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Los productos se vuelven inservibles o los aparatos dejan de funcionar por obra y gracia de la obsolescencia programada que se sospecha intencional. A través de distintas iniciativas, la sociedad civil se organiza para ponerle freno al despilfarro de recursos.

Texto Alejandro Cánepa.

 

El cartucho de la impresora que se termina antes de lo calculado. El celular que se vuelve cada vez más lento con el tiempo de uso. Medias de mujer que se rasgan a días de haberlas comprado. Bombitas eléctricas convencionales que se queman rápidamente. De esos productos y de muchos más se sospecha que los fabricantes los elaboran con fechas de vencimiento intencionalmente breves, para que tengan que ser repuestos con rapidez. Ante la avalancha de basura generada en las principales ciudades del mundo y el costo de vida elevado de la modernidad, existen iniciativas internacionales de la sociedad civil para ponerle freno a la obsolescencia programada, tal como se denomina a ese fenómeno.

Francia es un campo de experimentación de ese proceso del sector social. Allí, la OSC Alto a la Obsolescencia Programada (HOP, sus siglas en francés) es la que lleva adelante esa bandera. “HOP surge de la iniciativa de unos militantes ecologistas que, después del reconocimiento del delito de obsolescencia programada en Francia, quisieron crear un poder ciudadano capaz de presionar a las instituciones y a las empresas para que cambien los modos de producción. La asociación fue creada en el 2015 y desde entonces no deja de crecer, hasta tener hoy una comunidad de más de 30.000 personas”. El que habla ante Tercer Sector es Samuel Sauvage, presidente de esa institución, que demandó a multinacionales que fabrican impresoras, celulares y computadoras.

Sauvage se refiere a una ley que se aprobó en 2015 en territorio francés. Según la legislación de ese país, el delito de obsolescencia programada puede conllevar penas de hasta dos años de cárcel y una multa de hasta el 5 por ciento de los ingresos anuales promedio de la compañía denunciada. El ejemplo de Francia tocó el corazón de la propia Unión Europea, cuyo Parlamento recomendó que se les exija a las empresas informáticas y de electrónica que sus productos se puedan reparar con mayor facilidad y se extiendan las garantías.

 

Obsolescencias diversas

María Rodríguez Sánchez, socióloga española especializada en consumo responsable, distingue entre distintas clases de obsolescencia: está la programada, pero también existen “la obsolescencia indirecta, derivada de la imposibilidad de reparar un producto por falta de piezas de recambio adecuadas o por resultar imposible la reparación; la obsolescencia por incompatibilidad: por ejemplo, un programa informático que deja de funcionar al actualizarse el sistema operativo, y la obsolescencia psicológica, derivada de las campañas de marketing de las empresas encaminadas a hacer que los consumidores perciban como obsoletos los productos existentes”.

Para el primer tipo de obsolescencia, ¿qué se puede hacer? Responde Sauvage, de HOP: “Promover las alternativas para alargar la vida útil de los productos. Por lo tanto, una gran parte de nuestro trabajo es proponer reglamentos y leyes al gobierno. También asesoramos a los ciudadanos para que puedan consumir de una forma más responsable. Por último, promovemos los modelos alternativos de las empresas que se comprometen en cuanto a la duración de los productos”.

En España, el proyecto Alargascencia, de la Asociación Amigos de la Tierra, agrupa en una plataforma a distintas iniciativas en donde se reparan, alquilan, venden o compran objetos usados. En la red figuran desde zapaterías hasta emprendimientos de reparación de electrodomésticos, sillas, bicicletas, joyas y notebooks, entre otras cosas. Por otro lado, también en suelo español, la Fundación Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada (Feniss) puso en marcha un sello gratuito que certifica a las empresas que no incluyan en sus productos estas prácticas de caducidad anticipada.

Para el caso de España, Rodríguez considera: “Se ha avanzado en el conocimiento sobre el concepto en general de la obsolescencia, que en este momento forma parte del vocabulario de un importante sector de la población española, lo cual no quiere decir que sepan muy bien cómo enfrentarse a esta situación”.

¿Qué sectores son los especialmente problemáticos en España? Para la socióloga, “los derivados de la línea blanca de electrodomésticos, como lavadoras, lavavajillas, frigoríficos (heladeras), congeladores, línea marrón (televisores) y móviles (celulares)”. Rosario Goñi, colaboradora de Economistas sin Fronteras-Euskadi, puntualiza: “Los productos tecnológicos es donde más fácil se aprecia la obsolescencia programada. No sólo porque pasado un tiempo dejan de funcionar, sino también por incompatibilidad con versiones o actualizaciones posteriores, por la ausencia de baterías, cargadores o accesorios para aparatos que habíamos comprado sólo hace unos años”. En el caso francés, Sauvage enumera los peores sectores: “Nuestras primeras denuncias se concentraron en los casos de Epson y de Apple, que son el símbolo de una economía que despilfarra los recursos. Sin embargo, la obsolescencia programada también afecta sectores como la vestimenta (estamos publicando un informe sobre las medias para mujer) o los automóviles”.

Un argumento repetido para defender esta situación es que sin ella habría menos rentabilidad empresarial y más despidos. Ante esa afirmación, Sauvage dice: “Las industrias de países como Francia, al imponer normas más elevadas de calidad, podrían fortalecerse en detrimento de China y de otros países a bajo coste laboral. El sector de la reparación también se beneficiaria de la lucha contra la obsolescencia programada”. Por otro lado, agrega: “Lo importante en una economía es aumentar el bienestar de la población, y no necesariamente producir siempre más”. El debate está lejos de consumirse.

 

Cómo conectarse:

HOP: www.halteobsolescence.org

Alargascencia: www.alargascencia.org/es

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