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“El cerebro se convirtió en el sexómetro del siglo XXI”

 Es biotecnóloga, pero después de años dedicados a la investigación científica en neurociencias aborda una mirada filosófica desde donde critica el sesgo patriarcal y estereotipado que propone la producción biomédica.

 

Texto  Alicia Cytrynblum.

Es becaria del Conicet y está escribiendo su tesis doctoral en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), bajo el título “La ficción de los sexos. Hacia un pensamiento neuroqueer desde una perspectiva feminista”, donde denuncia la opresión de la mujer a lo largo de la historia de la ciencia.

–¿Cuáles son los mitos más frecuentes sobre género, sexo y cerebro?

–Tienen que ver con que las capacidades y habilidades que tenemos los humanos estarían determinadas de manera biológica. Hay una lectura biomédica que al pintar el cerebro de rosa y celeste permite que cada género actúe de una manera o de otra. Es una lectura que implica que el género está inscripto en el cerebro. Sin embargo, el género es una construcción social que se aprende.

–¿Qué pasa con las comunidades trans y travestis donde no encajan el cerebro celeste y rosa?

–Es una pregunta muy interesante. La explicación que dan las hipótesis deterministas es que el impacto que tienen las hormonas en el período fetal programan el cerebro y esa programación es activada en la vida adulta de las personas. El problema de ese discurso es que esa programación biológica implica conductas y habilidades cognitivas y sociales que no están inscriptas en el cerebro.

–¿Cómo sería?

–Para el régimen sexual actual existen sólo dos sexos y para mí no es así. Hay personas que tienen ambigüedad genital o no cumplen con los requisitos del sexo ideal, de la lógica binaria varón -mujer.

–¿Hay más de dos sexos?

–Creo que ninguna de las personas cumple con los requisitos ideales que nos plantea la corriente ortodoxa binaria, porque tendría que haber una correlación completa en el orden genético, genital, hormonal, cerebral. Parto del cerebro para decir que esto no se cumple. No hay genitalidad que prediga un tipo de cerebro.

–¿Y a nivel corporal?

–Respecto de lo genital también hay ambigüedad porque hay personas con diferencias, a menos que indiquemos que son excepciones, que es lo que hace el discurso normativo basándose en una estadística. Que exista una persona que no aplique a ese ideal a mí me basta para decir que no hay un sistema binario legítimo. Hablar de dimorfismo es normativo. Creo que hay diferencias entre las personas y entre los sexos, por lo que no hay dos sexos.

–¿Cómo son esas estadísticas? ¿Son confiables?

–Se basan en experimentos con muy baja fiabilidad porque se realizan con muy pocos individuos, 12 y 20, y generalmente, los experimentos no suelen replicarse y si se hacen no tienen validez científica. No se puede generalizar de esa manera a partir de sólo uno o dos estudios con tan bajo número de muestras.

–¿Cómo funciona este discurso en la mirada hacia las mujeres?

–Cuando se ve un cerebro, no puede decirse si es masculino o femenino porque no existen dos cerebros. Si existieran diferencias en lo que hoy llamamos hombres y mujeres pueden ser consecuencias de nuestras prácticas de género y no su causa. La práctica de género es sumamente normativa. Sin embargo, implica nuestros comportamientos, cómo nos educan y todo eso construye nuestra subjetividad. Esto impacta en la arquitectura cerebral más que en ningún otro órgano.

–¿Cómo funciona?

–La plasticidad cerebral incorpora la experiencia individual a que se encarne en nuestra morfología. Un ejemplo clásico es un pianista. Se vio que en la corteza prefrontal hay una zona vinculada a la digitación que tiene mayor volumen que en las personas que no son músicos.

–¿Hay un cerebro que no esté modificado por la cultura?

–No. Y es una de las mayores críticas que hago. Los discursos que sostienen que hay habilidades cognitivas debido a una programación cerebral innata no pueden ser corroborados porque no hay cerebros exentos de cultura.

–Se dice que las mujeres son más emocionales y con más capacidad de hacer múltiples actividades al mismo tiempo. ¿Tiene alguna correlación con el cerebro?

–No existen experimentos que ubiquen la emoción en el cerebro. Podemos decir que los músicos tienen una capacidad motora para tocar un instrumento pero no la emoción que les provoca esa acción.

La mirada científica actual  busca que le identidad sexual y de género en personas que se sienten atraídas por otras del mismo género o que no se identifican con el sexo adjudicado al nacer son arquitecturas cerebrales definidas por la concentración de hormonas en la etapa fetal. Las personas trans son vistas como fallas biológicas. Me opongo al discurso que plantea que el cerebro se convirtió en el sexómetro del siglo XXI.

–¿Cómo funciona el machismo en la historia de la ciencia?

–Prefiero hablar de androcentrismo que pone al hombre por encima de la mujer y que se convierte en la forma en la que concebimos el mundo. En ese sentido, la producción científica es sexista y androcéntrica. Pero no de cualquier hombre, habla de un hombre blanco, de clase media, heterosexual.

–¿Esta mirada se perpetúa en otros ámbitos?

–Absolutamente, con sólo mirar quién ocupa los puestos en los sitios de poder. Son una mayoría de hombres. Por ejemplo, los senadores hombres pueden tener muchos hijos porque hay mujeres que se ocupan de la ética del cuidado. Lo mismo que menos salario para el mismo puesto, o a que la mujer le cuesta mucho acceder. Está obligada a ser excepcional y a veces no es condición suficiente.

–¿Cómo la ciencia incide en el lugar que ocupan los hombre y mujeres?

–Parte de mi tesis hace un análisis crítico de la historia del cerebro; en la ciencia moderna, el cerebro se instaló como el garante de la jerarquía patriarcal. Antes no había una lectura binaria de dos sexos, sino un cuerpo unisexo. La vagina era un pene interno y los ovarios testículos.  La ciencia busca comprobar que la mujer no está capacitada y el hombre es más inteligente. El refinamiento de los métodos de investigación busca corroborar esta hipótesis, que no sólo no contradice ese modelo sino que lo profundiza.

–Particularmente, en el sector social hay una mayoría de mujeres. ¿A qué lo atribuís?

–Tiene que ver con la ética del cuidado que se adjudica a las mujeres.

–¿Cómo se juega la ética del cuidado en parejas gays que adoptan niños?

–Son géneros que trascienden los cuerpos. No tenés garantías de que no se reproduzcan los roles. Puede suceder que un miembro de la pareja asuma un rol femenino y otro masculino. Me remito en mi tesis a la heteronormatividad y a la cis sexualidad. La orientación sexual hétero está planteada como el eje de la normalidad y la cis sexualidad como sinónimo de salud física y síquica.

–¿Quién responde a este modelo?

–El uno por ciento de la población mundial y domina la cultura.

 

 

 

Glosario

Heteronormatividad: es un régimen social, político y económico. Presenta a la heterosexualidad como único modelo válido. Se basa en un sistema dicotómico y jerarquizado: varón / mujer donde cada uno tiene papeles innatos.

Queer: es una posición que sostiene que los géneros y las identidades sexuales no están inscritos en la naturaleza humana; sino que son el resultado de una construcción social y cultural.

Cisgénero: describe personas cuya identidad de género y género biológico coinciden.  El prefijo “cis” en latín significa “de este lado”, antónimo del prefijo “trans”, que significa “del otro lado”.

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