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Cuidar es un concepto polisémico; sin embargo, en los últimos años se ha avanzado en reconocer que cuidar de otros que lo necesitan es un trabajo, aunque socialmente no se lo reconozca como tal.

El acto de cuidar se considera un trabajo porque implica tiempo, desgaste de energía y genera valor económico. Es precisamente el trabajo de cuidar a otros el que permite la reproducción de la fuerza de trabajo que necesita la sociedad capitalista, de allí su relevancia no sólo social sino también económica.

Son las mujeres las que mayoritariamente cuidan porque sobre esta base se ha fundado lo que se conoce como “división sexual del trabajo”. Incluso, en los casos en que las mujeres están insertas en forma remunerada. En una encuesta realizada en la región metropolitana por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA) en 2012, sobre un universo de casi 400 casos entrevistados, los datos demostraron que las madres son las principales responsables de cuidar: en el 76 por ciento de los casos se encargan de los niños y en el 50 por ciento lo hacen de manera exclusiva, mientras que los padres sólo lo hacen en un 22 por ciento.

La división sexual del trabajo está en la base de la desigualdad imperante en América latina, la que a su vez es la región más desigual de la Tierra. Sin embargo, poco se denuncia sobre el componente central en este tipo de situaciones que incluyen desde la menor posibilidad que tienen las mujeres para ejercer sus derechos, incorporarse al mercado de trabajo remunerado, resolver las demandas de cuidado, poder construir una trayectoria laboral en igualdad de posibilidades que sus pares varones y, cuanto menos, percibir el mismo salario.

Sin embargo, tanto a nivel regional como en el caso de la Argentina, la ratificación de pactos y tratados internacionales de derechos humanos no han sido suficientes por sí mismas para garantizar tal principio y comenzar un proceso de transformación de las inequidades existentes. Por ello, aplicando el mencionado corpus, desde el enfoque de derechos implica que el acto de cuidar, el de recibir cuidados pero también el de “cuidarse” es un derecho de cada persona, independientemente del estado de necesidad que esté transitando o de su inserción asalariada formal o de las múltiples implicancias y derivaciones que trae aparejada, entre otras, si es una obligación privada o pública.

A su vez, en la medida que los varones no se involucren activamente en el cuidado y asuman sus responsabilidades de manera activa, poco avanzaremos en una mejor organización social del cuidado. Ahora es el momento.

 

* Investigadora Conicet-UBA, integrante del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA).

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