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Son ingenieros que decidieron dar una vuelta a la profesión y volcar una parte de su tiempo a tareas voluntarias. Llevan su saber a comunidades alejadas o en situación de vulnerabilidad y aportan infraestructura donde más hacen falta.

 

Texto Alejandro Cánepa.

 

Hay médicos, reporteros, arquitectos y farmacéuticos de distintos países que usan la sigla “sin frontera” asociada a su profesión, como manera de nombrar una Organización de la Sociedad Civil con eje en la actividad correspondiente. Dentro de ese mundo de entidades existen además los Ingenieros sin Fronteras (ISF). Tercer Sector reconstruyó el plano de sus actividades en el país, que van desde Buenos Aires hasta Córdoba y Santiago del Estero, entre otros lugares.

“Tenemos más de 260 voluntarios con tareas asignadas en 14 proyectos diferentes”, explica Adán Levy, director ejecutivo de ISF y aclara: “Como quisimos darle un nombre más amplio a la organización, reemplazamos el ‘Ingenieros’ por en Ingeniería sin Fronteras”. Quizás esa amplitud también rebote en los perfiles de quienes forman parte de la entidad; de hecho, Levy es ingeniero mecánico y profesor de educación inicial.

Como su nombre lo indica, las tareas se concentran en realizar obras en comunidades apartadas o afectadas por la pobreza. María Hernández es ingeniera civil, encargada del área de infraestructura, y explica: “Cada vez que empezamos un proyecto trabajamos en conjunto con la comunidad. Y las dificultades de cada uno van variando; en Santiago puede ser la inaccesibilidad del lugar. En el Conurbano lo que lleva tiempo son las relaciones que se tienen que establecer con los municipios”.

En Quilmes se amplió un salón de un jardín de infantes en el barrio Villa La Florida. En José León Suárez está en desarrollo, desde cero, otro jardín, en Villa La Cárcova. En Córdoba concretaron un salón comunitario en el Barrio Obispo Angelelli. Y en Santiago, entre otras obras, han construido dos puentes en la localidad de Colonia Dora y sistemas de acceso de agua en la comunidad El Negrito. También en esa provincia hicieron una gran transformación en la Escuela Familia Agrícola Avellaneda, ubicada entre Colonia Dora y Herrera.

“En 2013 surge la idea de hacer sala de informática. Hicieron todo muy rápido, un trabajo maravilloso, en conjunto con el municipio de Colonia Dora y con la escuela”, cuenta Paulo Otrera, el director del establecimiento. “Luego se hicieron tres aulas, con un baño y dormitorio para el docente”, agrega, y explica que tienen una matrícula de 152 alumnos, todos de zonas rurales, en donde la gente vive de la explotación de madera, la cría de chivas y la producción de alfalfa.

El rol de los voluntarios es clave, como el de Andrea Rispo, ingeniera ambiental de 32 años, que participó de las obras en La Cárcova y  Quilmes. “Corté barras y  perfiles, ayudé a remover un mástil, a hacer pozos, en el hormigonado o en la parte de pintura de las estructuras. También trabajé en la colocación del techo”, cuenta. “En Inglaterra y en Dinamarca, donde viví un tiempo, hay una cultura del voluntariado muy fuerte. Eso me abrió los ojos cuando volví a Argentina”. Es decir: se tendió un puente desde Europa hasta América del Sur.

 

Cómo conectarse: Ingenieros sin Fronteras: www.isf-argentina.org

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