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Prolífico y de lenguajes múltiples, perfeccionó sus trazos y su humor hasta volverlos un sello de la historieta actual. Con una mirada aguda, cuestiona al poder y también se deja atravesar por la literatura y la poesía.

Texto Marysol Antón.

 

No es frecuente que lo reconozcan por la calle, aunque fácilmente la gran mayoría identifique a simple vista los trazos de sus dibujos. Desde la contratapa del diario Página/12 o las páginas de sus libros, en murales o a través de las entrevistas que realiza en “El holograma y la anchoa”, su programa en Radio AM 750: en todos estos espacios Miguel Rep expresa su mirada sobre el mundo que lo rodea, con una dosis de humor y una profundidad que interpelan.

 

–¿El humor lo ayuda a transitar de un modo distinto el cotidiano?

–No sé si me ayuda a transitar, es mi oficio, como soy yo; no sé si es una defensa o mi forma de mirar el mundo. También soy dibujante en tiempos felices, el humor y el dibujo son mi bote. Hay que ver cómo reacciono en estos momentos difíciles: como civil, lo hago de una manera y como dibujante tengo otras armas.

–¿Qué es el humor?

–El humor deconstruye, es ver desde distintos puntos lo que parece quieto, con un fondo agradable, de empatía, poniendo un condimento que estiliza en la vida. Es una celebración, es salir de la habitualidad. Hay que entender que uno no es humorista las 24 horas, ni tampoco los lectores lo consumen todo el tiempo. Sí tengo la obligación, dentro de mi oficio, de lo que vivo y siento transmitirlo con el prisma del humor.

–¿Hay límites en el humor?

–No, como tampoco hay límites en el arte. El límite está en la vida, pero no en la creación.

–¿Qué tipo de relación tiene con el trabajo?

–Capaz que esto no es un trabajo, es una derivación de un placer que se transforma en oficio y en responsabilidad. Del trabajo habría que liberarse. No creo que sea el trabajador habitual, puedo dibujar lo que se me ocurre y entregarlo para que sea visto por el público. En este sentido, los espacios fueron fluidos y crecieron: manejo formatos nuevos, la libertad de exponer, no me quedo sólo con el lugar en el diario, busco nuevos lenguajes. Por eso no hago saga de libros, no vuelvo a un segundo episodio.

–¿Es una figura pública?

–Primero hay un impulso creador: me interesa el tema y vemos si la cosa se hace pública. Ahora, con las redes sociales, uno tiene un termómetro, pero nunca estuvo la sed de ser público. Antes había desconfianza de saber si llegaba o no lo que uno hacía. Los lectores, que uno adhiere como imán, están de acuerdo con qué visión vas a tener, eso se construye de a poco, ha sido lento, siempre cuidado en ese contrato entre el lector y el dibujante.

–¿Las redes cambiaron su rutina de trabajo?

–Me dieron más velocidad de respuesta. Seguís trabajando al dibujo con el monitoreo, estás más tiempo concentrado en él. Hoy hay más conciencia del después.

–¿Siente que desde su espacio en el diario puede provocar o interpelar al poder?

–Provocar no, me gusta mojar la oreja, mostrar la trampa que está detrás de la ley de ellos y hacerles saber que descubrimos su visión. Uno tiene que dibujar lo que ellos no muestran, lo que ya está dibujado es oficialista. Hay que dibujar el fantasma, lo que encubren, la hipocresía, todo lo que la gente de a pie no puede hacer porque no tiene las armas. Yo hago esto y tengo que hacerlo lo mejor posible. Pero esta no es mi única intención, también me vinculo con la literatura, la poesía, estos mundos son más ricos, la política es aburrida.

–¿Cómo ve el momento actual de la Argentina?

–No sé si mi visión se escinde de mi labor artística, cuando hay algo indignante no le escapo. Este es el peor momento del país, porque es un momento oscuro, donde la gente presintiendo lo que se venía apostó a esto, mientras que otros advertimos, pero a la gente le encantó ser engañada. Y la realidad está llegando, y si no la arregla la calle nos vamos al precipicio de nuevo.

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