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En Ecuador, Perú y Bolivia existen escuelas donde el autoaprendizaje, el contacto con la naturaleza y la cultura heredada son parte vital del proceso de enseñanza. Un modelo en el que conviven en armonía con los contenidos curriculares tradicionales.

 

Texto Alejandro Cánepa.

 

La educación está en el centro del debate mundial desde hace años. ¿Sirven las escuelas tal como funcionan hoy? ¿Depende de los países? ¿Qué modelos son los mejores? ¿Hay experiencias exitosas por fuera de los establecimientos tradicionales? Tercer Sector indagó en tres experiencias educativas alternativas ubicadas en Ecuador, Perú y Bolivia, que apuntan principalmente a un vínculo más intenso de los estudiantes con la naturaleza y a formas más flexibles de aprendizaje.

Yachay Kawsay es uno de esos proyectos, que funciona desde 2016 en la Comunidad de Gunudel, en la región ecuatoriana de Loja. El espacio ofrece actividades de “autoaprendizaje” para chicos y chicas de 3 a 9 años, y por las noches y los fines de semana se dan clases de kichwa (quechua) e inglés. Una casa de paredes blancas y techos rojos es la sede de la institución, que fomenta trabajos educativos de aprendizaje de la naturaleza. La zona está poblada de bromelias, orquídeas, musgos, tucanes, loros y mirlos, que ayudan a ese objetivo.

“En Yachay Kawsay no se desarrollan contenidos. Si se quisiera comprender la experiencia en relación al sistema de educación regular podríamos decir que los contenidos propios que desarrollamos son la posibilidad de adquirir las destrezas de una lengua nativa y una internacional por inmersión, los contenidos culturales de la cultura Kichwa Saraguro, liderazgo práctico, resolución de conflictos y participación comunitaria”, describen José María Valcarcela y Gabriela Albuja, creadores de la iniciativa. Actualmente son quince los estudiantes que se sumergen en esta experiencia basada en “sabidurías ancestrales” y el desarrollo de “doce inteligencias diferentes”, según los coordinadores.

 

Sabiduría incaica

Un traslado imaginario hacia el sur implica cruzar la frontera entre Ecuador y Perú. Y si se mantiene ese rumbo se llega a la ciudad peruana de Cusco, al Valle Sagrado de los Incas. Allí se ubica la Eco Escuela Tikapata, que cuenta con reconocimiento oficial y funciona bajo la órbita de una asociación civil que la fundó en 2008. Marlis Ferreyro y Gabriela Zavala, a cargo de la institución, informan: “Los contenidos más importantes, que se dan a través de la pedagogía libre, son el autoconocimiento y la autogestión. En una escuela libre los niños están en contacto con su deseo auténtico permanentemente y gestionan su día a día de forma autónoma, generando aprendizajes que les sean significativos”.

La zona donde está la escuela es fértil, con muchos cultivos y variedad de vegetación y flores. Además hay sitios arqueológicos incaicos y preincaicos. Vizcachas, chinchillas, zorrillos, palomas, jilgueros, zorzales y picaflores habitan los alrededores, así como también animales de granja. En la actualidad, Tikapata tiene casi ochenta niños y niñas, que están a cargo de doce acompañantes permanentes.

Los chicos se dividen en Inicial (de 3 a 5 años), Multi 1 (de 6 a 8), Multi 2 (de 8 a12), Multi 3 (de 12 a 14) y Multi 4 (de 14 a 17). Algo novedoso es que la escuela cuenta con un sistema de pagos según la economía familiar. Por otro lado, los chicos nativos, pertenecientes a la comunidad andina de Huayoccari, tienen acceso gratuito. Según los coordinadores, no se da más importancia a un área de aprendizaje que a otra. “Es igual la matemática, la música, la agricultura o el juego libre y se trabaja con muchos materiales concretos”, dicen.

En Bolivia, en tanto, está la Comunidad Educativa Flor de Montaña Samaipata, ubicada en las afueras de un pueblo cercano a Santa Cruz de la Sierra. La sede central es una casa de paredes blancas, con lunas, soles y estrellas pintadas, un sector para hacer compost y una huerta. Los chicos aprenden, entre otras cosas, a reciclar, a plantar lavanda, salvia, romero y lechuga, y participan de talleres de cerámica.

Ana Martínez, una de las creadoras, explica: “Le damos mucho énfasis al desarrollo espiritual, pues creemos que la humanidad hace ya un buen tiempo ha ido perdiendo esa conexión con su ser, que es el guía y maestro de cada uno”. La institución se solventa en parte con aportes de los padres, con recaudación de ventas de productos que se hacen en la escuela, como detergentes y champús, y también con donaciones. “Otro gran aporte de las familias son las jornadas donde padres, niños y amigos de la comunidad educativa contribuyen en la construcción, reparación y mantenimiento del espacio físico donde se desarrolla el proyecto”, agrega Martínez, que creó el establecimiento en 2013, con 25 familias. Como en el caso de Yachay Kawsay, prefieren no utilizar la palabra “contenidos” para definir lo que se aprende en la institución. “Más que desarrollar contenidos, la propuesta es propiciar que los estudiantes extraigan lo que ya traen dentro. Es decir, creemos que los seres humanos no necesitan estudiar o ir a la escuela para ser alguien, sino más bien que cada uno tiene ya talentos, dones y un propósito en esta vida desde el momento en que nace”, señala.

Experiencias de este estilo se replican en Brasil, El Salvador, Puerto Rico, Chile y prácticamente en todos los restantes países latinoamericanos. Un mapeo interesante para conocerlas se encuentra en la web mapa.reevo.org, diseñado por la Red de Educación Alternativa. Mientras tanto, el debate sobre qué educación se pretende para las nuevas generaciones sigue en el escenario internacional.

 

Cómo conectarse

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