Compartir

Entrevista a Fernanda Sández. Dedicó más de siete años a investigar los efectos nocivos de los pesticidas y herbicidas que a diario se utilizan en los campos del país. Lejos de estar en la agenda pública, esta grave problemática sanitaria fue denunciada en el libro La Argentina fumigada.

 Texto Marysol Antón

“¿Sabemos realmente qué comemos? ¿Conocemos el proceso que atraviesan los alimentos hasta llegar a nuestra mesa? ¿Cómo viven los vecinos de los campos? ¿Realmente vivir en el interior es tan sano como muchos afirman?” Estas preguntas y muchas más comenzaron a rondar en los pensamientos de la periodista Fernanda Sández cuando, por su labor de cronista gastronómica, llegaba a pueblos de provincia y escuchaba la preocupación de sus habitantes por la salud de muchos de ellos, que se deterioraba de modos inexplicables. Luego de más de siete años de investigación constante, la autora pudo publicar La Argentina fumigada. Agroquímicos, enfermedad y alimento en un país envenenado.

–¿Recordás esos primeros relatos de los vecinos?

–Claro, iba a las localidades y enseguida aparecía el problema de las fumigaciones. Me hablaban de los inconvenientes de salud, era algo que ellos mismos notaban y denunciaban. Era llamativo que todos, en todos los pueblos, contaban lo mismo. Por ejemplo, te decían: “Pasa el mosquito (así llaman a la fumigadora terrestre por su forma, ya que a los costados tiene algo similar a unas alas metálicas desde donde lanza el veneno) y los pájaros caen atontados, tanto que los chicos los agarran”. Ahí te dabas cuenta del efecto tóxico y de que los niños estaban ahí, expuestos. Investigando aprendí que para las moléculas no hay fronteras: se pueden aplicar en un sitio, pero nadie sabe dónde terminarán; pueden llegar al agua de la ciudad o al algodón con el que nos retiramos el maquillaje. Además, durante mucho tiempo esto no se midió y no se sabía cuáles eran los efectos nocivos de los agrotóxicos. Otro síntoma de lo que está pasando lo denuncian los pediatras: en los niños estos productos generan cambios de conducta, pues ellos aún no tienen maduro su sistema de desintoxicación, entonces esto les impacta directo en el sistema nervioso central.

–¿Existe un modo de medir este flagelo?

–Mientras que en las últimas décadas la superficie cultivada en la Argentina creció casi el 62 por ciento, el mercado de los herbicidas creció más del 1.000 por ciento, según un informe del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta). El sector de los agroquímicos que se utilizan para producir cada cosa que comemos y vestimos mueve –solamente en la Argentina– cerca de 3.000 millones de dólares al año. Y hasta posiblemente más, sólo que nunca lo sabremos porque desde 2012, las principales cámaras empresariales del rubro han dejado de hacer públicos esos datos, arguyendo la “incomodidad” de sus socios con esa clase de revelaciones. Además, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) acaba de publicar el informe Heladeras Argentinas Fumigadas, donde denuncia la presencia de agrotóxicos en vegetales y reconoce, por primera vez, que el 60 por ciento de los mismos están contaminados por encima del límite máximo residual, que es la cantidad de restos de pesticida que según la industria y el Estado podemos ingerir sin que nos afecte. ¿Cómo notamos esto nosotros? Cuando alguien te cuenta que ya no come lechuga porque le empezó a caer mal. Y no es así, lo que le provoca malestar es el veneno.

–¿Por qué creés que esto no termina de instalarse en la agenda pública?

–Desde algunos medios y, también, el Estado, hay interés por lucrar con esto. Basta con contar cómo crecieron las hectáreas sembradas con soja, una planta que fue diseñada para que le puedan poner veneno y resistirlo. Además, hay mecanismos de silencio, a muchos científicos les costó la cátedra o la carrera. Así le pasó a Andrés Carrasco, que en 2009 empezó con los campamentos sanitarios. Junto a su equipo llegaba a los pueblos, revisaba las historias, les hacían estudios a los habitantes y a los seis meses volvían a contarles los diagnósticos. Él vio en primera persona como crecían los casos de cáncer, hipotiroidismo o lupus, entre otras enfermedades. Y esto pasaba en pueblos donde no había una población de edad avanzada. En otros destinos, como Monte Maíz (Córdoba), los problemas de fertilidad son el síntoma del envenenamiento. Hablamos de parajes donde les dicen a los lugareños que lo que tiran “no hace nada, mata a los yuyos”, entonces les enseñan cómo lavar los bidones donde estuvo el agrotóxico para reutilizarlo en sus casas. Hasta he visto pantallas de veladores hechas con estos plásticos reciclados. Las corporaciones saben que eso no es inocuo.

–¿También el lenguaje es usado para esconder el problema?

–Se han apropiado cínicamente del discurso: hablan de agricultura sustentable en base a agroquímicos. Se apropian del lenguaje, lo vacían de contenido y no hay ningún cuidado por parte del Estado. También les cambian el nombre a algunos productos, como el Paraquat, prohibido en los Estados Unidos porque destruye los pulmones, pero acá lo comprás por páginas de subastas online. Pocas veces escuchás hablar de agrotóxicos, los nombran como fitosanitarios, enmascarando detrás de la palabra su peligrosidad. Con este trabajo quise que esto les sirviera a los damnificados, que sepan que no están solos, y que les quedase material para poder seguir luchando en medio de este proceso perverso que los enferma, darle la palabra a los científicos que vienen denunciando. Lo que cuento en las más de 400 páginas del libro no es un pálpito ni una sensación: por los agroquímicos hay enfermedades y enfermos.

FuenteRevista Edición 112
Compartir

No hay comentarios

Dejar una respuesta