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En plena Villa 31, las chicas dan rienda suelta a su pasión por el fútbol, en un espacio donde, además, participan en talleres con perspectiva de género y reflexionan sobre las problemáticas que atraviesan a las mujeres del barrio.

 

Texto Mariana Fernández Camacho.

“Me paro en la cancha como en la vida”, dice Natalia, de 16 años, y una de las jugadoras de Las Aliadas, el equipo de fútbol femenino que se formó en la Villa 31 del barrio porteño de Retiro y que todos los martes y jueves subvierte un orden culturalmente construido como natural, que les niega a sus integrantes el derecho a correr detrás de una pelota, a hacer jueguito, a gambetear y a gritar un gol con una pasión que les nace desde las entrañas. Porque de eso se trata el fútbol que practican Las Aliadas: de una decisión de defender el derecho al juego y a conquistar el espacio y el tiempo.

El equipo femenino de la 31 surgió a finales de 2007, a partir del desembarco en el Barrio Güemes de La Nuestra Fútbol Femenino, una asociación civil que busca sostener un espacio donde niñas, jóvenes y mujeres mayores practiquen fútbol. Pero la experiencia trasciende lo deportivo, porque lo integran con talleres de reflexión donde las participantes canalizan sus experiencias y abordan, desde una perspectiva de género, las problemáticas que las atraviesan.

“El espacio grupal que se arma a la par de los entrenamientos tiene que ver con la impronta que le da La Nuestra a pensar el fútbol como un hecho social. Algo que va más allá del entrenamiento físico y que motoriza un lazo, genera confianza y la idea de equipo. Pero no desde un lugar romántico donde todas somos iguales y no hay discrepancias. Los vínculos se generan con sus conflictos, te permiten cohesión y también laburar la integración y el acompañamiento para no sentirte sola por elegir una actividad que la mayoría señala que no te corresponde”, explica María José Berardi, más conocida como Matra entre las compañeras de la organización.

 

Cuerpo a cuerpo por la cancha

“Jugamos en la cancha más grande de la villa y eso fue muy importante, porque tuvimos que ganarle el espacio físico y el horario a los pibes, que naturalmente tienen la cancha ganada, vuelven del colegio y se van a jugar. A las mujeres en situación de exclusión no les pasa eso, se reciben de adultas mucho antes y tienen cantidad de tareas hogareñas que cumplir: cuando no tienen hijos propios se hacen cargo de hermanos más chiquitos”, dice Mónica Santino, entrenadora del equipo y directora técnica con un largo trecho poniéndole el cuerpo al balompié.

El fútbol, entonces, se convierte también en un momento de diversión. El rato de ocio, esa especie de dádiva para las mujeres de todas las escalas sociales, pero fundamentalmente las atravesadas por la pobreza. Así lo resume Santino: “Una mujer que se para en su derecho a jugar y crece en autoestima, se valora y se ve reflejada en otras compañeras, automáticamente entiende que es ciudadana y que tiene derechos como cualquiera otra persona”.

 

 

Cómo conectarse:

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