“Capacitamos a los niños, pero también a los docentes. Les damos computadoras, les instalamos los programas que necesitan y les enseñamos a utilizarlos”, cuenta a Tercer Sector Mercedes Avellaneda de Bocca, que es parte de la Comisión Directiva de la fundación.

Hoy, estas escuelas ya tienen aulas específicas para computación, a las que asisten un total de 700 chicos de seis comunidades diferentes y, cuatro veces por año, viajan técnicos para asistirlos con capacitaciones intensivas tanto a nivel técnico como pedagógico.

Reparar para donar

Para llevar adelante su programa, Redes Solidarias organiza campañas específicas en las que recibe computadoras, muchas veces nuevas, y otras tantas para reparar o reciclar.

“Por lo general, recibimos notebooks que nosotros reparamos y, una vez funcionando, las donamos a estas escuelas”, dice Mercedes, que recuerda una ocasión en la que una empresa donó 25 equipos portátiles nuevos.

Pero las instituciones educativas tienen un gran obstáculo a la hora de utilizar a pleno esta gran herramienta de aprendizaje y conexión, y es que en la zona “no llega todavía Internet”, según cuenta Bocca.

Pero la misión de Redes Solidarias sobrepasa la alfabetización y la tecnología porque también es una apuesta a que el interés que despierta en los niños de estas comunidades la computación sirva para dar batalla a la deserción escolar, que en estas zonas tan remotas es muy alta.

“De los niños que terminan la escuela primaria, sólo el 10 por ciento sigue la secundaria y, de ese porcentaje, apenas el 5 por ciento la termina, y sólo uno va a conseguir un trabajo rentable”, detalla Mercedes Bocca, en base a la información que reflejan las estadísticas que maneja la fundación.

El resto de los niños –continúa– serán jóvenes que se dedicarán a trabajar en forma temporal en los campos de caña de azúcar, en tanto que el horizonte para las mujeres es criar a sus hijos dentro de la comunidad. En esa zona no hay ciudades ni industrias: cambiar la realidad no es el objetivo de Redes Solidarias, pero sí colaborar para que esos niños estén preparados para que “cuando la señal de internet llegue, tengan las herramientas y los conocimientos para su utilización, ya sea para conectarse entre ellos, para seguir capacitándose o para conectarse con lo que sucede en el mundo y también para poder vender sus artesanías en otros lugares, sin tener que trasladarse de la comunidad en la que viven, que es lo que ellos no quieren”.

 

Sumar voluntades

La tarea que realiza la fundación se ve potenciada por la llegada de voluntarios que viajan más de mil kilómetros hasta La Estrella como parte del programa Manos Solidarias. “Esto ocurre en el período de vacaciones de invierno y de verano. El programa lleva 15 años de vigencia y cada año centenares de personas, sobre todo estudiantes, se anotan para vivir esta experiencia”, cuenta Mercedes.

El programa tiene tres etapas: la organización del viaje, la constitución del grupo y la confección de una agenda con actividades de aprendizaje, recreativas y lúdicas. “El compromiso que traen los voluntarios es escribir un diario de viaje con álbum de fotos y subirlo a la página web de la fundación para compartirlo con el resto e inspirar a otros a que se sumen”, señala Bocca, quien advierte que este ejercicio de escritura los ayuda a “volver a su realidad” y que lo vivido les sirva de “experiencia” y “aprendizaje”.

Los voluntarios llegan a la localidad salteña de Tartagal y desde allí recorren unos 150 kilómetros hasta estas comunidades. “La elección de los voluntarios es cuidadosa y lleva su tiempo, ya que son cientos los que consultan y se inscriben, pero luego de entrevistas en las que se verifica que esas personas respondan a las condiciones que este tipo de tareas requiere, la cantidad se reduce drásticamente”, explica Mercedes.

 

 

En primera persona Ayudar me hace feliz. Por Jonathan Aimar *

Lo hago porque me hace feliz ayudar, con lo poquito o mucho que pueda hacer. Mi motivación es ver una sonrisa en el otro, hacer algo por el otro. Soy feliz haciendo algo por el que tengo al lado y lo disfruto muchísimo.

La primera vez que viajé lo hice con muchos miedos e incertidumbre, pero cuando llegué, todo se borró y sólo me quedó grabado el recibimiento de los chicos alrededor del micro que nos llevaba. La experiencia es tan increíble que cuando volvés a tu día a día en la ciudad, te cuesta encajar, te quedás con la cabeza allá y valorás mucho más lo que tenés.

Cuando te vas del lugar, los chicos te quieren dar lo que no tienen para que lleves a tu casa. Recuerdo que un niño me quiso dar su gomera, confeccionada por él mismo, y me emocionó mucho. Otro me tejió un bolso con lana, chapitas de gaseosa y un viejo CD.

No recuerdo emoción más fuerte que estar allá ni sonrisas tan auténticas como la de los chicos y también las de sus padres, cuando hacemos shows de magia y obras de teatro. Nos capacitamos para llevarles lo mejor que tenemos de nosotros, para que disfruten de lindos momentos. Les llevamos también ropa, juguetes, juegos, golosinas, todo lo que la gente nos acerca a modo de donaciones. Si bien cada uno del grupo va con una motivación diferente y las experiencias suelen ser distintas, todos lo hacemos con el mismo fin y nadie regresa igual. En julio me fui por segunda vez y pienso seguir haciéndolo, porque siento un compromiso con la comunidad y porque ayudar me hace feliz.

* Tiene 36 años y es productor agropecuario. Ya participó dos veces como voluntario de Redes Solidarias en el Chaco salteño.

 

Cómo conectarse: Redes solidarias: info@redes-solidarias.org.ar

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