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Desde hace once años, dirige una escuela media pública que también incluye a estudiantes con discapacidad. Por su experiencia, en 2016 fue seleccionada entre las mejores 50 docentes del mundo en el Global Teacher Prize.

 

Texto Natalia Concina.

 

“Somos iguales porque somos diferentes”. La frase inspirada en el filósofo mexicano Leopoldo Zea resume una posición donde la igualdad no es un fin, sino el punto de partida. En este mismo camino, para Silvana Corso, la directora de la Escuela Media Nº 2 Rumania, ubicada en el barrio porteño Villa Real, hablar de educación inclusiva es redundante, porque “la educación es el derecho que tienen los pibes a aprender. Si yo garantizo que todos aprendan hago inclusión, por lo tanto, no habría que hablar de inclusión como algo extraordinario”.

A cargo desde 2007 de la institución de la que anteriormente había sido docente, Corso llegó a la gestión atravesada por su historia familiar (el nacimiento de una hija con discapacidad) y personal (como alumna había padecido la educación que busca “normalizar”). Entonces, su propuesta era simple: una escuela para todas, todos y todes, pero de verdad.

Once años después, el establecimiento hoy tiene unos 500 alumnos, entre los que se encuentran habitantes del barrio conocido como Fuerte Apache (ubicado en el partido de Tres de Febrero, a metros de la General Paz) y adolescentes y jóvenes con parálisis cerebral, Síndrome de Down, Trastorno del Espectro Autista (TEA) y otras discapacidades.

“Aquí no tenemos uno o dos ‘niños integrados’, son un montón. Entonces cuando salen al patio, por un lado, encuentran un espejo y, por el otro, al haber tanta diversidad ninguno es ‘especial’”, asegura.

 

–¿Cómo era la escuela antes de que asumiera la dirección?

–Rumania fue fundada en 1990 y, como muchas otras escuelas que nacieron en esos años, fue pensada para contemplar a los alumnos en contexto de pobreza o con sobreedad que el sistema había expulsado. Entonces, la dirección y los docentes ya teníamos otra lógica. El diseño curricular era más atractivo y había un convencimiento de que teníamos que poner el cuerpo, que había que lograr que los pibes volvieran, contenerlos, pero fundamentalmente promocionarlos exitosamente para que ellos puedan ser transformadores de su propia realidad.

En Rumania estábamos entrenados en contener un brote por consumo, por abandono, en que un adolescente fuera golpeado en su casa y se desquitara acá y nosotros poder abrazarlo.

En el año 2000 nació mi hija Cata con una parálisis cerebral severa porque se asfixió con el cordón. Se me dio vuelta todo y la escuela fue central en ese proceso. El lugar ideal para cualquier niño es la escuela, porque los chicos aprenden los prejuicios de los grandes; si eso no está, incorporan naturalmente la diferencia, viendo a la persona y no a la discapacidad.

Yo me había ido de la escuela, volví como directora en julio de 2007 y ahí entendí que el entrenamiento que tenían los docentes para atender a esa diversidad social era un plus para pensar también en los alumnos con discapacidad.

 

–¿Cómo fueron los primeros años?

–Al principio tuve una resistencia por el miedo que manifiestan todos los docentes de no sentirse formados para trabajar con la discapacidad. Es el miedo a lo desconocido y lo que se juega es una representación de ese estudiante. Lo mismo pasaba en los ’90 cuando venías a trabajar como docente a este tipo de escuelas, donde había una representación de lo que era laburar con pibes que vivían en contextos de pobreza y exclusión.

Comencé con cuatro docentes que me siguieron la corriente.Yo no quería imponer un proyecto, sino ir demostrando que podíamos, y así fueron ingresando los primeros chicos. Un año, uno; al siguiente, cuatro, y cada ciclo lectivo se fueron multiplicando. Los miedos se fueron superando con información y formación. Por supuesto que no siempre nos va bien, tenemos muchísimas buenas experiencias pero también fracasos, y esos fracasos los leemos y nos interpelan para pensar qué más podríamos haber hecho.

 

–¿Cómo es la forma de trabajo?

–Nosotros buscamos saber quién es el estudiante, más allá de qué tiene. Cuando ingresa un niño con alguna discapacidad, los informes y las terapias que realiza nos sirven para elaborar una propuesta que nos permita pensarlo en el aula. Pero nuestra propuesta es que el docente pueda conectar con la persona. Definirlo por su diagnóstico no tiene sentido, si vos salís al patio hay 30 chicos diagnosticados con TEA y no hay uno igual a otro. Evitamos crear esas representaciones porque cada pibe es singular, tiene su historia y va cambiando con los años, y uno tiene que ir adaptando la escuela para él o ella.

 

–¿Cómo es la convivencia entre los estudiantes?

–Muchos vienen de procesos de exclusión: uno porque habla raro, otro porque aletea, aquel por el color de piel o porque nació en Fuerte Apache. Entonces hay una fuerte empatía por el otro. Pero también tenemos pibes de clase media, media alta, que con la crisis empezaron a concurrir a escuelas públicas. Ellos también tuvieron que romper con la representación de la escuela y hoy tienen la camiseta puesta de Rumania.

 

–Existe un debate sobre si la “inclusión” va en detrimento de la calidad. ¿Cuál es su mirada?

–Hay que terminar con la idea de la escuela pobre para el pobre,la escuela que está en los límites y trabaja en condiciones de pobreza y reproduce pobreza. Eso hay que sacárselo de la cabeza y es fundamental para entender qué venimos a hacer. Nosotros estamos acá para que a los pibes ‘les pase’ la escuela. Si vos sólo contenés, reproducís pobreza. Entonces no apuntamos a ser unos brazos gigantes que mimen, porque en cinco años cuando egresan vuelven al mundo; nosotros estamos acá para darles herramientas para que puedan de verdad ser protagonistas de su destino.

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