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En Tirando paredes, chicos y jóvenes con Síndrome de Down se divierten y aprenden a jugar en equipo. Además de favorecer su inclusión y desarrollo, los alumnos mejoran su estado físico y la posibilidad de competir.

Texto Hernán Chiesa.

 

Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial… Genio, genio, ta ta ta ta ¡Goooool! Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste? Quizá ninguno de los niños con Síndrome de Down que forman parte de Tirando Paredes conozca aquel relato que inmortalizó al mejor gol de la historia, aquel que hizo Diego Maradona en el partido contra los ingleses del Mundial de 1986. Seguramente muchos saben quién es Lionel Messi o Cristiano Ronaldo. Pero lo que es seguro es que todos ellos comparten algo con estos astros: la felicidad por jugar al fútbol y hacer un gol.

“Nos mueve una misión que es la de trabajar para favorecer el desarrollo y la inclusión de las personas con Síndrome de Down”, dice el psicólogo Martín Finzi, uno de los siete profesores de Tirando Paredes, una escuela de fútbol para niños y jóvenes con Síndrome de Down que funciona en el Club Atlanta, en el barrio porteño de Villa Crespo, a la que asisten más de 40 alumnas y alumnos de 6 a 30 años.

La escuelita comenzó a funcionar en 2013 por iniciativa de Finzi y su colega Francisco Lanusse, quienes entendieron que era necesario derribar ciertos mitos que rodean a los chicos con Síndrome de Down, como por ejemplo que no pueden practicar deportes en conjunto, que no saben cómo comportarse en público, que no son capaces de tomar decisiones, trabajar en equipo o a qué arco hay que patear para hacer el gol de la victoria.

El nombre de la escuela surgió como una metáfora futbolística, en función de dar un pase y buscar una devolución, pero también es “derribar un muro, generar acercamientos, no limitar”, reflexiona Finzi.

Lucio, de 18 años, es uno de los jugadores que confirman lo que dice Finzi. Sus ojos celestes observan con atención a su profe en la entrada en calor. Lleva pegada al cuerpo la camiseta número 10 de Tirando Paredes, de color blanco y con detalles azules y amarillos. La luce con orgullo, disfruta, se ríe y comparte esa alegría con cada uno de los familiares y amigos que lo van a ver jugar.

Más allá de la línea del lateral, en los escalones que hacen de tribuna, está su madre, Astrid, que lo acompaña cada viernes desde hace cuatro años. “Descubrimos Tirando Paredes por el psicólogo de Lucio, que nos contó que habían formado un grupo de trabajo y desarrollado esta escuelita de fútbol. Cuando Luchi llegó se lo notaba desorganizado, no sólo en sus movimientos sino también en la concentración. Quería jugar pero no tenía idea de cuáles eran las reglas: pateaba para cualquier lado, hacía goles en su propio arco y los festejaba como un gol de Palermo a River, abrazado a sus compañeros y a los rivales”. Hoy todo cambió: festeja los de su equipo y sufre los goles contrarios.

Pases, piques, enganches, marca y definición. Cada uno de los chicos participa de las actividades que disponen los profesores en la cancha techada del club.

Manu, de cuerpo fornido y con cara de bonachón, dice que en el equipo es el dueño de la pelota parada: le gusta patear los tiros libres, los córners y los penales. En esas ocasiones nadie le puede sacar la número cinco.

A Sebastián, de 15 años, le costó un par de viernes de adaptación pero hoy cambia cualquier cosa con tal de ir a encontrarse con sus amigos. “Al tercer viernes que fue con su terapeuta, llegó y sonrió al ver a los chicos. Hoy llega del colegio recansado y va directo a la compu, pero cuando le digo que se cambie para ir a Tirando Paredes, su cara se transforma en sonrisa”, cuenta Gabriela, su madre.

 

Entrenamiento y competencia

La escuelita no sólo es un ámbito de entretenimiento y aprendizaje del deporte, sino también de tratamiento físico, ya que muchos de los que asisten sufren de hipotonía (disminución de la tonicidad muscular).

“Sebas ganó en tono muscular, mejoró la postura, logró movimientos armónicos. Siempre se lo veía sentado, ahora está más activo, con su cuerpo ordenado”, recuerda Gabriela.

En Tirando Paredes también preparan a sus alumnos para competir. A veces entrenan con el plantel de Primera de Atlanta, disputan torneos internos y hasta se animan a participar en la Liga de Fútbol Inclusivo, que se desarrolla una vez por mes en un predio de General Rodríguez, en el Gran Buenos Aires.

“Nos basamos en los objetivos de una clase de fútbol como cualquiera otra. Hay chicos que ya vienen con una base porque están estimulados en sus casas o porque ya jugaron, pero a veces nos encontramos con otros que tienen muchas ganas de jugar y es su primera experiencia”, aclara Finzi.

Los profes también estimulan el compañerismo, la amistad, la comunicación y así surgen los sueños de cada uno de quienes forman parte de este proyecto. El de Finzi “se renueva con nuevos objetivos”, como llegar a más gente con nuevas escuelas y generar más políticas en relación con el deporte inclusivo.

Mientras tanto, en Atlanta la pelota sigue rodando y se lo ve a uno de los chicos que pide un pase a un compañero, como lo hizo Claudio Caniggia a Maradona en el Mundial ’94, encara hacia el área y define cruzado ante la salida del arquero para gritar un nuevo gol.

 

Cómo conectarse | Tirando Paredes: www.tirandoparedes.org.ar // info@tirandoparedes.org

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