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Una herida difícil de curar

Abuso sexual infantil
Una herida difícil de curar

Frente a un sistema que muchas veces deja en soledad a las víctimas, varias organizaciones sociales dan contención, ayuda y trabajan en la prevención. Algunas de esas instituciones son conducidas por personas que vivieron el abuso en su infancia.

Textos: LAURA VALES

Cuando Andrea descubrió que su hijo había sido abusado, se sintió tan aturdida que no supo qué hacer. Llamó a su madre. Juntas, volvieron a preguntarle a Julián lo que había contado del abuelo y el juego que hacían en su cuarto. Él lo repitió. Y dio un detalle tan claro de cómo lo tocaban, que no dejó espacio para la duda. Andrea denunció al suegro y pidió una cautelar para impedirle todo contacto con su hijo. En la fiscalía sintió que la trataban bien, pero el expediente no avanzó como le hubiera gustado: pasó un año hasta que llamaron a declarar al niño. En la cámara Gesell, Julián no quiso hablar mucho. Unos meses más tarde, después de un período en el que ella misma debió pasar por una serie de pericias, llegó la absolución. Para el juez, el abuso sexual no quedaba probado.

La historia, con sus variantes, es conocida para las ONG que abordan la violencia sexual sobre los niños y adolescentes. Cada vez son más las madres –o familiares protectores– que, más atentos a escuchar a los chicos cuando dan una señal de alerta, piden ayuda. Pero lo que sigue a la denuncia suele ser un camino de frustraciones, porque las herramientas para enfrentarlo aún son escasamente eficaces, y en los hechos, hay muy pocas condenas y un panorama insuficiente en el campo de la prevención.

Las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) que se dedican al tema son fruto del estado de situación. Fueron creadas por familiares de las víctimas o adultos que, de niños, sufrieron abusos. Y son relativamente nuevas: la más antigua, apenas pasa la década. Sin embargo, van acumulando experiencia: se ocupan de dar apoyo en las horas inmediatas a una violación, cuando hay que atender con urgencia el cuidado de la salud; y dan asistencia psicológica y acompañan a los familiares con asesoramiento legal. Unas están centradas en la elaboración de informes y el tratamiento de los afectados; otras, hacen exclusivamente actividades de difusión para que quienes están en contacto más permanente con la infancia –como docentes, pediatras, familiares– puedan reconocer los signos del abuso y, sobre todo, sepan qué hacer.

Personas, no casos

Una esquina en Virreyes, frente a los monoblocks del complejo habitacional Mil Viviendas. Una puerta sin número. Al final de la empinada escalera de madera se llega al departamento de María Elena Leuzzi. Es la mañana de un sábado todavía tranquilo, y la familia desayuna. Sobre la mesa, entre la pava, el mate y los restos de una torta, reina una computadora.

En esta cocina funciona Avivi (Ayuda a Víctimas de Violación). Leuzzi la creó en junio del 2003, luego de que la Justicia condenara a 28 años de prisión al violador de su hija Candela. Una década más tarde, trabajan con un pequeño equipo de asesoramiento legal y psicológico, una línea telefónica abierta las 24 horas y el criterio de evitar la distancia que genera la profesionalización. “No queremos el frío de las oficinas del Estado”, dice Leuzzi.

Mientras conversa con una mujer sobre la marcha de un expediente difícil, Candela hace marchar la ronda del mate y los nietos van sumándose a la mesa a medida que se levantan. Leuzzi relojea en la pantalla los emails que van llegando o atiende un llamado. “Estamos recibiendo unos cinco casos de abuso o violación por día”, señala Leuzzi y agrega: “A veces pueden llegar a siete u ocho, pero no todos vienen con la denuncia hecha y hay que acompañarlos al tribunal”.

Si bien Avivi trabaja con víctimas de violación en general, cualquiera sean sus edades, Leuzzi indica que la mayoría de los casos tiene como víctimas a niños: “El 80 por ciento son de menores, de chicos de 10 años para abajo”. Que el porcentaje de abusos sea más alto en esa franja de edad, indica, a su criterio, que los agresores ven en ellos un 30 blanco fácil. “Hasta esa edad, los chicos son muy vulnerables”, resume. Leuzzi arriesga, incluso, que su impresión es que hay una edad bisagra alrededor de los 11. “Ahí vemos una zona en blanco, una franja sin denuncias. Tal vez porque ya son vistos por el adulto como menos manipulables”, postula.

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Avivi
Abuso Sexual Infantil NO
 
 
 
 
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