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Es una de las pocas científicas en el mundo. Por una investigación sobre cómo actúa el impacto humano en el ecosistema de la Patagonia recibió el premio L’Oréal-Unesco 2018 Por las Mujeres en la Ciencia.

Texto Silvina Oranges.

 

En la actualidad, solo el 28 por ciento de los científicos son mujeres, que además recibieron apenas el 3 por ciento de los Premios Nobel de Ciencias desde que esa distinción comenzó a entregarse en 1901. Amy Austin es una ecóloga e investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) que logró traspasar ese techo de cristal y acaba de recibir en París el premio L’Oréal-Unesco 2018 Por las Mujeres en la Ciencia. Fue galardonada por su contribución a la comprensión de la ecología de ecosistemas terrestres en paisajes naturales y modificados por seres humanos. Nacida en Seattle, Estados Unidos, se nacionalizó argentina y quedó enamorada de la Patagonia cuando visitó esa región para un trabajo posdoctoral. Austin dialogó con Tercer Sector sobre la distinción que recibió y su trabajo.

–¿Por qué eligió la Patagonia argentina como objeto de sus investigaciones?

–En 1997, luego de realizar un doctorado en la Universidad de Stanford, visité Argentina por primera vez y quedé enamorada de la Patagonia, donde realicé una estadía post-doctoral financiada por la National Science Foundation. Mi interés en esa zona surge debido a una particularidad del territorio, que posee gradientes naturales y es muy interesante para explorar, ya que está muy poco impactado por la actividad humana. La Patagonia es como un gran laboratorio natural, cuyas condiciones cambian en forma continua y en el que se pasa de un escenario de bosque cerrado a una estepa totalmente seca. Además, creo que el futuro de la ecología está en América latina; como continente se ven lugares muy poco tocados por la mano del hombre como el Amazonas o la Patagonia. Ese contraste con lugares empastados como las grandes ciudades me hizo pensar que todavía hay esperanza en conservar este ecosistema que aún no ha tenido tanto impacto, como otros lugares en Europa o Estados Unidos. En América latina existe una gran riqueza de ecosistemas en su estado original, con lo cual hay mucha información para investigar y observar cuáles son más vulnerables y cuáles más resistentes al impacto humano; por lo menos tenemos la oportunidad de corregir errores.

–¿En qué consistió la investigación por la que fue premiada?

–El trabajo se llama Controles sobre los ciclos de carbono y nitrógeno en ecosistemas naturales y modificados por la actividad humana en la Patagonia, Argentina, y está dedicado a explorar cómo funcionan los ciclos de carbono y nitrógeno en ecosistemas terrestres, algo necesario para entender cómo actúa el impacto humano en el ecosistema, cómo éste modifica los ciclos de carbono y nitrógeno y de esa manera la biodiversidad. Hay varios cambios globales que resultan de la actividad humana: por ejemplo, en el uso de la tierra, como la conversión para agricultura, la deforestación y otros. El objetivo es entender cómo la transformación desde ecosistemas naturales a plantaciones de pinos afecta a los ciclos biogeoquímicos en la Patagonia. El enfoque experimental consiste en comparar la vegetación natural con plantaciones de pino a lo largo de un gradiente amplio de precipitaciones, para prever cómo los cambios en la vegetación pueden afectar los ciclos biogeoquímicos, la biodiversidad, la composición de la comunidad microbiana del suelo y el balance de carbono. Esta información permitirá evaluar estos impactos en un rango de ecosistemas y cuantificar la capacidad de estos ecosistemas como sumideros de carbono, tanto a corto como a largo plazo.

–¿Qué significa en su vida profesional haber recibido el galardón internacional L’Oréal-Unesco Por las Mujeres en la Ciencia?

–Me hace sentir muy honrada. Y además es muy importante para darle visibilidad a mi trabajo en foros internacionales, donde puedo interactuar con otros científicos y transmitir la idea a otras mujeres jóvenes de que pueden hacer ciencia y necesitan tener modelos que les digan que se puede lograr una carrera. El premio aumenta la conciencia en la ecología y me ratifica que regiones como la Patagonia pueden hacer una contribución a nivel global.

–¿Cómo observa, en la actualidad, el papel de las mujeres en el mundo de las ciencias? ¿Cuáles son los desafíos pendientes? ¿Es posible romper el techo de cristal?

–Argentina tiene una representación de mujeres científicas mayor que la existente en otros países. De hecho, en el Conicet tenemos una paridad del 50 por ciento, pero a nivel jerárquico todavía falta mucho por recorrer. Si bien van creciendo las oportunidades para las mujeres, todavía permanece en la cultura una búsqueda por desalentar a las personas que están interesadas por perseguir una carrera en la ciencia. En ese sentido, recuerdo que en la escuela secundaria el profesor de matemática decía que las chicas no eran buenas en esa materia. ¡Sin embargo, yo era la que mejor nota había sacado en el examen! Lo recuerdo como algo que me chocó mucho porque hasta ese momento no había considerado la posibilidad de que mi género pudiera afectar lo que yo quería hacer, por cómo había sido criada por mis padres y entre hermanos varones. Esto pasa frecuentemente en los mensajes que se les transmiten a los jóvenes y los desalientan.

–¿Cómo observa la situación actual del Conicet y la actividad de los investigadores en Argentina?

–Para cualquier país es importante apoyar las ciencias básicas y hacer recortes en el presupuesto de ciencia no es muy buena idea. Me parece que no hay que perder de vista cuán importante es la ciencia básica, ya que muchas de las soluciones a los problemas de hoy en día se encuentran ahí. Hay que apoyar las ciencias en todas las disciplinas y en particular en Argentina fortalecer a la biología.

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