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La socióloga y ex legisladora asegura que un cambio en la currícula educativa es la llave para la prevención de la violencia. El papel clave de la sociedad civil y las deudas pendientes de la clase obrera.

 Texto Alfredo Ves Losada.

Dora Barrancos es socióloga, historiadora y una de las principales referentes latinoamericanas en estudios de género. Es, sobre todo, una mujer a la que da gusto escuchar. Barrancos habla y cuida las palabras, y propone diagnósticos y conclusiones desafiantes. “El mercado laboral –dice por ejemplo, desde el living de su casa en el barrio de Floresta– es la gran ciénaga de los derechos de las mujeres”. Investigadora principal y miembro del directorio del Conicet, y flamante ganadora de un premio Konex, enumera los logros de medio siglo de luchas en materia de derechos, pero también pasa lista de los asuntos pendientes: “No vamos a superar la violencia patriarcal sólo con el Código Penal. El Estado debe intervenir decididamente en esa máquina de socialización que es el sistema educativo, porque la clave es la prevención”.

–Todos los días aparecen en las noticias cuestiones vinculadas a feminicidios. ¿Se está visibilizando más o el fenómeno se está dando en una escala mayor?

–Muy buena cuestión, porque el activismo feminista actual tiene una diferenciación en dos segmentos: uno insiste en que aumenta la violencia, y hay otra biblioteca mucho más prudente y es en la que yo me inscribo. El fenómeno de la violencia es viejísimo, pero su noción es novísima. El movimiento inicial de mujeres en el siglo XIX no tenía una agenda contra la violencia, no existía la noción. El concepto “violencia contra las mujeres” es del feminismo de la segunda ola. Entonces, no se puede establecer ningún parámetro antes y después, porque antes no teníamos paramétrica con qué evaluar esto. Y sí lo que podemos hacer es ver cómo los códigos penales inclusive atenuaban profundamente lo que hoy llamamos feminicidio en nombre, por ejemplo, del honor mancillado.

–¿Cuesta identificar la violencia que no necesariamente es física?

–La violencia es sobre todo simbólica, porque hay una consistencia ideológica dentro del patriarcado, dentro de la cual el cuerpo femenino es patrimonialidad masculina. Entonces es lo protoviolento: esto ya tiene una inscripción y luego están todas las otras fórmas, inclusive desde el Estado, y las formulas más consistentes desde lo social, como la diferenciación de tareas, de funciones, unas más importantes, otras segregadas. La gran competencia feminista para tratar estas cuestiones revela una violencia que comienza atendiendo el segundo renglón, violencia psicológica, y luego va a agresiones crecientes, hasta la violencia física. Pero todas existen y los feminicidios son producto de una concepción reciente. Ya no se encuentran felizmente en la prensa, por ejemplo, menciones como el “crimen pasional”. Pero todavía se encuentra un límite, en esto de que puede haber atributos de la víctima que convocaran a su muerte. Y esto es lo que todavía debe ser vencido en esta sociedad.

–¿Cuáles son los mecanismos para hacerlo?

–La prevención. Siempre digo que la punición es fundamental, pero las feministas, por lo menos muchas que pensamos así, creemos que no vamos a superar la violencia patriarcal con el Código Penal. Lo que queremos es prevenir, que las niñas estén muy avisadas desde niñas y los niños que no se pueden tener conductas denigrantes, discriminatorias, y eso implica un trabajo enorme que debe hacerse. El Estado es probable que no pueda intervenir en la vida íntima de una familia, que es donde se cuecen las habas. Pero sí tiene obligación de intervenir en todo el sistema educativo. Tiene que alterar la currícula, lo debe hacer. La enorme mayoría de la docencia está en manos de mujeres. Entonces preguntémonos sobre la revolución que podría producir ese ejército pacífico de mujeres; en 20 años podemos tener una enorme avería del sistema patriarcal.

–Se suele decir que se desarticularon referentes tradicionales como la familia, pero por lo que usted dice habría que ver de qué tipo de familia hablamos, que noción de ella tenemos.

–La familia en singular no existió nunca. Sobre todo porque cuando se la encuadra jurídicamente estamos hablando de un modelo tutelar de la burguesía. En los ’60, estuvimos a un tris de abdicar por completo de la familia, porque la crítica a la familia burguesa fue de derrumbe. Pero lo que ha ocurrido es una refamiliarización. Los lazos de familia se constituyen ya menos consanguíneamente que por órdenes de diversa adopción.

–¿Qué rol juega la sociedad civil en estas reconceptualizaciones de cuestiones como la violencia o la propia familia?

–La sociedad civil organizada es fundamental. Para mi gusto, la que cuenta es la que agrega sentido a ciertas acciones que llevan a promover transformaciones teniendo en cuenta el bien común verdadero. He estado muy cerca de darle fuerza a todas las organizaciones civiles que emergieron de los nuevos derechos. Pensemos lo que le costó a la Comunidad Homosexual Argentina tener personería jurídica. Y el Estado cambió el orden jurídico porque hubo gestión de agencia en orden a esos derechos. En nuestras experiencias de Latinoamérica, el Estado tiene mucha potestad y hay mucha necesidad de que la sociedad civil lo desafíe y marque estas cuestiones. A menudo digo que es la primera vez que el orden jurídico se pone delante de lo que sería la manifestación promedio del imaginario social respecto de sexualidad y derechos como los que estamos hablando, y es decisiva esa actividad de agencia de los grupos afectados. Y es decisiva también para el orden científico. Porque las ciencias sociales y las humanidades se hubieran ocupado muy poco de los nuevos derechos si no hubiera sido por la agencia de las personas. Desde la sociedad civil se ha logrado mucha porosidad en el Estado.

–¿Resta mucho camino para lograr porosidad en el mercado laboral?

–El mercado laboral es la gran frontera que tienen los derechos de las mujeres y, por ejemplo, de las personas trans. Basta ver cómo está segmentado por género y por la idiosincrasia de la identidad que tienen las personas. Esto incluye al sistema científico argentino. Siempre lo he dicho: el mercado laboral es la ciénaga de los derechos de las mujeres y de las personas trans. Y ahí el Estado tiene muchísimo que hacer. Es la gran asignatura pendiente.

–¿Hay una falencia gremial en ese aspecto?

–Desde luego. Nadie es perfecto en la sociedad, ni siquiera la gloriosa clase obrera.

FuenteRevista Edición 108
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