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Es investigador del Conicet y científico referente en todo el mundo. Junto a su equipo realizó un aporte clave a las investigaciones sobre el Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas. 

Texto Alfredo Ves Losada.

Además de tener que aprender sobre células, neuronas, ovillos neurofibrilares o placas amiloides, con el paso de los años el investigador del Conicet Tomás Falzone tuvo que especializarse también en dominar las expectativas –propias y ajenas– y en entender –y hacer entender– que cada milímetro de tierra ganada al mar cuenta y que el tiempo en el laboratorio se mide con un calendario mucho más lento que el usado por el común de los mortales.

“Todo el tiempo, el investigador se mueve en la dualidad de querer mostrar lo interesante y lo bueno que está haciendo, y al mismo tiempo tiene que ser muy constante, muy serio y cauto, y no gritar que su descubrimiento vaya a curarlo todo”, asegura.

Falzone, investigador en el Instituto de Biología Celular y Neurociencia (Ibcn), lideró, junto a su colega Elena Avale un equipo que publicó recientemente en el reconocido semanario The Journal of Neuroscience un trabajo que representa un aporte clave a las investigaciones sobre el Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas.

El grupo de trabajo, que además contó con la colaboración de investigadores de República Checa y Reino Unido, mostró cómo aparecen los síntomas de estas enfermedades cuando se produce un desequilibrio puntual en el sistema de comunicación entre las neuronas.

–¿Cuál es el aporte de esta investigación?

–En principio hay que entender que es un trabajo de muchos años, en colaboración, diseñado y realizado en la Argentina. Lo que tiene de relevante es la posibilidad de entender un sistema complejo, en este caso cómo funciona un sistema dentro de una célula muy difícil como es la neurona, y cómo podemos empezar a entender qué pasa cuando las cosas andan mal y cómo traducir eso a una enfermedad mucho más compleja, de un organismo sistémico. Lo que nosotros encontramos es cómo se regula el movimiento de una vesícula que transporta una proteína muy relevante para el Alzheimer, que es la proteína llamada precursora amiloide.

–Esto no quiere decir que estemos cerca de una cura del Alzheimer.

–Estamos lejos de pensar en una estrategia terapéutica. Y esto es importante ponerlo en claro, porque cuando la gente escucha que generaron una terapia o un diagnóstico, se entusiasma demasiado con una enfermedad tan compleja. El desarrollo de ciencia básica es fundamental para tener un conocimiento de primera mano que nos permita comprender un sistema que funciona mal, y qué es lo que podríamos hacer para regularlo y que comience a funcionar bien de nuevo.

–¿Cómo fue la dinámica de trabajo?

–Es una colaboración que iniciamos con la doctora Avale. El laboratorio mío está ubicado en la Facultad de Medicina de la UBA, en el Ibcn del Conicet. Colaboraron también estudiantes de diferentes grupos y becarios doctorales del Conicet. Este trabajo se inició en 2012 y recién ahora llegó a la luz, con la publicación en una revista importante que nos permite posicionarnos de alguna manera en un grupo de trabajo bastante joven. Yo volví a la Argentina en 2010, Elena Avale en 2012.

–¿Cómo se maneja la ansiedad por mostrar el trabajo y a su vez ser cautos con los resultados?

–Esto no es un partido donde uno puede emocionarse porque haya un gol que sabés que cambia todo. Estos son análisis continuos; es encontrar data, analizarla, y quizás no ver las cosas muy claramente. Entonces hay que borrar todo y reanalizar de una manera diferente, para poder reorganizar no sólo la información, sino los pensamientos y la hipótesis que uno tenía. Entonces hay pocos momentos de plena satisfacción. Quizás uno sea cuando te aceptan una publicación, pero el trabajo ya tiene toda una elaboración previa, mucha evaluación y crítica, y pedidos de confirmación y reconfirmación de información.

–¿Cuesta abstraerse de que se está investigando algo muy vinculado con las expectativas de aquellos que sufren este tipo de enfermedades?

–A raíz de esta publicación y su difusión mucha gente me ha contactado para ver si yo puedo acercar alguna terapia y uno tiene que ser muy precavido, explicar bien. Y bajar la línea de que lo que nosotros hacemos todavía dista de comprender esta enfermedad tan compleja. Pero esto es lo que nos motiva: tratar de pensar que el día de mañana esto puede llevar a un pequeño avance que pueda servir para tratar o bajar los efectos de la enfermedad.

–¿Es posible pensar en nuevos avances sin una ciencia consolidada y con apoyo?

–Yo soy un ferviente defensor de la ciencia básica. Es la que nos da conocimiento, la que genera recursos humanos de calidad. La Argentina se puede jactar de decir que sus estudiantes pueden ir y competir de igual modo en todo el mundo. El conocimiento es lo único que nos va a permitir progresar. Si queremos ser un país de primer nivel tenemos que generar conocimiento y aplicarlo en el país.

–¿Cuáles son los desafíos de la ciencia argentina?

–Hay que perfeccionar a la gente, recuperar a los que están afuera. Tenemos una buena ciencia aplicada a nivel agroindustrial, pero también enfocarnos en las tecnologías del futuro: tener ciencia aplicada al conocimiento. Son cosas que no se pueden generar si no hacés un colchón bueno y fuerte en el conocimiento básico. No podemos desarmar las estructuras del conocimiento si queremos progresar en ciencia y como país.

 

 

BIO

Licenciado en Ciencias Biológicas (UBA). 

Doctor en Genética y Biología Molecular (UBA).

Post-doc en Biología Celular (Universidad de California, EEUU). 

Investigador principal del laboratorio de Transporte Axonal y Enfermedades  Neurodegenerativas (IBCN-UBA-CONICET).

Jefe de Trabajos Prácticos de la Cátedra de Histología, Biología Celular y Embriología  (Facultad de Medicina-UBA).

Recibió numerosos premios y reconocimientos tanto a nivel local como internacional.

Sus investigaciones han sido publicadas por prestigiosos medios especializados, como The Journal of Neuroscience y Science, entre otros.

FuenteRevista Edición 110
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